domingo, 2 de febrero de 2014

SOBRE MEMORIA, ENTENDIMIENTO Y VOLUNTAD.

Memoria, entendimiento y voluntad formaban el conjunto de las denominadas facultades del alma de la psicología medieval escolástica.
Cuando la psicología, en el siglo XIX se sumó al grupo de saberes que se querían ver a sí mismos como científicos y experimentales, al modo de la física, la psicología de las facultades cayó en desuso y descrédito por no poder cumplir con las nuevas exigencias que la ciencia experimental demandaba a cualquier saber que tuviera la pretensión de presentarse a sí mismo como científico.

MNEMÓSINE,  POR DANTE GABRIEL ROSSETTI.
Con todo, la división entre memoria, entendimiento y voluntad no desapareció de las consideraciones habituales de la gente interesada en el estudio del ser humano. Se siguió y se sigue hablando de personas de gran inteligencia o de gran voluntad o de gran memoria. Con estas tres  facultades se puede proceder a establecer una combinatoria muy variada: podemos hablar de personas que tienen memoria, inteligencia y voluntad; de personas que tienen memoria, inteligencia y poca o ninguna voluntad; de personas que tienen inteligencia pero no tienen ni memoria ni voluntad: de personas que no tienen inteligencia ni memoria pero que sí que tienen voluntad; de personas que ni tienen memoria, ni inteligencia ni voluntad; en fin, las posibilidades que el arte combinatoria brinda aquí son muchas.
Por lo que se refiere a la observación que las personas hacen de sí mismas, aquí podemos observar que los hombres y mujeres son capaces de admitir cuando se refieren a sí mismos que su memoria es flaca o su voluntad débil, pero será raro que uno admita de sí mismo que su inteligencia no es fuerte. Ya Descartes advertía irónicamente que la Bona Mens , es decir, el buen sentido o la inteligencia o el ingenio es la cosa mejor repartida del mundo puesto que todos parecen darse por satisfechos con la porción que les ha tocado en suerte.
En el Renacimiento, con el desarrollo de los estudios humanísticos apareció un tipo de sabio interesado en el estudio de los escritos y en el aprecio del estilo de los autores de la antigüedad greco-latina. Tal tipo de sabio estaba sobre todo volcado hacia la investigación de las fuentes y su tipo de conocimiento era básicamente erudito. Tal erudición favoreció un mejor conocimiento de la historia pero propició por fuerza una mayor valoración de la memoria como facultad que permitía el acceso al conocimiento. El sabio era quien estaba en disposición de aportar datos y conocimientos y quien los poseía de una manera plena en su propia mente. En el mismo momento histórico hombres como Leonardo daban pasos visionarios hacia un tipo de sabio nuevo, el capaz de inventar. El inventor era hombre que estaba en disposición de hallar nuevas posibilidades, algo para lo que no bastaba la simple memoria. Con la revolución científica que se produjo en el siglo XVII, la gran época de Galieo, de Kepler, de Descartes, el vuelco hacia la invención, hacia lo nuevo como ideal de conocimiento se cumplió de manera plena y con dicho giro la memoria fue poco a poco descendiendo de su pedestal. El hombre sabio ya no era el que estaba en disposición de citar de manera eficaz datos y fuentes sino quien era capaz de encontrar nuevas soluciones y aportar una nueva visión del mundo. Este tipo de sabio destacaba más por su capacidad de intuición para enlazar aspectos sorprendentes de la realidad que por su capacidad de recordar las aportaciones que sabios anteriores habían sugerido. El ingenio, el entendimiento, la agudeza, pasaron a primer plano y la memoria fue quedando arrinconada como impulsora del conocimiento.
La división entre saberes de ciencias y saberes de letras se consolidó, y con ella, una idea, no por equivocada menos influyente, según la cual sólo en los saberes considerados como científicos cabía ejercer el razonamiento de una manera cabal y plena. En los saberes de letras se empezó a ver un tipo de conocimiento que, si bien no estaba privado de interés, no aportaba un saber que supusiera un progreso efectivo sino más bien una cultura de tipo ornamental, una vestidura que podía ser elegante pero que en el fondo no era sustantiva. Es cierto que los estudios de humanidades llevaban tras de sí un importante aparato científio-crítico pero la finalidad última de tal aparato no dejaba de ser instrumental al servicio de un fin que se consideraba secundario. El verdadero conocimiento era el científico.
Con esta evolución dispar de las dos ramas del conocimiento se produjo una valoración también dispar de la importancia que había que dar a la memoria y al entendimiento. La superior consideración que del conocimiento científico se tenía frente al saber humanístico se concretó en una más clara valoración de la inteligencia que se daba por descontado que poseían quienes se dedicaban a los saberes matemáticos o físicos frente a la simple memoria que se suponía que poseían quienes se dedicaban a los saberes humanísticos. Junto a esto vino otra consideración más basada en el carácter: dado que la memoria se podía ejercitar y la inteligencia por el contrario se suponía como un don del que el individuo disfrutaba , se produjo una solapada unión entre la memoria y la voluntad, que hizo que se pensara que las personas dotadas de gran memoria eran simplemente personas perseverantes en el aprendizaje ( voluntad de estudio).
De esta forma de ver las cosas se fue pasando de manera imperceptible a una idea equivocada, nefasta pero arraigada hasta nuestros días: ciertos conocimientos ( matemáticas, física ) hay que entenderlos y otros ( historia, filosofía ) hay simplemente que aprenderlos, entendiendo por aprender memorizar.
Gran parte de los estudiantes de hoy día han admitido este planteamiento como una verdad irrefutable. Basta observar el gesto físico con que muchos de ellos se enfrentan a un examen de historia o de filosofía: cierran los ojos para recordar frases. No se les ocurre abrir los ojos de la mente para relacionar hechos y descubrir causas. La mente de estas personas se fija más en la página que en la realidad a la que la página remite. La historia o la filosofía no es de este modo una sucesión de hechos significativos o planteamientos diversos de la realidad sino un número enfadoso de páginas que hay que recordar. Si el estudiante se limita a ver estos saberes desde este prisma, lo que está haciendo en realidad, aunque sea honesto, es copiar, entendiendo por tal acto no sólo trasladar a la hoja de examen un papel o documento furtivamente empleado con fines de engaño sino trasladar al papel de examen la imagen memorizada y en sí no significativa de una cuartilla, aunque dicha cuartilla esté grabada en el cerebro.
Si por memoria entendemos la anterior manera de enfrentarse a ciertos estudios, su desprestigio resulta merecido. Ese tipo de memoria es estéril casi desde sus inicios pues el contenido así aprendido permanece en la mente el tiempo mínimo imprescindible para dar cuenta de las preguntas a las que se ve sometido el estudiante, cayendo rápidamente en el olvido sin dejar ni siquiera ese poso que queda cuando se produce el olvido necesario de muchas de las cosas que a lo largo de la vida aprendemos.
La memoria no se debe despreciar en ningún tipo de estudio. Ciertos datos hay que aprenderlos y a partir de ellos hay que extender el razonamiento.
Un ejemplo se me ocurre que puede ilustrar la importancia de la memoria y es el del juego del ajedrez. Aunque nunca he jugado con competencia al mismo, sí que se me alcanza la importancia que en dicho juego tiene la inteligencia. Con todo y con eso, los movimientos de las piezas hay que aprenderlos y la única manera de hacerlo es que queden grabados en nuestra memoria. Sería absurdo que el jugador, cada vez que fuera a mover una pieza, tuviera que consultar un libro donde se le explicaran las reglas.
Un traductor de latín o de cualquier otra lengua, hablada o escrita, ha de saber actuar con inteligencia y con intuición. Con ser eso cierto, está claro que el traductor de una lengua como la latina ha de saberse de forma segura tanto las declinaciones como las conjugaciones, conocimientos que sólo en la memoria pueden permanecer.
La memoria es necesaria porque sin ella toda nuestra experiencia quedaría reducida a la impresión caótica de lo momentáneo. Nuestra propia identidad personal no podría existir de no ser por la conciencia que todos tenemos de ser los mismos a pesar del paso del tiempo y del cambio de circunstancias. Sin nuestra memoria no tendríamos conciencia de ser la persona que cada uno de nosotros es.
El ideal de un conocimiento sin memoria es una proyección equivocada que parte de la idea de ver a los seres humanos como meras máquinas deductivas de razonamiento. El razonamiento se ha de ejercer sobre algo, sobre lo que sabemos, para ir más allá de lo que sabemos, pero eso que sabemos ha de permanecer en nuestra mente y es la memoria quien tiene esa misión.
El desprestigio de la memoria viene dado por un mal uso de la misma. Una memoria meramente mecánica, incapaz de ir más allá de su propia capacidad de reproducir hechos y datos puede ser objeto de la admiración curiosa pero nunca lo será del verdadero aprecio que requiere toda actividad creativa.
La memoria, gobernada por la inteligencia, es una inestimable ayuda para no incurrir en errores que otros cometieron o no practicar soluciones que la experiencia muestra como fracasadas.
La memoria sin una intuición clara que la ponga al servicio del conocimiento es estéril. El razonamiento, sin una materia sobre la cual sepamos algo, es un ejercicio vacío y formal. La memoria y la inteligencia, por usar el lenguaje de la vieja psicología, son facultades que no pueden actuar de manera independiente una de otra.
Antiguamente se solía decir que la memoria era la inteligencia de los tontos. Sin duda esa expresión la profirió algún tonto que no tenía memoria.

Hay que hacer uso de la memoria con inteligencia y es preciso tener la inteligencia de saber servirse de la memoria.

jueves, 30 de enero de 2014

DON RICARDO.



A partir de 1970 y durante un tiempo, debido a unas obras que se realizaron en el Instituto San Isidro de Madrid, que lo convirtieron de hecho en un centro nuevo pero conservando la fachada y su precioso claustro, la sede del mismo se trasladó de su lugar habitual y clásico de la calle de Toledo al viejo hospital de San Carlos de la calle de Atocha.

Fachada del actual Instituto Nacional de la Administración Pública, sede provisional del Instituto San Isidro a comienzos de los años setenta.
Yo estuve en las dos sedes, en distintos periodos. Estuve en San Carlos durante el curso escolar 1970-71 y en la calle de Toledo, cursando el BUP y el COU entre los años 75 y 79.
Hay algo que en mi recuerdo expresa la continuidad de la institución: Mulas, el director casi perpetuo del instituto.
En el periodo de San Carlos al que me he referido antes se estaba planteando (nada nuevo bajo el sol ) una importante reforma educativa, la que ha pasado a la historia como “ley Palasí”. Esta ley suponía una transformación radical de los planes de estudios. Con ella vinieron las evaluaciones, las nuevas calificaciones (Muy deficiente, deficiente, suficiente, etc, etc ), las fichas (ficha 17 A, ficha 17 B ), los conjuntos, los subconjuntos, monemas y sintagmas, paradigmas y demás conceptos que, por supuesto la ley no se inventaba, pues eran de curso ordinario en los estudios superiores pero que hasta entonces apenas se habían enseñado en los niveles de enseñanza básica y media.
Desaparecía el ingreso de Bachillerato y en su lugar yo hice un curso que aun a día de hoy no se a qué corresponde. Sólo sé que era “cuarto”, pero sigo sin saber de qué “cuarto” se trataba. No era cuarto de primaria puesto que primaria sólo llegaba hasta tercero. Tampoco era cuarto de Básica pues la básica sólo se implantaría a partir del siguiente curso empezando por quinto. Sea de ello lo que fuere, en todo caso de ese Cuarto se encargaba un maestro a la antigua usanza: Don Ricardo.
Era Don Ricardo , tal como yo lo puedo recordar después de tantos años, un hombre calvo, elegante en su manera de vestir, siempre con sombrero que hacía ademán de quitarse para saludar a algún padre cuando se lo encontraba en la puerta del instituto. Don Ricardo era el tipo de maestro generalista que se encargaba de nosotros durante toda la jornada, mañana y tarde.
Tenía un método para la colocación de los alumnos en clase de acuerdo con el cual estos se sentaban por orden de méritos, tras una prueba inicial. Esos puestos se podían ganar o perder según uno respondiera de forma adecuada a las preguntas de la lección que sistemáticamente realizaba.
Don Ricardo impartía desde las matemáticas hasta las ciencias naturales pasando por la gramática, la historia y, por supuesto, la religión.
Nosotros estábamos muy preocupados por el punto de honor que podía suponer adelantar o atrasar un puesto. Recuerdo perfectamente a nuestro compañero número uno, puesto que mantuvo a lo largo de todo el curso. Su nombre era Rafael García Pérez y lo volví a encontrar en el segundo periodo, el del BUP, ya en la calle de Toledo. Del segundo recuerdo su nombre: Bartolomé. Mi vanidad infantil se vio más que satisfecha pues acabé en un honroso número tres. Tengo presente en mi memoria aún el enfado de un compañero, Gonzalo, el día en que tras un error suyo yo conseguí desplazarlo de ese tercer puesto del que hasta entonces había disfrutado.
Don Ricardo, aunque severo en su forma de actuar, si bien se hacía temer también se hacía querer. Nos contaba la historia probablemente como  a él se la habían contado, pero lo cierto es que no carecía de dotes narrativas. Su punto fuerte era la Reconquista y las hazañas de los cristianos, y nos narraba la batalla de las Navas de Tolosa con auténtica pasión.
Don Ricardo era extremeño, como tantos maestros por entonces. Las virtudes que tenía se convertían a veces en sus propios defectos y no era raro que su rectitud se transformara en obcecación. En una ocasión nos dictó un problema en el que, sin duda por error, se hablaba de que un señor compraba una cantidad de “litros de trigo”. Tuvimos que copiar el problema tal cual pues si en su libro ponía litros tenían que ser necesariamente litros.
Don Ricardo era bastante serio y cumplidor. Mantenía el orden de una manera natural y aunque a veces alzaba la voz, tales ocasiones eran raras. Algunos de sus métodos serían hoy inaplicables, empezando por la forma de sentarse de los alumnos. Si en algunos grupos se realizara tal sistema nos podríamos encontrar con una pugna por ocupar el último puesto que daría de lleno con el problema de la impenetrabilidad de la materia.
Perdí de vista a Don Ricardo en el curso siguiente pues debido a la reestructuración de los planes, los institutos no  se iban a hacer cargo de la enseñanza básica. Como les ocurre a todos los niños me parecía Don Ricardo un hombre muy mayor, aunque tenía 63 años.
No sé nada de las circunstancias personales de Don Ricardo pero me da la sensación de que debió de ser un hombre listo que vio en el magisterio una posibilidad de progresar y de tener un trabajo digno. Nos enseñaba lo que sabía y lo hacía de la mejor manera que sabía. De eso se trata, en el fondo.


miércoles, 22 de enero de 2014

UN RECUERDO PERSONAL DE CLAUDIO ABBADO.



Ha muerto Claudio Abbado. Uno de los directores más importantes y decisivos de los últimos cincuenta años ha desaparecido y con él algo muy importante de nosotros mismos también se ha ido para siempre.



No puedo añadir nada importante a lo que estos últimos días se ha dicho y comentado sobre su labor, su categoría artística y humana. Se han dicho cosas bien dichas al respecto.
De su labor profesional hay abundantes referencias realizadas por personas más expertas y con más conocimientos que yo.
Sólo puedo aportar un recuerdo personal. La última vez que en Madrid se presentó como director sinfónico al frente de la Orquesta del Festival de Lucerna, con la Novena Sinfonía de Mahler en el programa tuve la inmensa fortuna de poder acudir a ese concierto. Fiel a mi costumbre, llegué a las inmediaciones del Auditorio Nacional con bastante anticipación. Era un día otoñal agradable y estuve paseando un rato a la espera de que llegara la hora oportuna de entrar y ocupar mi localidad. Mientras caminaba por las inmediaciones de la puerta de artistas pude ver cómo Claudio Abbado se aproximaba. Caminaba solo y se dirigía hacia la puerta de entrada. No se me ocurrió ni por un momento importunarlo para pedirle un autógrafo ni para decirle nada en especial. El contento que yo sentía ante la presencia del maestro ( aunque a él no le agradaba tal denominación lo era, y de los grandes) se tradujo por mi parte en una sonrisa y leve inclinación de cabeza que le dirigí cuando pasaba junto a mí. El me correspondió con un amable saludo con la mano y esa sonrisa suya tan especial, entre tímida y adolescente, para mí mucho más valiosa que cualquier autógrafo que pudiera conservar de él. Al fin y al cabo, hablamos de música, que no es un objeto, que es un proceso vivo.
El concierto fue sobrecogedor en todos los sentidos. Pocas veces se habrá podido escuchar a una agrupación sinfónica numerosa, como corresponde a la música de Mahler, interpretar con tal sentido camerístico. Estábamos asistiendo al cumplimiento efectivo de ese ideal que Abbado tenía de ver a la gran orquesta como un quinteto de cuerda algo grande y reforzado. Hubo refinamiento y virtuosismo. Esplendor sonoro en los momentos en que se requería pero intimismo en aquellos pasajes que así lo demandaban. El Rondó-Burleske se ejecutó con un sentido de la escucha entre los intérpretes propio de las agrupaciones de cámara más excelsas.
La impresión que dejó el último movimiento no se puede describir. Nunca como entonces he podido asistir de una manera tan cabal al espectáculo de la construcción y plasmación del silencio como componente estructural de la música misma. Lograr a su vez ese silencio del público de Madrid, con tendencia habitual al aplauso rápido y desenfrenado fue como asistir a algo simplemente milagroso.
La frágil figura del maestro parecía convertirse por momentos en parte de la música misma, y su delgadez, reflejo evidente de su enfermedad, parecía más bien emblema de espiritualidad.
Tal es mi recuerdo de ese concierto.



miércoles, 15 de enero de 2014

¿ABDICACIÓN DEL REY ?

En el mundo democrático moderno estamos acostumbrados al cambio, a la alternancia en el ejercicio de los cargos. Esto afecta a todas las instituciones y en las repúblicas, ya sean presidencialistas o parlamentarias, a sus presidentes, como jefes del estado.
En los países democráticos con constitución monárquica, al ser esta hereditaria y ser ejercida sin limitación de tiempo, esta alternancia frecuente no se da en la cúspide de las magistraturas, pues el jefe del estado suele ejercer su cargo durante largos años, muchas veces hasta su muerte.
En Europa tenemos actualmente el ejemplo de la reina Isabel II de Inglaterra, que lo es desde 1952, cuando heredó el trono tras el fallecimiento de su padre el rey Jorge VI.
Un monarca entra por derecho propio en el tipo de autoridad que Max Weber denominó tradicional. Conforme la revolución liberal se fue consolidando en Europa a lo largo del siglo XIX, la figura del rey en los países europeos dotados de constitución monárquica ( en aquel momento la inmensa mayoría de ellos) fue paulatinamente combinando dicho tipo de autoridad con la que se conoce como de tipo legal-racional. El rey, de persona en la cual recaía la soberanía, pasó a ser institución constituída, obteniendo su legitimidad y atribuciones de lo dispuesto por la constitución vigente en cada país.
El proceso anterior no fue rápido ni mucho menos. Lo habitual consistió en que antes de plantearse una constitución tal como hoy la entendemos, como fruto de la soberanía nacional, se transitara durante un tiempo por un tipo de régimen de carta otorgada, como fue el caso de Francia con Luis XVIII, de España con el Estatuto Real de Martínez de la Rosa promulgado bajo la regencia de María Cristina o el del estatuto Albertino de la monarquía saboyana.
En el caso del Reino Unido, como es de sobra sabido, el proceso fue más fruto de la práctica que de un planteamiento teórico o doctrinario.
El tránsito de un tipo de monarquía absoluta a una monarquía de tipo parlamentario no se efectuó con la misma rapidez y eficacia en todos los países europeos. Gran Bretaña pasó de manera paulatina a partir de su revolución de 1688 a depositar la soberanía en el Parlamento y ya en el siglo XX a conceder cada vez más importancia a la Cámara de los Comunes en detrimento de la Cámara de los Lores.
El resultado final de toda esta evolución se ha concretado en el hecho de que el rey es el jefe del estado en aquellos países de constitución monárquica, pero sus competencias han quedado reducidas a las de un poder arbitral, no siempre bien definido. El rey, máximo magistrado de la nación, ejerce más la Auctoritas que la potestas. En el caso de Suecia y Japón el papel de símbolo es el único a que ha quedado restringida su función.
En la mayoría de países se considera que los actos del rey no están sometidos a responsabilidad y por tanto no tienen eficacia de no venir refrendados por la firma de alguien que se haga responsable, normalmente un ministro y en ocasiones el presidente del cuerpo legislativo.
Existen países donde es usual que el monarca, al cumplir cierta edad abdique y pase su cargo a ser ocupado por el heredero. Holanda es el país donde dicha tradición ha quedado establecida de una manera más sólida desde que en 1948 la reina Guillermina abdicara en su hija Juliana. No existe en ese país ninguna norma que como tal obligue a abdicar pero el precedente de Guillermina se ha considerado tradicionalmente como una buena práctica y el pueblo holandés está acostumbrado a ver el hecho de que una reina abandone el cargo en vida como algo normal y en modo alguno excepcional.
En Bélgica recientemente se ha producido la abdicación de su rey Alberto. Si bien en este país el hecho no resulta tan frecuente como en el de su vecino holandés tampoco es en absoluto nuevo, pues tras la Segunda Guerra Mundial el rey Leopoldo abdicó en su hijo Balduino, aunque es de notar que en este caso la abdicación tuvo un origen no exento de traumatismo pues al finalizar la ocupación alemana una parte significativa del pueblo belga no veía con agrado el regreso del rey Leopoldo por considerar que , en su calidad de comandante supremo del ejército se había rendido de forma precipitada a los alemanes colocando a sus aliados en una situación comprometida.

Eduardo VIII de Inglaterra.
En Gran Bretaña la abdicación no es esperada y es excepcional. La última vez que se produjo fue en el marco de una muy grave crisis institucional provocada por el deseo del rey Eduardo VIII de contraer matrimonio con una mujer divorciada. La oposición del entonces primer ministro Baldwin y de la mayor parte de la clase política de la época forzó al rey Eduardo a abdicar pasando el trono a su hermano Jorge VI en 1936.
La abdicación fue un hecho excepcional en el mundo clásico romano. En la época de los Césares no se concebía que alguien abandonara el poder y conservara la vida y por ello, en el Alto Imperio la pérdida de uno conllevaba la pérdida de la otra. Paradigmáticos al respecto son los casos de Calígula, Nerón, Domiciano o Cómodo. Diocleciano, ya en el Bajo Imperio, junto con su importante reestructuración sentó un precedente excepcional al decidir abdicar de su dignidad y pasar a vivir como un ciudadano particular. El caso muy conocido de Cincinato no puede aducirse por tratarse de una época, la republicana, en la que la dictadura tenía un carácter reglado de gobierno excepcional para situaciones de crisis.
En la Edad Media cuando se producían abdicaciones, lo usual es que estas tuvieran un carácter forzado.
El emperador Carlos V.
En la época moderna, en pleno Renacimiento, sí que tenemos uno de los ejemplos más comentados y citados de abandono del poder en vida. Se trata de la abdicación solemne del emperador Carlos V, realizada en Bruselas a favor de su hijo Felipe II. La abdicación se produjo en tres pasos: en el primero Carlos V dejó a su hijo las posesiones de los Países Bajos, en el segundo abdicó sus reinos españoles, Castilla y Aragón con todas sus posesiones. Un poco más tarde, y con más dificultad, dado el carácter no hereditario del título, transfirió a su hermano Fernando la dignidad de Sacro emperador del Imperio Romano germánico.
El hecho debió de impresionar con fuerza a los contemporáneos y ha quedado como paradigma de abandono voluntario del poder.
En la historia de España la abdicación ha sido un fenómeno muy poco frecuente. En el siglo XVIII el rey Felipe V abdicó en su hijo Luis I, pero este, tras ocho meses de reinado falleció y su padre volvió a ocupar el trono hasta su muerte. Se trata, por tanto, de una abdicación sin apenas consecuencias.
Hubo en España convulsiones y revueltas, como por ejemplo el llamado motín de Esquilache, pero estas revueltas se dirigían contra un ministro concreto, no contra la figura del rey, a la que normalmente se respetaba achacando el mal funcionamiento de las instituciones a la impericia del ministro pero nunca a la mala disposición del rey. En las revueltas de la época moderna era habitual escuchar el grito de viva el rey, muera el mal gobierno. El respeto que hacia la figura del rey se tenía se plasmaba en una mentalidad según la cual si los asuntos no marchaban de forma correcta era debido sin duda a que los consejeros del rey le engañaban y no le permitían poner remedio a los males. Tal mentalidad era de sobra conocida por los propios soberanos, que en estas ocasiones utilizaban a sus ministros a modo de fusibles, que, al saltar, les permitían permanecer en su domino absoluto.

Carlos IV.
Hay que esperar al siglo XIX, al año 1808 para que se produzca una abdicación en España de un rey en ejercicio con consecuencias de importancia. Se trata de la abdicación del rey Carlos IV en su hijo Fernando VII con motivo de los hechos que han pasado a conocerse en la historia como el motín de Aranjuez. Dicho movimiento, aparentemente espontáneo pero bastante dirigido desde la oscuridad por sectores aristocráticos opuestos a la política del favorito del rey, Manuel Godoy, arrastró en su caída al ministro y finalmente al rey, que se vio obligado a renunciar ante la fuerza. Carlos IV consideró siempre que la abdicación le había sido impuesta y el pleito dinástico que con ello se planteó entre padre e hijo fue hábilmente utilizado por Napoleón para obligar a ambos a cederle a él mismo los derechos a la corona, que a su vez transfirió a su hermano José. Gran parte del pueblo español no consideró válidas tales abdicaciones ante Napoleón y sostuvo los derechos de Fernando VII durante la Guerra de la Independencia. Acabada la guerra y vuelto Fernando VII al trono, la situación de inestabilidad institucional se mantuvo pero no se produjeron nuevas abdicaciones. La renuncia en 1840 a la regencia por parte de María Cristina no puede ser considerada como una abdicación, al tratarse de un cargo ejercido en nombre de su hija Isabel II dada la menor edad de la reina.
En 1868 una revolución obligó a la reina Isabel II a abandonar el país, pero sin renunciar a lo que consideraba su derecho al trono. La abdicación de Isabel II en su hijo Alfonso XII se produjo en el exilio, cuando tal hecho no tenía ninguna vigencia en el gobierno efectivo del país. En el periodo revolucionario que siguió se estableció una constitución de tipo democrático y monárquica, la de 1869, que, por primera vez, concedía el Sufragio Universal masculino. Hubo que elegir a un rey y tras muchas vicisitudes la elección recayó en el duque de Aosta, procedente del joven reino de Italia y que en España pasó a reinar como Amadeo I de Saboya. Hombre de buena voluntad, no encontró sin embargo los apoyos necesarios y tras dos años de reinado abdicó para sí y renunció para todos sus descendientes a los derechos del reino de España. Es la segunda abdicación con consecuencias de un rey en ejercicio en España.

Amadeo I de Saboya.
Tras la vuelta de la dinastía de Borbón al trono de España en la persona del rey Alfonso XII se estableció una constitución, la de 1876, de bastante estabilidad. La constitución de 1876 estuvo vigente durante el reinado de Alfonso XII, la regencia de María Cristina y el reinado personal de Alfonso XIII hasta que en 1923, con el pronunciamiento militar del general Primo de Rivera y la instauración de la Dictadura tal constitución perdiera vigencia. Dimitido el dictador en 1930 el rey Alfonso intentó volver a la normalidad pero sin éxito pues fuerzas políticas de gran empuje abogaban ya por la instauración de un régimen republicano.
Cuando en 1931 se produjo la caída de la Monarquía y la proclamación de la Segunda República el rey Alfonso XIII abandonó el país pero no abdicó y por tanto se consideró como depositario de los derechos dinásticos. La abdicación de Alfonso XIII en su hijo Juan se produjo en el exilio en 1941, poco antes de su muerte y por tanto, sin vigencia ninguna en el gobierno efectivo del país, tal como le ocurriera en su día a su abuela Isabel II.
Cuando tras la muerte de Franco, en 1975, se instauró de nuevo la Monarquía en España en la persona de Juan Carlos I, dicha instauración se realizó de acuerdo con las previsiones sucesorias establecidas por el propio régimen de Franco e ignorando por tanto el principio de legitimidad monárquica representado en la figura de Juan de Borbón, padre del nuevo rey. Sólo cuando en 1977 Juan de Borbón renunció a sus derechos dinásticos asumió el rey Juan Carlos al par que la legalidad de hecho con la que ejercía su magistratura la legitimidad histórica de la que a ojos de los monárquicos más acérrimos carecía hasta ese momento.

Juan Carlos como jefe de Estado en funciones durante la última enfermedad de Franco visita a las tropas del Sahara.
En los últimos tiempos se ha planteado con cierta insistencia la cuestión de si no sería ya el momento adecuado para que el rey Juan Carlos abdicara en su hijo Felipe. Hechos conocidos por todos han restado popularidad tanto a la institución monárquica en sí como al propio titular de la corona. Encuestas de opinión parecen mostrar de manera terca un cierto cansancio por parte de la ciudadanía hacia la ya larga presencia del rey Juan Carlos en el trono.
La situación de general crisis y apuro económico que sufre la mayor parte de la ciudadanía provoca que esta muestre una mayor severidad ante hechos y comportamientos hacia los que en otros momentos menos convulsos tendía a mostrar una mayor indulgencia cuando no cierta comprensión y complicidad.
El propio y evidente deterioro físico del rey contribuye a que el debate sobre la abdicación esté cada vez más presente y la imputación de su hija menor en un caso de corrupción ha supuesto un auténtico trauma para el ideal de discreción que una institución como la real suele representar.
El heredero, príncipe Felipe, aparece como una persona más preparada y más valorada que su padre en estos momentos.
A pesar de todo lo anterior, los indicios parecen mostrar una clara intención por parte del rey Juan Carlos de permanecer en el trono.
De acuerdo con la actual Constitución la decisión de abandonar la alta magistratura que ejerce sólo está en manos del propio rey y únicamente una incapacidad apreciada por las Cortes, caso que no parece que esté en el horizonte, podría apartarlo de la jefatura del Estado.
Por las propias características de la institución no es de esperar que el actual rey haga explícitos los motivos de su permanencia y, por tanto, sólo queda el ámbito de la elucubración para intentar dar cuenta de su deseo de permanencia.
Algunos hechos pueden estar detrás de tal deseo. Uno de ellos, sin duda, radica en la tensión territorial provocada por el aumento del sentimiento independentista de Cataluña. Dicho sentimiento, que en estos momentos tiene una clara fuerza política que lo respalda, atenta contra una de las razones de ser de la figura del rey, que, según la Constitución, representa la unidad y permanencia de la patria, principios que están en contra del sentimiento independentista de una parte significativa de la población de Cataluña.
El País Vasco también tiene en su seno fuerzas que no sienten un gran apego hacia la unidad de España. Ante tal panorama, complicado ciertamente, es posible que el rey considere que una abdicación sería peligrosa.
Otro factor que puede estar sosteniendo el deseo del rey de permanecer puede ser el de dar sensación de estabilidad a la institución. Tengamos en cuenta que, desde el fallecimiento del rey Alfonso XII en 1885, ningún rey ha muerto en España en el ejercicio de su cargo.
Sin duda, la sucesión en vida del rey volvería a plantear en España el debate, nunca cerrado de manera adecuada, acerca de la forma de gobierno, Monarquía o República. Tras la dictadura de Franco, en España nunca se realizó un referendum en el que la población se pudiera pronunciar de forma clara acerca de este punto, como sí se hizo en Italia en 1946, dando lugar a la República o en Grecia en 1974 tras la dictadura de los coroneles.
El constituyente de 1978 creyó zanjar la cuestión al someter la Constitución, en la cual se proclamaba la Monarquía como forma de gobierno, al voto popular, y en aquel momento histórico las fuerzas políticas mayoritarias aceptaron la Monarquía como un hecho positivo.
Las nuevas generaciones no tienen un sentimiento monárquico fuerte y se inclinan cada vez más por una preferencia hacia la forma republicana. El papel del rey en la transición ya no es valorado de la misma manera por personas para las cuales la transición no es un hecho vivo sino una lección de historia.
Las anteriores puede que sean causas que expliquen la decisión del rey Juan Carlos de no abdicar pero con todo, por ley natural, algún día tendrá que producirse la sucesión y estos problemas que ahora se quieren soslayar volverán a aparecer con fuerza.
En la primera parte del reinado del rey Juan Carlos, gran parte de su éxito y predicamento se debió a su carisma personal, hecho excepcional en una monarquía , en que se aunaban los tres tipos de autoridad del ya mencionado Max Weber: la tradicional, la legal-racional y la carismática.
El atractivo carismático es personal y no tiene por qué ser permanente. El carisma de Juan Carlos ha ido disminuyendo conforme nuevos valores se han ido imponiendo en la sociedad española.
En una monarquía consolidada y firmemente establecida la sustitución del titular, ya sea por abdicación o por fallecimiento, debe ser algo natural. En la medida en que en una monarquía se piense que es más importante su titular que la institución como tal se puede afirmar que la institución no está consolidada.


martes, 31 de diciembre de 2013

BIOGRAFÍA Y CONCIENCIA TEMPORAL.

Cuando Jean y Brigitte Massin comentaban los últimos años de Beethoven, en torno al año 1824, reparaban en un defecto muy extendido en todo tipo de biografías, cual es el de considerar las posturas, gestos y obras de los últimos años como si de un testamento se tratara, adjudicando al personaje biografiado un conocimiento de estar viviendo sus últimos años que nosotros tenemos, pero el biografiado no podía tener.
“ Cuando leemos una biografía de Beethoven nos duele a veces tener que rebatir una impresión equivocada: la de que Beethoven, al día siguiente de la ejecución de su Novena sinfonía, es una especie de muerto por decreto. Y los últimos Cuartetos aparecen entonces como las meditaciones casi ectoplásmicas en las que se libera el Pater Dolorosus, cada vez más demacrado y espiritual, al borde de su tumba ya próxima.
Nada revela por ahora la realidad. Beethoven tiene claramente conciencia de abordar una nueva etapa de su creación después de esta celebración a la Alegría ,con la que soñaba desde hace treinta años y que corona un ciclo de su obra; pero está lleno de proyectos. Antes de tres años habrá muerto, es verdad, pero él no lo sabe. En plena vitalidad, este hombre de cincuenta y tres años contempla un largo porvenir.”
Esta aguda observación de los Massin nos lleva a darnos cuenta de que en toda biografía  se produce un desdoblamiento que, de no ser conscientes de ello, nos puede llevar a error. El desdoblamiento de una biografía no deja de ser en un primer momento un caso particular del esquema básico de sujeto-objeto, siendo en este particular el sujeto estudiado el objeto de estudio.
Sujeto-objeto. Aquí tenemos la grandeza y a su vez la debilidad de ese terreno que solemos denominar como “ciencias humanas”. El protagonista de la biografía es un ser humano, un sujeto. El autor de la biografía convierte a ese sujeto en objeto de estudio, un objeto del que intenta averiguar el mayor número de datos posible, teniendo como ideal la objetividad. Si bien se publican en ocasiones biografías de personas aún vivas, tales escritos no pueden evitar el dejarnos una sensación de algo todavía provisional, incompleto. La trayectoria vital se parece curiosamente al transcurso de una obra musical: mientras la escuchamos la pieza está necesariamente incompleta pero cuando hemos realizado la audición completa, lo que ya no existe es la pieza. Su única manera de existir es como realidad en proceso.
Una biografía cabal sólo tiene sentido cuando el protagonista ya ha completado su ciclo vital.
El estudioso sabe por necesidad cosas de las que el propio protagonista no es consciente, entre las cuales cabe citar la transcendencia que la propia obra del protagonista tendrá en la posteridad. También el estudioso sabe la fecha de la muerte del protagonista. Es un error a veces difícil de evitar el proyectar en la conciencia del protagonista intenciones que no podían estar en su mente.
Aquí es donde cabe situar la tendencia a ver las últimas obras de Beethoven como un testamento, un legado que él está dejando de manera consciente a la posteridad.
El accidente necesario que toda muerte es se transforma a veces en un hecho del que parece que el protagonista tuviera como un presentimiento y sus últimos años se tiñen de un carácter de despedida que no se da casi nunca en la vida real, pues lo normal es que, aunque enferma, toda persona viva a la espera del instante siguiente.
Un biógrafo, como estudioso que es, intenta siempre dejar una imagen lo más definitiva posible de la personalidad que está investigando. Cuanto más contundente y completa sea la imagen, más creerá haber logrado el objetivo que persigue. La vida concreta de cualquier hombre y mujer está llena de contingencias, hechos imprevistos, giros sorprendentes e incoherencias. La incoherencia forma parte de la vida pero no suele ser aceptada con facilidad por el estudioso, persona siempre deseosa de la exactitud y la coherencia. Como quiera que, como afirmaba Sartre, el pasado es un fatalismo al revés, los hechos pasados se nos aparecen como algo que necesariamente es tal como se nos muestra, y esta inmutabilidad del pasado, esta fijeza que ningún poder puede alterar provoca la tentación de pensar que no sólo las cosas ocurrieron como nosotros ya sabemos sino que la manera en que ocurrieron es la única posible. La vicisitud vital, llena de imprevistos, es narrada como un despliegue necesario de potencialidades que desde el primer momento estaban ya contenidas virtualmente en el sujeto estudiado, de tal modo que lo imprevisto de la trayectoria biográfica queda suplantado por la previsibilidad casi biológica de un desarrollo embrionario.
La muerte del protagonista de la historia, que sólo conocemos con exactitud los lectores, suele ser plasmada como algo ya barruntado por el protagonista de la biografía, y los años que ocupan el final de su vida se ven tratados como si ese protagonista tuviera cabal conciencia de estar al final de su trayectoria.
Jean y Brigitte Massin tienen en su enorme obra dedicada a Beethoven el talento de plasmar, en la medida en que los datos lo permiten, el día a día de su transcurrir, sus conversaciones, sus preocupaciones diarias, no siempre de carácter artístico. Para ello, el método que sabiamente utilizan consiste en dejar hablar a Beethoven y a sus amistades, conocidos y demás personas que con él tuvieron relación.
Cuando Beethoven falleció, en 1827, era un hombre todavía joven. Tenía proyectos que, de haber podido ser traídos a la realidad, nos habrían proporcionado sin duda obras maestras que ya quedarán para siempre en el mundo de los posibles.
La coherencia que desde el exterior proyectamos en una vida ya acabada nos lleva a ver tal vida no como acabada sino como completa, evitándonos de ese modo la impresión de frustración que debería producir el saber que en esa vida, truncada y no completa aún, había unas posibilidades de desarrollo de las que ya estaremos privados para siempre.
El miedo a la contingencia nos traiciona la verdadera exposición de las vidas ajenas y nos da en su lugar una imagen más completa, más perfecta pero en el fondo más falsa.
El final suele proyectarse sobre todo lo anterior de manera que los sucesos de la vida en lugar de ser valorados por sí mismos, se valoran en función del momento posterior, ya como anticipaciones, ya como desviaciones de ese momento que, de simple final, se convierte en finalidad. Un erróneo enfoque teleológico cubre todos los momentos de la trayectoria vital del protagonista, adulterándose de ese modo la vida real del mismo. El resultado no puede ser otro que el de transmitirnos, en vez de una vida vivida, una vida pensada.
Un enfoque más atenido a las cosas mismas, más fenomenológico como el que los Massin nos brindan , nos permite asistir a una biografía quizá sin la perfección arquitectónica de tantos estudios pero con más autenticidad vital.
La vida que de Beethoven nos transmite este libro no nos da un Beethoven como monumento, nos da un Beethoven como hombre, con sus grandezas, también con sus mezquindades, como no puede ser de otro modo tratándose de la vida de un hombre, no de un dios.
Lejos de disminuir a Beethoven, más bien lo agranda, pues es el hombre de carne y hueso el que puede ser alabado por sus logros y no así un ser perfecto, condenado por su perfección a no tener el menor mérito en la superación de las adversidades que toda vida concreta presenta.
Sabido es que, ni siquiera la omnipotencia divina tiene poder para decretar que lo que ha pasado no haya sucedido nunca. Esa inmutabilidad pétrea es propia del pasado pero no lo es de la vida real que en cada momento protagonizamos. Tratar una vida real ya acabada proyectando sobre la misma la férrea necesidad que lo ya sucedido presenta es traicionar tal vida en lo que de más auténtico tiene, que es su libertad e imprevisibilidad.
Proyectar esa necesidad sobre la mente del protagonista es traicionar tal vida doblemente, pues atribuimos a la mente de la persona estudiada preocupaciones e inquietudes que están en nosotros, pero que nunca pudieron estar en él mismo, pues nadie se vive a sí mismo como el protagonista de una biografía.
Aunque al trazar una biografía necesariamente hay que ocuparse del pasado, habría que intentar dibujar ese pasado de tal manera que se nos ofreciera no ya como tal, y por tanto, necesario e inmutable, sino como presente vivo y por tanto imprevisible y contingente.
Tal es el principal mérito que la biografía de los Massin nos proporciona.
La necesidad  inmutable del pasado ya concluído no debe proyectarse sobre el presente, borrando la libertad y falta de necesidad interna del mismo.







domingo, 1 de diciembre de 2013

LÓGICA PARLAMENTARIA Y LÓGICA ACADÉMICA.

Voy a reflexionar acerca de las diferencias que cabe establecer entre una discusión académica y una discusión parlamentaria.
La exposición adquiere, por la propia lógica de los hechos, un carácter dicotómico que solo puede ser entendido si admitimos la vigencia de los llamados por Max Weber tipos ideales. Es evidente que en la realidad cotidiana los hechos nunca se presentan con la claridad característica con que toda explicación debe intentar plasmarlos.
Toda discusión parlamentaria produce siempre una sensación ambivalente a quienes la presencian.
El debate entre personas es algo característico. El mismo puede tener distintas finalidades: la cooperación para un fin beneficioso para la especie, o para un grupo de individuos ( una conjura ). No obstante, en la realidad práctica, donde prima la urgencia, el debate suele estar limitado y lo que se impone es la sumisión hacia alguien que ejerce el mando.
La discusión y el debate se suelen dar más en el ámbito de la ciencia y del conocimiento. Mediante el mismo se abren nuevos caminos y se descubren nuevas verdades.
La discusión y el debate también son característicos de toda asamblea  política y en especial de las asambleas legislativas. No obstante, la lógica que preside un debate académico y uno político difiere en importantes aspectos.
En una discusión parlamentaria se dirimen intereses. En una discusión académica se trata de avanzar hacia la verdad.
Lo propio de la democracia, en contra de lo que se suele suponer, no es ni la elección ni la votación, es la deliberación.
La deliberación también es propia de una discusión académica.
Una votación es siempre una concesión que la racionalidad ha de hacer a la contingencia de las circunstancias. Una votación cierra una discusión con un resultado obtenido por la regla de la mayoría. El resultado expresa en cada momento una correlación de fuerzas. No expresa la verdad ni lo puede hacer.
Una discusión académica puede llegar a resultados, pero en tal tipo de discusión es más frecuente el intento de obtener un consenso que el recurso a zanjar la discusión mediante una votación.
La elaboración de una ley por el procedimiento de la regla de las mayorías encierra en sí una fuerza de tipo estadístico. Su legitimidad viene dada por la corrección formal con que ha sido establecida.
Una votación es siempre un fracaso de la racionalidad, si bien se trata de un fracaso necesario y constitutivo. Es imposible un proceso de deliberación llevado al infinito. La votación es el nudo gordiano que hace posible y fértil la labor de un parlamento como órgano legislativo. Un parlamento que debatiera sin límite y nunca zanjara la discusión mediante votación sería estéril en lo más propio de su labor, pues su finalidad intrínseca es la elaboración de la ley.
La discusión académica tiene otras miras. En este ámbito de lo que se trata es de encontrar, descubrir una nueva verdad, no de fabricar ni crear nada.
La ley se crea, se produce, se elabora. La verdad se descubre. La discusión en este ámbito académico no se interrumpe nunca. El diálogo se prolonga a través de los siglos, en una aproximación asintótica a una verdad siempre supuesta pero nunca encontrada. La suposición de verdad mueve sin ser conocida, es un presupuesto de la racionalidad, previo a toda discusión y que se da por admitido de manera implícita desde el momento en que dos o más personas se ponen a debatir y discutir sobre cualquier asunto.
La ley elaborada en un parlamento rige comportamientos de personas e instituciones y lo hace de acuerdo con ciertos intereses, en el que podríamos llamar contexto de descubrimiento. En el contexto de justificación toda ley gusta de presentarse como expresión del interés general. Aquí es donde aparece el aspecto de ficción que toda discusión parlamentaria tiene.
El aspecto de ficción de la discusión parlamentaria deriva de la dialéctica entre partido ( interés, parcialidad ) y voluntad general. La discusión se establece entre partidos que, de suyo, expresan un interés parcial, pero se dramatiza como discusión entre individuos que tratan de encontrar la verdad a través de tal discusión. Cuando el resultado, tras votación, se convierte en ley, es representado como el fruto de una libre discusión en la que la fuerza del mejor argumento se ha impuesto y ha hecho con ello posible sacar a luz una ley racionalmente fundamentada.
Se reproduce en este caso, a un nivel pragmático, la exigencia de universalidad que de manera clásica exigió Kant de la máxima para que pudiera ser considerada como ley universal.
La parcialidad no puede atreverse a presentarse como tal si quiere mostrarse como ley de cumplimiento obligatorio, pues un interés parcial exigido aparece marcado de manera demasiado evidente con un carácter de fuerza que le resta legitimidad como ley. La universalidad es su enmascaramiento, y para que tal resulte eficaz es necesario que la discusión parlamentaria adopte la forma de discusión académica. De esta manera, la ley no sólo se considerará como consecuencia de la imposición de la mayoría sino como corolario necesario de la discusión entre personas que buscan el bien común. Un bien ostensiblemente parcial pierde eficacia. Un bien presentado como común se reviste de un halo de sacralidad que lo dota de mayor virtualidad.
El carácter de representación del debate parlamentario resulta mucho más claro conforme la propia práctica parlamentaria va siendo dominada por la organización partidista. En un parlamento de notables, como el que predominó en el siglo XIX, la fuerte personalidad de los individuos que participaban en la discusión dotaba a esta de una verosimilitud que facilitaba la función de enmascaramiento del debate en orden a ocultar los intereses particulares que se dirimían.
En una asamblea de tipo corporativo, como las que se establecieron en Italia, Portugal y España en el siglo XX, la estructura orgánica de tal representación muestra de manera clara y sin confusión la concepción no igualitaria de la sociedad y su carácter jerárquico.
En un parlamento sometido a la organización de partidos políticos cada vez más estructurados, el aspecto de representación de una discusión resulta cada vez más descuidado.
Uno de los elementos más importantes de los parlamentos modernos es la prohibición que casi todas las constituciones plasman de que los parlamentarios estén sometidos a mandato imperativo alguno. La prohibición del mandato imperativo constituye el elemento formal que permite mantener la ficción de un parlamento como una agrupación de hombres libres que mediante la deliberación, y sin ninguna imposición exterior, tratan de llegar a la mejor solución mediante el uso de los mejores argumentos. La prohibición del mandato imperativo se mantiene de manera formal, pero de manera material se ve conculcada con la práctica de la llamada disciplina de voto. El parlamentario, de acuerdo con esta, votará lo que le ordene su jefe de grupo, por tanto, no se comportará como personalidad independiente que vota en función de la convicción del mejor argumento, sino como miembro de partido que obedece unas directrices. El militante sustituye al parlamentario en la práctica cotidiana. El debate en sí, es una ficción, pues el resultado se puede calcular atendiendo al número de votos de que cada grupo disponga. El interés del debate es nulo, pues no se da ninguna interacción comunicativa entre los que participan en el mismo. El gesto y, cada vez más, los malos modos, se imponen sobre una argumentación que se torna innecesaria. El ruido quiere mantener una atención que de forma natural ya no se sostiene. Las decisiones están tomadas en otro lugar y la cámara se transforma en un simple registro. El órgano de la soberanía se va convirtiendo en tan decorativo como lo empezaron a ser en su momento los monarcas constitucionales.
Toda ficción, en el terreno de la organización política, es un reconocimiento de la superioridad de aquello que se quiere hacer aparecer como existente y por tanto, encierra en sí misma un doble carácter:
Ø     De engaño, o enmascaramiento.
Ø     De ideal que se debe perseguir.
El primer aspecto es el carácter ideológico (en su sentido de conciencia falsa, engañosa y no en su sentido propositivo ) que la ficción presenta. Se quiere intentar que una determinada realidad aparezca dotada de unas características que no tiene, pero en ese engaño va ya implícito el reconocimiento de la superioridad que la realidad aparentada tendría, caso de ser existente, sobre la realidad actual y efectiva.
El segundo aspecto va unido al primero. Toda plasmación no lograda, como por ejemplo, un debate de ideas, sigue siendo un ideal que orienta lo que debiera ser toda discusión.
Bajo la ficción de una asamblea de hombres libres que, mediante el uso de su razón y orientados por el bien común tratan de descubrir cual debiera ser la mejor opción subyace una implícita creencia de que existe un orden ideal que debe ser plasmado, y antes de ello, encontrado, descubierto y no inventado.
No es tan fácil como parece establecer una diferencia radical entre convención y naturaleza tal como parece que los primeros sofistas trataron de establecer.
Tampoco parece fácil establecer un corte radical entre las posiciones positivistas y las de derecho natural. La pretensión de todo derecho positivo es la de aparecer como algo que se desprende de manera radical de la razón. Admitir la fuerza de la ley en su simple positividad, libre de cualquier otro valor, resulta demasiado expuesto para la propia ley, pues en su desnuda parcialidad resulta demasiado evidente su carácter de hecho, de fuerza, sin que resulte bastante a superar dicho carácter el incidir en la corrección formal con la que ha sido establecida.
La igualdad formal que caracteriza a las modernas sociedades oculta en su seno la desigualdad material que las constituye. Nuestra forma de argumentar está más acostumbrada a captar y pensar las representaciones formales que las realidades materiales y de ahí que resulte fácil el engaño acerca de las instituciones que reflejan una determinada sociedad.