Lo
malo de entender la patria como si de un equipo de fútbol se tratara es que en
vez de ciudadanos se crean forofos.
lunes, 30 de diciembre de 2019
viernes, 1 de noviembre de 2019
LA FIESTA DE LA CALABAZA.
Hoy
es la fiesta de la calabaza. Costumbre no muy antigua que, aunque de origen
celta, ha llegado a nosotros por influencia de los norteamericanos de USA.
Recuerdo
de pequeño haber leído por esas fechas la inquietante Leyenda del monte de las ánimas de Bécquer, mejor escritor de lo que a veces se suele pensar. También
era costumbre representar el Don Juan
de Zorrilla, obra despreciada por su propio autor pero de indudable impacto
popular durante muchos años.
Ahora
todo esto es historia. La calabaza se ha impuesto sin discusión posible.
También se impuso la costumbre de que los mozalbetes arrojaran huevos al paso
de los autobuses, lo que provocaba un
placer difícil de describir al parecer.
Cada
cual se divierte como puede y sabe pero en lo que a mí respecta no puedo evitar
sentir fastidio por una moda que nunca me agradó.
En
fin, diviértase todo el mundo, pero si mi opinión vale algo, aunque creo que
no, se podrían meter la calabaza por el culo, si de tener experiencias al
límite se trata.
Vale.
sábado, 5 de octubre de 2019
MI VIEJO "DOS CABALLOS".
No
pude resistir la tentación, cuando esta mañana vi en el quiosco una
reproducción en pequeñito del modelo Citroen 2 CV, el clásico "dos
caballos", de llevármelo a mi casa.
El
"dos caballos" fue mi primer coche. Con él aprendí a conducir hace ya
casi cuarenta años. Durante nueve años fue vehículo de mis excursiones, no muy
alejadas de mi casa, en verdad, pues el coche se demostró apto para circular
por Madrid, alrededores y como máxima concesión a la aventura, provincias
limítrofes como Segovia o Toledo. Tenía el "dos caballos" la virtud
de educar a su conductor en la paciencia, dado que los adelantamientos se
hacían difíciles. Sólo ante camiones ya viejos me decidía por una maniobra peligrosa
en cualquier vehículo y más en uno en el que era difícil lograr una aceleración
rápida. Eso sí, por llano, el "dos caballos" se deslizaba con suave
elegancia.
El
indicador de velocidad marcaba un máximo de 160, pero esa cifra más recordaba a
las fantasiosas indicaciones de los diales de las viejas radios, que prometían
poder escuchar Berlín, París o Moscú, cuando lo único que se oía era la radio
local, que a la realidad. Cuando mi coche alcanzaba los noventa kilómetros por
hora, toda su estructura interior vibraba al punto que parecía que la
carrocería iba a descomponerse de un momento a otro.
El
interior era peculiar. Las marchas estaban situadas al frente y eran totalmente
distintas al tradicional sistema en "hache" de la mayoría de coches
de entonces, con cuatro marchas.
El
asiento trasero era una especie de sofá corrido con una barra en el centro.
Cuando iban tres personas atrás, si la que se sentaba encima de la barra era un
varón, sufría invariablemente las toscas bromas de la época acerca de su grado
de satisfacción al ocupar dicho asiento.
En
sus últimos años mi "dos caballos" fue perdiendo unas facultades que
nunca fueron portentosas. Momento hubo en que para arrancarlo tenía primero que
empujarlo desde fuera en cuesta para luego subirme a él, tal como se hacía en
las motocicletas de carreras en tiempos del gran Ángel Nieto.
Cuando
en el año 1988 la oposición aprobada me permitió ingresar en el cuerpo de
profesores, tuve la perspectiva de unos ingresos seguros que me hicieron pensar
en la conveniencia de comprar un nuevo vehículo. El empuje definitivo para
decidirme por la compra vino dado cuando un día, al dirigirme al instituto
Felipe II donde daba clase fui a tirar del freno de mano y este, haciendo honor
a su nombre, se despegó de su lugar de asentamiento y quedó en mi mano.
Mi
nuevo vehículo, un Seat Ibiza, me pareció complejísimo, casi una nave espacial,
en comparación con el sobrio cuadro de mi viejo "dos caballos".
El
día en que acudí al concesionario para recibir mi flamante Seat no pude evitar
una sensación amarga cuando por el retrovisor veía mi viejo coche, del que el
concesionario se hacía cargo, probablemente para su desguace. Una cierta
sensación de que dejaba abandonado a unos extraños a mi viejo compañero me
acompañó mientras conducía un coche objetivamente mejor pero del que podía sentir admiración pero no cariño.
lunes, 12 de agosto de 2019
¿DOS CRISIS MINISTERIALES?
Lo
más significativo de los momentos verdaderamente históricos consiste en que
quienes los viven realmente no saben la trascendencia de lo que está
aconteciendo. Es el famoso "sindrome de Fabrizio", llamado así por el
protagonista de la Cartuja de Parma, que, presente en la batalla de Waterloo,
no asiste a un cuadro épico sino a una incongruente sucesión de escenas ante un
campo de berzas, apenas combate y cuando por fin pasa el emperador, no advierte
su presencia confundiéndolo con un militar cualquiera.
En
los momentos históricos, "aquel momento" todavía no era aquel momento
que la historiografía fijará con los vívidos colores de un cuadro épico.
Estas
consideraciones tienen que ver con esta página del diario La Vanguardia, en la
que el corresponsal ante la Sociedad de Naciones en Ginebra da información
acerca de la solución de dos crisis gubernamentales en dos países europeos en
enero de 1933: la Francia de la Tercera República y la Alemania de la República
de Weimar. El corresponsal informa con honestidad y sobriedad acerca del
nombramiento de dos jefes de gobierno: el francés Édouard Daladier y el muy
reciente ciudadano alemán Adolf Hitler, concediendo la misma importancia a
ambos acontecimientos, lo cual se ve reflejado incluso físicamente en la
disposición de los titulares del diario. Francia y Alemania son dos potencias
de similar importancia y sus vicisitudes políticas deben ser atendidas con la
misma diligencia. Es más, en ese momento concreto, Francia, aunque en crisis,
es una potencia vencedora de la Gran Guerra, mientras que la joven república
alemana se siente humillada por la derrota y por las disposiciones del Tratado
de Versalles.
¿No
era sagaz el corresponsal al no advertir que no se trataba de dos crisis
políticas equiparables? Nosotros ya sabemos el final de la historia pero el
redactor la está viviendo y no hay nada en ese momento que le permita adivinar
la tragedia que está a punto de desencadenarse. Que Hitler es un demagogo
peligroso, el corresponsal lo sabe, pero razona con la esperanza de que una
cosa sean las bravatas del agitador que persigue el poder y otra su actuación
una vez instalado en el mismo.
En
apenas un mes, los comunistas serían encarcelados, los socialistas y
conservadores hostigados, empezaría a hacerse la vida difícil a los judíos. En
seis meses, quedarían proscritos todos los partidos políticos excepto el nazi,
así como las organizaciones sindicales. En un año, tras la muerte del anciano
presidente Hindenburg, Hitler acapararía todo el poder. El resto es historia
terrible y conocida que tendría su final en Berlín en abril de 1945 con un
escenario wagneriano de Ocaso de los
dioses.
El
redactor no se equivoca. Vive. Nadie es capaz de saltar por encima de sus
propios condicionamientos temporales.
Hoy
sabemos de la distinta importancia histórica de Daladier y de Hitler, pero en
el momento de la redacción de la noticia Daladier era ya un político
consolidado mientras que Hitler aparecía como un aventurero de futuro quizá
incierto, pero nadie habría podido prever las dimensiones bíblicas de la
tragedia por la que empezaba a deslizarse la civilización.
La
historia acontecida adquiere un aspecto pétreo de necesidad. Por ello nos
volcamos sobre ella con nuestro arsenal analítico de causas y consecuencias.
Sabido es que ni siquiera la omnipotencia divina podría hacer que lo ya
sucedido no haya acontecido. Sin embargo, esa contundencia determinista de lo
ya acaecido nos oculta la contingencia de lo que aún está sucediendo. La
historia sabemos cómo fue, pero podría haber sucedido de otra manera. Sólo lo
ya pasado es como es de forma necesaria pero ha llegado a ello de manera
contingente. El ascenso de Hitler fue todo menos inevitable. Muchos errores de
cálculo se cometieron para que un hombre así pudiera durante doce años marcar
el destino de la humanidad.
Las
crónicas periodísticas puede que no tengan el empaque académico que aportan los
historiadores tras investigar lo ya sucedido pero aportan por el contrario un
elemento de indeterminación e incertidumbre que no siempre se da entre los historiadores.
El periodista ha de dar cuenta de unos acontecimientos que en ese preciso
instante están sucediendo. No puede, por tanto, hacer deducciones precisas, si
acaso conjeturas más o menos fundadas. Esa imprecisión, que desde la
perspectiva académica puede ser calificada como un defecto, desde una
perspectiva más vital quizá nos aproxime mejor a la verdadera vivencia de unos
acontecimientos que no están fijados, no están escritos.
En
ocasiones, el relato histórico más concienzudo no es capaz de captar ese
elemento de indeterminación. Ello se refleja incluso en el distinto estilo de
las prosas del periodismo y de la historiografía. Los historiadores tienden a
abusar del recurso del futuro para hablar del pasado, en expresiones del tipo
"ello es lo que causará en última instancia....". Ese empleo del
futuro para referirse al pasado envuelve a este pasado de un determinismo que
no acierta a captar la esencial incertidumbre de toda acción humana.
A
nosotros, que ya sabemos el discurrir de la historia, nos sobrecoge la simetría
analítica y geométrica de esta página de La Vanguardia de enero de 1933.
sábado, 10 de agosto de 2019
DE MESAS Y CONSTITUCIONES.
En
el mes de diciembre del 2018 comenté cómo mi mesa de trabajo tenía los mismos
años que la Constitución. Fue un regalo de mi abuela materna con motivo de mis
18 años. El gobierno de Adolfo Suárez declaró la mayoría de edad a los 18 en
vez de los 21 hasta entonces vigentes, de tal manera que fui de los primeros en
gozar de la mayoría de edad a esa edad.
Recuerdo
que comenté en 2018 que al igual que mi mesa, la Constitución había ido
envejeciendo y por tanto necesitaba algunos retoques.
No
puedo ir mucho más allá en lo que se refiere a las vidas paralelas de la Constitución y de mi mesa. Ni soy Plutarco ni
soy Alan Bullock pero debo con todo señalar algo de lo sucedido con mi mesa por
si pudiera interesar a algún experto constitucional.
El
hecho es que hará unos 15 días mi mesa, que aunque desvencijada, había
resistido más o menos los embates del tiempo de repente....PATAPAM, cayó
totalmente derruida y quedó tan arrasada como Cartago a manos de Escipión.
Tendría que haberla cambiado hace un tiempo pero no lo hice y al final me quedé
sin mesa. Ahora tengo una nueva, más pequeña y coqueta con la que estoy satisfecho.
En
fin, que es mejor cambiar las cosas a su debido tiempo que esperar a que se nos
caigan encima.
Con
todo, temo que no haya políticos capaces de poner las luces largas. Ellos
sabrán.
sábado, 6 de julio de 2019
EL CONTEXTO.
Ahora
al decir burradas lo llaman "se han sacado mis palabras de contexto".
Probablemente
más de uno de los que eso afirman no sepa lo que es un contexto aunque sólo sea
porque quizá no sepa tampoco lo que es un texto y lo más complejo que haya sido
capaz de leer sean las palabras escritas en una bolsa de patatas Matutano.
martes, 2 de julio de 2019
ADOCTRINAMIENTO EN LAS AULAS.
¡Qué
obsesión tienen algunos y alguna con el temor a que en las escuelas e
institutos los profesores se dediquen a adoctrinar a sus hijos!.
Tales
miedos carecen de fundamento. Bastante tienen los profesores con intentar
impartir sus materias sin que haya muchos accidentes.
Desconocen
quienes no han ido más allá de lo que se podía aprender en un monasterio
medieval un hecho que por sí solo sería bastante para disipar sus recelos: los
profesores no podríamos adoctrinar aunque nos lo propusiéramos por la sencilla
razón de que los alumnos no nos hacen ni puto caso.
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