domingo, 13 de julio de 2025
UN POEMA MAL ATRIBUÍDO.
domingo, 1 de junio de 2025
¿NI TANTO NI TAN CALVO?
Cuando
alguien dice que todos los extremos son iguales y por tanto todos son malos
piensa que está diciendo una verdad inatacable pero en realidad no está
diciendo nada.
Es
verdad que son iguales, porque los extremos son eso, extremos, y en este
sentido son iguales. Que sean malos sólo se podría afirmar si se establece que
un extremo es malo por el hecho de ser extremo, cosa en principio que no
resulta nada clara.
Quien
dice esto lo que trata de afirmar es la bondad del término medio, pero tampoco
ha entendido lo que quiso decir Aristóteles con ello: el término medio lo es
entre dos extremos en lo que se refiere a nuestras acciones y pasiones, no en
cuanto al valor. No entender esto es confundir el término medio con una ética
de la mediocridad.
Sería
un poco absurdo decir que en cuanto al robo, la virtud consiste ni en robar
constantemente ni en no robar nada sino en robar de forma moderada, de vez en
cuando pero sin pasarse.
Igual
de absurdo, pero más sórdido sería establecer que en la relación de pareja lo
adecuado es ni ser constantemente fiel ni no serlo nunca, sino ser fiel de
forma moderada, siendo infiel también, pero sin excederse.
En
cuanto a matar a alguien, sería absurdo decir que lo justo y adecuado es ni
pasarse y matar por ahí cada día a alguien ni ser tan tímido que nunca se
atreva uno a cargarse a alguien: lo suyo, por tanto, para no caer en el
extremo, sería matar, pero poco a poco y a pocos, no ir matando a troche y a
moche.
En
cuanto a la corrupción, el extremo estaría ocupado por quien nunca es corrupto
o por quien lo es siempre y el término medio por quien es corrupto de vez en
cuando, a ratos perdidos.
Desde
el punto de vista del valor, para el propio Aristóteles, la virtud ética es un
extremo puesto que es lo mejor. Si no se entiende esto bien, se extraería la
errónea interpretación de que pues la virtud ética es un término medio, lo suyo
es no ser ni muy bueno ni muy malo, sino un término medio entre estos dos
extremos, lo cual es absurdo para Aristóteles y para todo el mundo.
Decir
que todo extremo es igual no es una afirmación política ni ética, es una
afirmación geométrica vacía de contenido con la cual mucha gente quiere flotar
para salir airosa de cualquier compromiso, o disimular su indigencia de
pensamiento.
martes, 20 de mayo de 2025
AGAMENÓN O ARMAGEDÓN.
Ayer, mientras
escuchaba un programa de opinión pude oir a una de las participantes afirmar
que la actuación del ejército israelí en Gaza supone un auténtico “Agamenón”.
Supuse
que no tenía mucho sentido la referencia
al “generalísimo” de la guerra de Troya y que, probablemente, lo que la
opinadora quería referir es que la actuación de Israel está causando un “armagedón”,
expresión de resonancias apocalípticas que se suele utilizar para referirse a
batallas últimas y cruentas, como por ejemplo las que sostuvo la Alemania hitleriana
en 1945 al luchar hasta el final y negarse a capitular y reconocer una derrota
inevitable.
Dejando
atrás la curiosa y en cierto modo graciosa confusión de la periodista, Agamenón
o Armagedón, de lo que no cabe duda es de que la actuación del ejército israelí
sobre Gaza es un genocidio.
Hay
gentes que no lo quieren ver. Hay enanos que niegan evidencias,
Ser
enano no es un desdoro, es una característica física y nadie es responsable del
cuerpo que Dios le ha dado. Eso sí, hay enanos mentales cuyo físico más que
corporal es más bien alegoría de su pequeñez ética y poca valía intelectual.
viernes, 27 de septiembre de 2024
SER MAJO:
No acabo de ver como un gran elogio
la afirmación de que Fulanito de Tal es muy “majo”. Más bien tengo la sospecha
de que cuando de alguien decimos que es muy majo es porque no sabemos qué otra
afirmación importante podemos hacer de esa tal persona.
De alguien que haya hecho
aportaciones importantes, no digo a la Humanidad, sino simplemente a su
entorno, resaltamos dichas aportaciones pero no resumimos su hacer afirmando
que es o era “muy majo”. No concibo oír
decir a un amante de la música clásica que Beethoven, Mozart o Haydn fueran muy
“majos”, sí que eran compositores con grandes cualidades. Del mismo modo, nunca
he oído decir que Miguel Ángel, Rafael o Leonardo fueran majos, lo fueran o no
en sus vidas privadas.
Es mejor que uno reciba alabanzas por
lo que ha hecho que no que se diga que es o era “muy majo”.
De mí, más de uno ha solido decir que
era muy “majo”, señal de que, como por otra parte creo que es cierto, no he
hecho aportaciones realmente significativas a mi entorno. Qué le vamos a hacer.
Pocas son las personas que realmente consiguen dejar herencias significativas.
martes, 24 de septiembre de 2024
LA ASIGNATURA DE ORATORIA.
He visto cómo en algún instituto se ofrece como asignatura optativa “oratoria”. Nada que objetar en principio a la posibilidad de saber hablar en público. Lo que, en cambio, no me convence es el hecho de que al ofrecer dicha materia se publicite como una de sus virtudes la de poder hacerte “líder” si consigues dominar el arte de hablar en público.
Hablar bien es una mezcla virtuosa de otro tipo de habilidades, no siendo la menor de ellas la de pensar bien.
Se puede hablar sin tropiezos y no decir nada. Por otro lado un profesor es eso, profesor. La pretendida capacidad de enseñar a los alumnos a ser “líderes” hace del profesor más bien un entrenador, profesión sin duda muy digna pero distinta a la de profesor.
Yo no he liderado nunca nada. No he vivido bajo la tonta pretensión de ser un ganador. Es el fracaso más que el triunfo, el que enseña.
Estoy un poco harto del afán de enseñar a ser competitivos.
Cuando de muy joven intenté alguna vez jugar al fútbol pude darme cuenta de dos cosas: que era muy malo, un tuercebotas y que cuando había peligro para mi portería me entraba risa. Bajo esas premisas difícilmente podría haber hecho progresos en el complicado ámbito del balompié.
Algún compañero en alguna ocasión afirmó de mí que tenía aspecto de piloto de la RAF derribado o de aristócrata ruso en el exilio. Ninguna de las dos posibilidades expresaba triunfo, más bien derrota.
En definitiva, no le temo a la posibilidad de ser un perdedor. Sí que temo más bien la de ser un “ganador” petulante, hablar y no decir nada y liderar el vacío y el sinsentido.
domingo, 21 de julio de 2024
RETRATO DE LA NIÑA ESCONDIDA.
Mi
madre, como cualquier otra madre del mundo, solía atribuirme todo tipo de
capacidades y entre ellas, me adjudicaba sin ningún tipo de discusión posible,
la de escribir bien.
Mi
madre tuvo una vida larga pero de salud delicada. Desde muy joven se vio
afectada de un asma que le provocaba ahogos en respiración, fatiga y cansancio.
Fue delicada pero a su vez de una fortaleza admirable.
En
sus últimos años, cada vez que sufría algún achaque en su salud creía llegado
el final y me encomendaba que escribiera algo sobre ella y además me indicaba
el título: retrato de la niña escondida.
¿Por
qué? Ahí viene la razón.
No
fue fácil la vida de mi madre. Nació el 5 de febrero de 1930 en San Fernando (
Cádiz),en el seno de una familia protestante, hija de Emilia, jovencísima madre
de 16 años y de un hombre del que durante muchos años sólo supimos que se
llamaba Pedro de Vegas. Era pues mi madre fruto de la relación entre mi abuela
y ese tal Pedro, pastor protestante cuyo comportamiento causó el consiguiente
escándalo y su expulsión del ministerio que ejercía en la Iglesia Evangélica
Española.
La
venida al mundo de mi madre supuso la llegada de un ser no deseado por cuanto
aconteció en una época en la que la soltería de las madres suponía un hecho que
se consideraba vergonzoso. Los hombres y mujeres de aquella familia no estaban
preparados, no podían estarlo, ante lo que la época consideraba como
ilegitimidad.
La
fecha de nacimiento de mi madre nunca coincidió con la fecha oficial, pues sólo
fue inscrita el día 24 de ese mismo mes, casi veinte días después de su
nacimiento. Nadie sabía qué hacer con la niña, cómo justificar de quién era.
Su
madre, a la que nosotros llamábamos "Lita", apelativo al parecer
sugerido por mi madre y que podía derivar tanto de abuelita como de Emilita,
persona que siempre fue sensible e inteligente, se vio privada de una
existencia normal, cargando durante toda su vida, no muy larga por cierto, con
el peso de la ocultación de su maternidad. Sólo en una triste situación, cuando
se encontraba ya en estado terminal, y a requerimiento de una cariñosa
enfermera que quería que hablara, y que le preguntaba a mi abuela que quién era
esa mujer tan guapa que estaba en la habitación, refiriéndose a mi madre, mi
abuela hizo acopio de toda su energía, poca en aquel momento, para decir "¡es
mi hija!". Fue la única vez que vi a mi abuela llamar así a mi madre. Hubo
algo, mucho, de satisfacción. Por una vez, al borde ya de trascender esta
dimensión mundana, dijo la verdad limpia, sin enmascaramiento. Pudo al fin
liberarse de los ocultamientos y medias verdades en los que se vio obligada a
desempeñarse por culpa de las imposiciones de una sociedad peor. Esa escena ha
quedado grabada en mi cerebro y permanecerá mientras pueda disfrutar del uso de
razón.
En la
juventud de mi madre, acaecida en Córdoba, continuaron las medias verdades y
equívocos hasta prácticamente su matrimonio, celebrado en Córdoba en su
manifestación religiosa pero jurídicamente por poderes dado que la ceremonia
religiosa protestante no surtía efectos jurídicos y a su vez ningún juez quería
proceder a la realización de la boda civil.
En
su vida de casada mi madre tuvo tres hijos, siendo yo el menor de ellos, pero
mi familia permaneció oculta a ojos de muchos. Este absurdo secreto salió a la
luz cuando estando de vacaciones una de mis hermanas, cansada de tanto
ocultamiento e hipocresía explicó con detalle a unos familiares argentinos que
estaban de visita en España que ella era hija de Ana, mi madre, y que esta, a
su vez era hija de Emilia, a la que hasta ese momento suponían sin hijos.
Esta
familia argentina se manifestó por un lado con sorpresa y estupor pero por otro
con ardiente deseo de conocer a mi madre, a mi padre y al resto de los hijos,
cosa que sucedió poco después en el transcurso de una visita de estos
familiares a Madrid.
La
visita fue muy cariñosa y cordial. Una prima de mi madre, cómplice del engaño y
ocultamiento al que hasta entonces habíamos sido sometidos preguntó a Antonio,
el familiar argentino que qué le había parecido la prima Ana. Este Antonio
respondió, en un lenguaje galante tal como se estilaba en la época pero con una
clara intención de censura hacia el engaño en el que hasta entonces había
permanecido que mi madre era muy guapa y que por eso la habían tenido
escondida.
Mi
madre siempre mantuvo, hasta sus últimos días, una actitud que oscilaba entre
la rabia y la tristeza, por el hecho de saberse como una persona no deseada en
su venida al mundo. Desde que comenzó la guerra, a sus seis años, no volvió a
acudir a una escuela. Hasta entonces había asistido a clase en la escuela de la
Iglesia Evangélica Española, pero esta fue cerrada por los nacionales, que
rápidamente ocuparon San Fernando fusilando al tío de mi madre, el pastor
Miguel Blanco Ferrer, hombre que se encargaba del culto y de la escuela de la
iglesia, aficionado a la música y a la cultura y que no cometió más delito que
el de estar en el sitio equivocado en el momento equivocado. Este pastor,
dentro de sus posibilidades, se hizo cargo en gran medida de la educación de mi
madre. Con ella paseaba a la cercana Cádiz, se encargaba de los regalos de
reyes y en la medida en que ello era posible ejercía lo más parecido a una
función paterna. Obran en mi poder las cartas que redactó desde la cárcel,
tratando de hacer las gestiones oportunas para resolver su situación, inútiles
al cabo, y en las que siempre se despedía con la expresión "besos a la
niña" refiriéndose a mi madre. Actualmente tiene dedicada en San Fernando
una calle que espero que a nadie se le ocurra retirar, calle del pastor Miguel
Blanco Ferrer, aunque en estos tiempos de odio e ignorancia no me extrañaría
que alguien tuviera la pretensión de retirarla. En los últimos años se le
realizó a mi madre una prueba de ADN con el fin de poder encontrar los restos
de su tío aunque no se ha podido dar hasta el momento con los mismos en los
trabajos de identificación que se realizan en el cementerio de San Fernando.
Con todo, tengo la satisfacción de haberla podido llevar a la calle que en esa
localidad tiene dedicada.
La
venida al mundo de mi madre causó contrariedad para sus familiares, una
existencia llena de dificultades para ella misma, pero visto en perspectiva,
fue una bendición. Su simiente junto con mi padre fue fecunda, con hijos,
nietos y bisnietos a los que amó con locura. La vida de cada uno de nosotros es
una posibilidad tan poco probable que cósmicamente es casi imposible. La única
posibilidad de vivir es la que hemos tenido, no hay otra.
Ella
solía decir que nunca había trabajado aunque en realidad no hizo otra cosa que
trabajar. Un trabajo no remunerado, no reconocido y casi nunca apreciado, el de
ama de casa. En sus últimos tiempos se lamentaba de no ser capaz de realizar
las tareas a las que estaba habituada, con un sentimiento de culpa que yo me
empeñaba, en vano, en disipar.
Sin
necesidad de verbalizarlo se caracterizó por lo que hoy se suele llamar
"vocación de servicio". Siempre atenta a nuestros progresos en los
estudios y en el trabajo, se ocupó sin descanso de que nada nos faltara de lo
que ella consideraba importante. Los últimos y difíciles años de mi padre, en
buena medida imposibilitado, se vieron aliviados con el primor de los cuidados
que ella le dedicó, en un momento en el que yo todavía estaba ligado a mis
obligaciones laborales y por tanto, fue ella, mi madre, quien llevó el mayor
peso en dichas tareas. Mi padre se sentía agradecido y en su desvalimiento lo
quería mostrar dándole besos en la mano, gesto que en su natural humildad ella
no creía merecer. Lo que yo no podía presentir es que pasados unos cuantos años
sería yo el destinatario de esos besos en la mano con los que mi madre quería
agradecer las ayudas que yo le proporcionaba. Había en aquel gesto sin duda
desvalimiento pero también un agradecimiento que yo sí que no merecía, pues
estoy convencido de haber dado menos de
lo que de ella he recibido.
La
vida es única e irrepetible y quién sabe si en ese carácter único reside su
verdadera trascendencia. No es la duración infinita sino la intensidad del
instante lo que dota de valor a lo vivido. Cuando, ya en el hospital y
paralizada de medio cuerpo, la saludé, me reconoció, esbozó lo más parecido a
una sonrisa y pudo alargar hasta mi hombro el brazo del que todavía podía
servirse. Ya no era capaz de hablar pero ese gesto, apenas unos instantes, ya
acabado y perdido en el pasado, tiene para mí la trascendencia de lo permanente
por la intensidad de su significado, la despedida definitiva que convierte en
eterno un acontecimiento que en el mundo real apenas ocupa un momento. Sí, la
eternidad puede que resida en lo más frágil, puede que lo exprese con más
autenticidad que la mera duración. Vivir no es simplemente durar.
Mi
madre, como ya ha aparecido en este escrito en alguna oportunidad, fue, según
cualquier criterio, una mujer guapa. Esto último. que considerado en sí mismo
no tiene más mérito que el de la casualidad genética, en su caso suponía algo
más .La belleza. que en sí misma depende más de la suerte que del mérito, reflejaba
en su caso el eco en el mundo sensible en el que habitamos de una belleza
moral que no es más que trasunto de la bondad que en su vida reflejó. ¡Qué
guapa fue y qué bello ejemplo nos ha regalado!
He
tratado de cumplir con este escrito el encargo que de mi madre recibí. Ella fue
la que me pidió que contara con toda claridad los hechos que aquí he referido.
Lo que he escrito no está redactado con la perfección que, en su cariño, ella
creía ver en mis escritos pero sí con la mejor intención y capacidad que yo
tengo.
sábado, 4 de noviembre de 2023
EL ORDEN DE LOS FACTORES.
Si
alguien que fuera muy devoto de los mandamientos de la Santa Madre Iglesia y a
la par estuviera dominado por el hábito de fumar le preguntara al cura si es
correcto fumar mientras se reza la respuesta que con más probabilidad recibiría
del sacerdote es que fumar mientras se reza constituye una falta de respeto.
Si
el mismo devoto pero a la vez pecador como vicioso le preguntara al mismo
sacerdote si es bueno rezar mientras se fuma, es probable que el cura le dijera
" muy bien, hijo mío, cualquier ocasión es buena para dirigirse a Dios y
honrarle".
Como
se puede apreciar, en el lenguaje ordinario, a diferencia del lenguaje
matemático, el orden de los factores sí altera el producto.
El
arte de cualquier negociación consiste en esto, en tratar de convencer al
interlocutor de que lo que te interesa a tí en realidad le interesa a él. Para
ello hay que situar los factores en un orden que a la vez convenza al otro y te
beneficie a tí. No es fácil, no siempre se consigue.
Veremos.