domingo, 4 de noviembre de 2018

EXPERTOS EN LEYES.


Y de repente todo el mundo se convirtió, en aquel país poco dado al estudio paciente y concienzudo, en experto en derecho penal y constitucional.
Agudas reflexiones acerca de la distinción entre sedición, rebelión y protesta tumultuaria llenaban horas y horas en los programas dedicados al debate (es un decir) de ideas (es otro decir).
Las mismas personas que, en otras ocasiones, se habían mostrado expertas en aspectos como el cambio climático y las energías renovables, mostraron un sorprendente conocimiento sobre las más intrincadas cuestiones de la ley.
Sedicentes progresistas se remontaban a la Edad Media para defender unas libertades perdidas en algún momento de la Modernidad.
Desde el lado contrario, jóvenes descarados, sin complejos, criticaban por golpistas a los primeros siendo a su vez incapaces de condenar el más trágico de los golpes habido en un país no escaso de ellos. Los mismos jóvenes que, no sé si sin complejos o con complejos, no han leído un libro en su vida.
Mientras tanto, la convivencia se envenenaba sin remedio y un griterío de gente faltona echaba de la discusión a toda persona que no tuviera el rasgo moderno del grito y estuviera anclada en la anticuada idea de que los argumentos debieran ser el músculo de toda discusión.
A uno, que no le gusta que le pasen lista para ver dónde se encuadra, hace tiempo que se le quitaron las ganas de participar en la discusión y su única aspiración se reduce hoy día a desear que no acabemos todos dándonos trastazos para acabar volviendo a la casilla de salida.


domingo, 21 de octubre de 2018

POLÉMICA ESTÚPIDA.


El nivel educativo de los niños andaluces no es inferior al de resto de niños españoles.
Su nivel es similar.
Ahí está lo malo.

martes, 16 de octubre de 2018

DE MEDALLAS Y RECOMPENSAS.


Ayer me comunicó el director de mi centro que, dado que en estos momentos soy el profesor de mayor antigüedad en el cuerpo, debo formar parte de la mesa de votación de las próximas elecciones sindicales.
Privilegios de la antigüedad y privilegios de la vejez, supongo. También me dijo el director que la Dirección de Área de Educación ha dejado de conceder unas medallas que antes se otorgaban a los profesores que habían superado los 30 años de servicio, como es mi caso.
La medalla no tenía gran valor material pero lo que más me ha enojado es la razón que da la Dirección de Área: falta de presupuesto.
En lo personal no me afecta ni mucho ni poco pues nadie es buen juez de sí mismo y puede que en mi caso particular no me haya hecho acreedor a merecer medalla alguna. Lo que me irrita es el lado institucional del asunto, el poco aprecio que merecemos los que, mal que bien, intentamos desarrollar una labor, ante quienes están en los despachos.
Resumiendo conceptos: que se metan la medalla por donde les quepa.

domingo, 23 de septiembre de 2018

MEDIOCRIDAD Y AUDACIA.


Se supone que lo que caracteriza a una persona dotada de genialidad es el hecho de ser capaz de realizar actos extraordinarios lejos del alcance de las personas más comunes y de menor interés.
Por ello no acabo de entender la polémica suscitada en torno a cursos, doctorados, carreras que, realizados por nuestros próceres, han movido a sospecha por parte de gentes maledicentes que afirman que hay irregularidades en lo que al esfuerzo, diligencia, asistencia regular a clase se refiere por parte de dichos padres de la Patria.
Quienes así se soliviantan no acaban de entender lo que el concepto de genialidad denota.
Que alguien con esfuerzo y tesón consiga una titulación no deja de ser una muestra de mediocridad por parte de quien así se comporta. Es un camino común, trillado y en cierto modo vulgar.
El toque está en conseguir todo lo anterior sin apenas esfuerzo. Eso sí que es digno de admiración y alabanza por cuanto supone de extraordinario.
Como ciudadano español no puedo por menos que sentirme complacido y orgulloso de contar con una tan nutrida representación de hombres y mujeres poco comunes, personas extraordinarias que lejos de dejarse llevar por la vía cómoda y fácil de la rutina, ensayan otras vías, arriesgadas y audaces, novedosas.
¿Qué camino he de aconsejar a los jóvenes?, ¿mediocridad o audacia?
Este país tiene futuro.

sábado, 8 de septiembre de 2018

FORMAS RESPETUOSAS.


Las personas de mi edad solemos recordar el respeto con que recibíamos a nuestros profesores. Un ejemplo de ello lo constituye el hecho de que cuando en el instituto el profesor entraba en el aula, nosotros (y aquí el "nosotros" es estricto puesto que los institutos eran masculinos o femeninos) nos poníamos en pie hasta que el profesor dijera "¡siéntense!".
Poco a poco, con la democratización de las costumbres del país, dejamos de ponernos en pie y permanecíamos sentados mientras el profesor entraba e iniciaba su clase.
He de decir que en lo que a mí respecta, noto cada vez un mayor respeto por parte de mis alumnos e incluso he observado que se va recuperando la costumbre de permanecer en pie, hasta tal punto que cuando entro en el aula, mis alumnos no sólo están en pie sino que no hay manera de que se sienten. Algunos, llevando al extremo sus muestras de respeto, se sitúan incluso encima de las mesas y pese a mis ruegos de que abandonen tan eminente posición, se resisten a hacerlo.
¿Quién dice que se están perdiendo las formas? Alguien mal informado, sin duda.

jueves, 23 de agosto de 2018

DE VIEJAS RADIOS Y TRASTOS.


Tienen los viejos y ya inútiles aparatos domésticos una peculiar belleza como resultado de su liberación de la finalidad a la que, tanto en diseño como en su mecanismo estaban destinados.
Una vez cumplido su fin, acabada su vida útil, pasan a ser de simples utensilios a muebles, y admiramos en ellos más lo peculiar de su diseño que su eficacia, ya agotada.
Entre dichos aparatos siempre me llamaron la atención las viejas radios. Con suficiente edad como para poder recordarlas antes de la definitiva irrupción del transistor, me llamaba en especial la atención su contundente presencia diseñada para ocupar un lugar preferente en el salón antes de que el televisor, más voluminoso entonces pero más vulgar en su aspecto, se adueñara del principal rincón de cualquier salón.
La radio, no poseída por todo el mundo y escuchada en muchas ocasiones de forma comunitaria, fue durante muchos años, el medio de comunicación más importante. Reflejo de su época, en estos aparatos se transmitía de manera regular la información a través del diario hablado de Radio Nacional de España. También ocupaba el centro de la programación un sinnúmero de radionovelas y consultorios femeninos.
Recientemente, con motivo de una limpieza de cajones para deshacerme de papeles ya caducados y objetos inservibles, he recuperado una vieja radio que apareció por la casa de mi madre en Córdoba allá por los años cincuenta. Todavía se enciende, eso sí, con el uso de un alternador pues sigue utilizando la vieja corriente de 125. La he colocado en lugar preferente en mi estudio. Ahí luce, señorial e inútil, aristocrática en suma.
El dial promete escuchar emisoras de Burdeos, Lyon, París, Londres, Barcelona, Madrid, Bruselas, Estrasburgo, Budapest,  Florencia...aunque en aquellos aparatos lo único que se podía escuchar era la emisora local.
Siempre me excitó la imaginación el recorrido a través del dial por el nombre de esas ciudades, por más que la experiencia cotidiana desmintiera la promesa que en esos nombres se encontraba inscrita.
No me atrevería nunca a calificar como mendaz la aparición del nombre de esas variopintas ciudades ya que si bien la realidad desmentía siempre la indicación del dial, otra realidad menos tangible pero no menos real se mostraba: la de la capacidad de sugestión y de incitación a la imaginación que la radio tenía, capacidad que la televisión, con la contundencia de la imagen, nunca pudo superar.
La belleza de un objeto puede ser pretendida, cuando este es el fin directo de la producción, pero puede ser también la consecuencia no pretendida por el productor pero sí surgida de la pérdida de la utilidad a la que el objeto estaba destinado en su planteamiento inicial. La caducidad de un utensilio lo hace por definición inútil pero precisamente por ello resalta rasgos que en su vida útil quedaban ocultos ante la finalidad inmediata para la que estaba pensado.
El lugar que ahora ocupa mi vieja radio no hará que sirva para transmitir la actualidad pero sí que servirá como recuerdo de su importante preponderancia en una época en la que se constituyó en la más importante ventana al mundo para muchas familias. Una ventana que al no ser visual forzaba necesariamente al ejercicio de una imaginación que no sé si hoy por hoy está embotada ante la profusión instantánea de todo tipo de imágenes.


martes, 7 de agosto de 2018

BILINGÜISMO EN LAS AULAS.


Hace ya unos cuantos años me comentaba un compañero que una amiga inglesa que hablaba el español con soltura entendía sin la menor dificultad los giros de cualquier conversación con una excepción: no había manera de hacerle comprender el significado de la expresión "que si quieres arroz, Catalina". Cada vez que alguien recurría a esa frase hecha, la inglesa no hacía más que preguntar si a esa Catalina le gustaba mucho el arroz, o tenía hambre o qué era lo que le hacía demandar constantemente tal alimento.
No quiero pensar lo que la amiga inglesa habría pensado de oír expresiones tales como "lagarto, lagarto" u otras similares.
Viene esto a cuenta del empeño que desde hace años muestran las autoridades educativas por imponer el llamado bilingüismo en las aulas. La idea es fácil de vender a los padres: el uso del inglés en las aulas como primera lengua hará que los alumnos aprendan el segundo idioma con facilidad. Para ello se recurre a habilitar a profesores españoles para que den su materia en inglés.
No dudo yo de la competencia en tal lengua de quienes en ella se habilitan pero la competencia en un idioma no hace a nadie auténticamente bilingüe. El bilingüismo puro es un fenómeno no habitual. Un buen dominio del inglés capacita para quien lo posee a dar una buena conferencia, pero no una clase.
En una clase, y más si se trata de una materia humanística, es fundamental el juego con las palabras.
Dicho de otra forma: la verdadera lengua es aquella en la que se insulta.
Hay que dar clase en la lengua con la que se insulta. Otra cosa no es más que puro engaño, embeleco.