Se
aproxima el final del curso y con él llegan noticias de nuevas jubilaciones.
En el
caso del Ies Al Satt, mi último centro y en el que más años permanecí, se
jubilan dos profesores y una persona que sin ser profesora ha sido muy
importante para la marcha del centro.
Los
dos profesores son Raúl de tecnología y José (Jose) según la costumbre
arraigada en Madrid de convertir ese nombre en palabra llana y no aguda, de
economía. La otra persona es Teresa, la encargada durante muchos años de la
cafetería.
Con
Jose mi relación ha sido muy correcta y cordial, aunque he coincidido con él
menos tiempo pues llegó cuando se produjo la marcha de la anterior titular,
Mamen, persona peculiar y de la que podría referir anécdotas sin cuento. En
estos pocos años he podido apreciar su energía, capacidad de solventar
problemas y diligencia.
Raúl y
Teresa coincidieron conmigo durante todos los años que yo permanecí en el
centro, que fueron 15, desde 2005 hasta 2020.
Ya me
referí no hace mucho a Teresa. No dio clase, no impartió ninguna asignatura
pero dio todo un curso a lo largo de todos estos años de cómo convertir un
lugar de paso como es una cafetería en un espacio de conversación, convivencia
y humor cuando la ocasión lo requería.
Raúl
fue para mí un ejemplo siempre pues solemos admirar lo que no tenemos y Raúl
tenía y tiene calma. Es más, Raúl era y es el hombre de la calma. Mucha gente
pensaba que yo era tranquilo pero eso no es cierto. Mi tranquilidad era
trabajada, impuesta por mí mismo como autodisciplina para evitar las
consecuencias no deseadas de un temperamento volcánico. Lo malo es que no
siempre lo conseguía y a veces el volcán entraba en erupción. Nada de esto se
puede predicar de Raúl. Su calma no era trabajada, era natural. Su compañía
conseguía siempre serenar, a diferencia de esas personas que nada más aparecer
siembran malestar y nerviosismo.
La
marcha de estas tres personas hace que ya cada vez mi antiguo centro se me
convierta en algo más extraño, pues van siendo ya pocos los compañeros que
conozco, por no hablar de los alumnos, de los que ya no conozco a nadie.
Así
son las cosas. Así deben ser. Nada hay que venza el paso del tiempo. Tampoco
habrá nada que borre de mi recuerdo, mientras la mente me acompañe, el placer
de haber podido coincidir con estas personas.
Suerte
en la nueva singladura.
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