lunes, 29 de abril de 2013

EL ASCENSO DE FRANCO AL PODER.






Tras la guerra civil española el régimen que quedó establecido se configuró de una manera muy personal en torno a la figura de Franco.
La ascensión al poder de Franco, en plena guerra fue muy rápida. Si bien la habitual cautela y prudencia del general hizo que tardara en decidirse a participar en la conspiración dirigida por Mola, su prestigio entre los conspiradores y su brillante hoja de servicios así como su conocida ideología hacían casi inevitable que en algún momento se incorporara al movimiento que se estaba fraguando para derribar a la República.
Ya en febrero de 1936, cuando se empezaron a conocer los resultados electorales favorables al frente popular, pidió en su calidad de jefe del estado mayor al todavía presidente del consejo, Portela Valladares, que el gobierno decretara el estado de guerra y que se ignoraran los resultados electorales. Cuando el nuevo gobierno tomó posesión Franco fue destinado a Canarias al ser considerada poco conveniente su presencia en la capital.
En su nuevo destino Franco llegó a provocar la desesperación de Mola por su excesiva cautela aunque finalmente se unió a la conspiración.
Hay un episodio político bastante curioso de esta época cual es el intento de Franco de participar en las elecciones que debían repetirse en Cuenca. José Antonio Primo de Rivera lo disuadió por considerar que entre sus cualidades no destacaba la de poder llegar a ser un gran parlamentario.
Cuando se inició el alzamiento en África, el 17 de julio de 1936 Franco maniobró para poder volar al territorio del protectorado asegurando antes el triunfo del movimiento militar en la región de Canarias. Una vez en África, Franco se puso al frente de las mejores tropas con que contaba entonces el ejército español: la legión y los regulares marroquíes. Consiguió también establecer un buen nivel de interlocución con alemanes e italianos lo que le permitió poner en funcionamiento un puente aéreo para transportar sus tropas a la península.
En agosto de 1936 en el ayuntamiento de Sevilla y en presencia del general Queipo de Llano Franco dio un importante paso para asegurarse la confianza de los elementos monárquicos: se volvió a implantar la tradicional bandera roja y amarilla. Hay que tener en cuenta que en un primer momento el movimiento militar no se había significado de forma explícita a favor de ninguna forma de gobierno. 
El ejército de África, comandado por Franco y con importantes jefes como Yagüe obtuvo rápidos avances sobre unas fuerzas milicianas mal equipadas y poco disciplinadas. La toma de Badajoz y de la plaza de Mérida supuso la unión de las zonas norte y sur del territorio controlado por los sublevados. En este contexto tuvo lugar en Badajoz una matanza de la que parece ser responsable Yagüe. Los avances de este ejército le permitieron a Franco establecer su cuartel general en Cáceres. Básicamente el avance se realizó a través del valle del Tajo. En septiembre se tomaba la plaza de Talavera de la Reina, hecho que motivó la caída del gobierno republicano de Giral y su sustitución por el gobierno de Largo Caballero.
Al llegar los avances del ejército de África a la localidad de Maqueda Franco tomó una decisión que parecía motivada más por razones de prestigio político y de propaganda que por razones estrictamente militares: en vez de avanzar rápidamente hacia Madrid se desvió a Toledo para liberar a los elementos nacionales que habían quedado sitiados en el alcázar al mando del coronel Moscardó. Esta operación dio gran prestigio a Franco pero probablemente impidió que pudiera tomar Madrid cuando se lo propuso.
Al iniciarse el alzamiento se había constituido en la llamada zona nacional una junta de defensa nominalmente presidida por el general Cabanellas. Esta junta se encargó de proveer a las necesidades más perentorias pero cuando se empezó a ver con claridad que el conflicto se estaba transformando en una guerra con sus frentes bien delimitados empezó a surgir en la zona nacional un movimiento favorable a constituir una verdadera unidad de mando para poder coordinar la lucha con mayor eficacia. La figura del general Franco apareció desde el principio como la más adecuada para ejercer la jefatura de los ejércitos. Sanjurjo había fallecido en Portugal víctima de un accidente de aviación cuando se dirigía a la zona nacional. Mola, director y sumo hacedor de la conspiración se veía a sí mismo con la suficiente distancia como para saber que no reunía las dosis suficientes de carisma y ascendiente entre los generales como para erigirse en jefe supremo. Monárquicos como Kindelán, jefe de la aviación y falangistas como Yagüe veían a Franco como el hombre más adecuado para dirigir los ejércitos mientras durara la contienda.

Alfredo Kindelán

En Salamanca, a finales de septiembre, se empezaron a mover los hilos que acabarían conduciendo a la elevación al poder de Franco.
Es importante destacar que en un primer momento la idea que predominaba entre los más destacados líderes militares era la de constituir una jefatura de tipo militar. En lo que respecta al mando político se empezó a valorar la conveniencia de que este se planteara como adjunto al mando militar mientras durara la contienda. De este modo se perfiló la idea de nombrar a Franco como generalísimo de los ejércitos dándole a su vez la jefatura del gobierno de manera anexa a ese mando hasta el fin de la guerra. Esta constricción temporal del mando político no era del gusto ni de Franco ni de sus más próximos colaboradores, entre quienes ya se contaba su propio hermano Nicolás. Finalmente se llegó a la conclusión de nombrar a Franco como jefe del gobierno del Estado y generalísimo de los ejércitos sin limitación alguna, en el supuesto implícito de que la jefatura política de Franco tendría una limitación temporal lógica cuando se hubieran conseguido los objetivos principales, que en aquel momento se concentraban en el fundamental de ganar la guerra.
Algunos de los militares que lo conocían bien, como Miguel Cabanellas, no dejaron de advertir de que con el nombramiento que se proponían realizar estaban entregando un poder a Franco que este consideraría definitivo.
El 1 de octubre de 1936 Franco fue investido en Burgos con su nuevo cargo, pero con una omisión gramatical de profundo calado: en lugar de jefe del gobierno del Estado Franco fue a partir de ese momento y hasta el final designado como jefe del Estado. Asumía todos los poderes del nuevo estado.
Una vez conseguido el objetivo de un mando único, Franco se centró en su labor como generalísimo en las tareas de dirigir la guerra y nombró una junta técnica del estado, presidida por el general Dávila, para que esta junta se hiciera cargo de los aspectos de administración.
Si bien se había resuelto el aspecto del mando único, quedaban aún importantes asuntos por concretar. Uno de ellos era el de la organización y encuadramiento de aquellas fuerzas políticas que daban su apoyo al movimiento. De estas fuerzas las más combativas eran la Falange y la Comunión Tradicionalista, representante la primera de un fascismo español y la segunda, conocida como Requeté, de los carlistas. Había también sectores que apoyaban el movimiento y que habían participado de manera intensa en la vida parlamentaria de la República. El caso más significativo de esto último era la CEDA de Gil Robles. Estaban también los monárquicos alfonsinos, cada vez más autoritarios y alejados del viejo monarquismo de raigambre liberal.
Franco se propuso desde muy pronto crear un movimiento o partido único que unificara bajo su propia jefatura a todos estos movimientos pero para que este fin pudiera ser alcanzado necesitaba superar las posturas e intereses particulares de los líderes de estos movimientos.

Ramón Serrano Súñer

Un hombre importante que apareció por Salamanca en 1937 huido de la zona republicana iba a ser fundamental para que Franco lograra este objetivo. Se trataba de Ramón Serrano Súñer, emparentado con Franco al estar casado con una hermana de la mujer del generalísimo.
Serrano Súñer, abogado del estado, amigo personal de José Antonio Primo de Rivera y antiguo parlamentario de la CEDA acudió con sus conocimientos jurídicos para conseguir por un lado que Franco alcanzara la jefatura política de todos los movimientos que desde la retaguardia apoyaban el alzamiento y por otro para dotar al nuevo estado de una estructura política más estable pues en opinión de Serrano la zona nacional estaba organizada de acuerdo con los esquemas mentales de tipo militar en lo que con expresión feliz calificaba de estado campamental.
En lo que respecta al estado de los distintos movimientos políticos, el que más había aumentado sus efectivos era la Falange. Sin embargo este grupo se veía lastrado por el hecho de que su jefe y líder carismático, José Antonio Primo de Rivera, estaba encarcelado en zona republicana, en Alicante. Nadie en la Falange tenía el mismo ascendiente entre los militantes como José Antonio. El fusilamiento de José Antonio el 20 de noviembre de 1936 iba a dejar al movimiento acéfalo, pero ello facilitó su control por parte de Franco.
Los tradicionalistas tenían por líder político a Fal Conde. Franco aprovechó una insinuación de este en el sentido de que los carlistas se proponían crear sus propias academias militares para amenazarlo con su fusilamiento por insubordinación. Finalmente Fal Conde se tuvo que exiliar en Portugal y quedó neutralizado como líder.
Gil Robles volvió de Francia pero no fue bien recibido en Burgos y tuvo que instalarse en Portugal. El líder católico era considerado en la nueva situación como un hombre que representaba el pasado de colaboración parlamentaria con la República y por tanto, como alguien al que no se asignaba ningún papel en el nuevo estado que se estaba configurando.

José Antonio Primo de Rivera

Neutralizados de una u otra manera los líderes de los distintos movimientos políticos. Franco aprovechó unos incidentes que tuvieron lugar en la retaguardia para dictar un decreto, preparado por Serrano, de acuerdo con el cual todas las organizaciones políticas que apoyaban la causa nacional quedaban disueltas constituyéndose en su lugar una nueva organización: Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista, que pasaba a considerarse de ahora en adelante como partido único. Se trataba, probablemente del partido con nombre más largo de la historia. Esto es lo que se conoce habitualmente como Decreto de Unificación. Franco asumía la jefatura del nuevo ente. Por fin, a su jefatura militar y estatal, Franco podía añadir una jefatura política.
La nueva organización, heterogénea por definición, fue muy mal recibida y algunos líderes, como el falangista Hedilla, se resistieron a la misma, lo cual pagaron con amenaza de fusilamiento y finalmente con prisión.
Para culminar el proceso de ascensión de Franco al poder supremo todavía faltaba un último hecho: la formación de un gobierno.
Ya ha sido mencionado cómo en un primer momento Franco nombró una Junta Técnica del Estado a cuyo frente situó al general Dávila. Esta junta atendía los aspectos de organización administrativa.
Conforme los avances del ejército nacional hacían aumentar el territorio controlado por Franco, se hizo notar la necesidad de constituir una organización administrativa más compleja, dado que cada vez parecía más evidente el triunfo de los nacionales en la guerra.
El 31  de enero de 1938 se constituyó en Burgos el primer gobierno de la España Nacional. En él estaban representados implícitamente, pues no se reconocía la existencia de partidos políticos, aquellos sectores que apoyaban la causa nacional. Se sentaban en el gobierno monárquicos como Sainz Rodríguez, tradicionalistas como Esteban Bilbao, hombres que habían servido a la dictadura de Primo de Rivera, como el conde de Jordana, hombres del pasado monárquico como el general Martínez Anido y el hombre fuerte de la nueva situación: Ramón Serrano Súñer.
Franco, que desde casi un principio era conocido como el caudillo, añadía a la jefatura del estado la presidencia del gobierno, situación que mantendría hasta los años finales, cuando con el nombramiento del almirante Carrero Blanco como presidente del gobierno en 1973, Franco quedó con el cargo supremo de jefe del Estado pero se descargó de las labores cotidianas de gobierno.
Franco tenía en sus manos en 1938 una concentración de poder como ningún gobernante tendría nunca en la Historia de España. A partir de entonces, sus mayores habilidades se centrarían en mantener en sus manos ese poder sin que nadie se lo disputara nunca de manera eficaz.

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