sábado, 21 de mayo de 2022

DISCURSO DE GRADUACIÓN DE BACHILLERATO 2022.

 

Una vez más, prosiguiendo una costumbre desde hace bastantes años establecida y sólo interrumpida en el año 2020 debido a la pandemia, nos reunimos para festejar la graduación de los alumnos de Segundo de Bachillerato. En esta ocasión nos volvemos a encontrar en este escenario del auditorio Joan Manuel Serrat del que nos despedimos en mayo de 2019 sin saber que íbamos a estar ausentes tres años. Es para mí un gran honor poder participar de esta celebración, y más si cabe dada mi situación como profesor ya retirado desde hace más de un año de mis labores docentes. El hecho de que a pesar de ello se siga contando conmigo para esta celebración me ilusiona por lo que ello supone de afecto a mi persona.

Hoy despedimos vuestro Bachillerato pero además concluye una etapa más larga para la mayoría de vosotros de seis años de estancia entre las paredes del instituto. No todos habéis cursado estos años en el centro pero sea la que sea vuestra procedencia, en él todos habéis sido acogidos.  Allá por septiembre de 2016, siendo todavía unos niños, la mayoría os incorporasteis a este nuestro centro.

Recuerdo todavía a algunos de vosotros en el curso de primero de la ESO, vuestras voces aún infantiles, vuestra energía, en ocasiones difícil de encauzar, vuestra forma de participar y debatir, sin duda desordenada pero llena de vitalidad.  A otros os conocí en cursos posteriores de la Eso, a algunos nada más que en el breve tiempo en el que en el curso pasado me ocupé del primero de Bachillerato. Por último están los que nunca fueron mis alumnos, éstos  sin duda, los más afortunados de todos.

Muchas habrán sido vuestras experiencias a lo largo de estos años. De lo que no cabe dudar es de que no han sido años fáciles, no ya por la dificultad que todo estudio ofrece, sino por las muy extremas situaciones por las que todos, y vosotros especialmente, habéis tenido que pasar.

Erais aún muy niños cuando allá por el año 2008 una crisis financiera internacional dañó las economías de la mayoría de países de nuestro entorno. Aún cuando no tuvierais edad para preocuparos de cuestiones financieras o económicas la angustia puede que estuviera presente en alguno de vuestros hogares. Cuando poco a poco parecía que aquella crisis iba quedando atrás sucedió lo inesperado: una crisis sanitaria como ninguno de nosotros había conocido ni podía imaginar. Fue durante el curso en el que la mayoría de vosotros estudiaba cuarto de la ESO cuando se suprimieron las clases, al principio por 15 días que puede que más de uno festejara como unas vacaciones anticipadas pero que se convirtieron en un confinamiento distópico y en un adiós definitivo a las aulas para el resto del curso. Nos vimos obligados a trabajar de una manera desconocida, aprendiendo sobre la marcha diversas técnicas de eso que empezamos a llamar "teletrabajo"  pero que no podía suplir de manera efectiva el contacto real con el aula. El curso pasado pudimos recuperar la presencia pero de una manera insuficiente, por días alternos.

También parecía estar superándose esta crisis sanitaria cuando otro hecho terrible se ha mostrado entre nosotros con toda su barbarie: la guerra, una guerra que en su sinrazón ha renunciado incluso a la hipocresía con la que siempre se intenta justificar la agresión y se ha impuesto con su cínica demostración de fuerza bruta.

Todas estas experiencias nos han afectado a todos y especialmente a vosotros, por cuanto han complicado sobremanera vuestras expectativas.

A pesar de todas estas adversas circunstancias habéis perseverado y por fin acabado vuestros estudios de Bachillerato.

Muchas han sido las materias, muchos los profesores. Vuestro interés se habrá volcado sin duda más hacia unas asignaturas que hacia otras pero todas ellas han cumplido su parte en una etapa en la que se ha de intentar dar un enfoque todavía no especializado.

Tiempo habéis tenido de observarnos, a cada uno con nuestras características, pequeñas manías y tiempo habéis tenido para haceros cargo de nuestros defectos y, eso espero, alguna virtud que en nosotros hayáis podido apreciar.

No todos habéis tenido a todos los profesores pero muchos de vosotros habréis podido apreciar distintas virtudes en ellos: la calma y tranquilidad imperturbable de Raúl,  el respeto infundido por Iván con esa su severa seriedad infundida desde su imponente "verticalidad", la tranquila energía de David, siempre suave en la forma pero contundente y certero en el fondo, la actitud humana y humanista de Concha en la defensa de la cultura clásica con sus viajes a Grecia, esas excursiones por Madrid de Pablo de las que este año he tenido el gusto de participar, aprendiendo de su saber y erudición a la vez que mejorando el  tono físico al tratar de seguir su marcha a menudo casi atlética por las calles de Madrid, Arturo con sus clases de arte a la par que ejerciendo como apóstol de Rafa Nadal en el centro aunque su tenis, con ser bueno no se pueda equiparar al del mallorquín si bien se asemeja en algo por lo que a la frecuencia de sus lesiones se refiere. Ha habido lugar para la risa, el enfado, los nervios, las inquietudes, las ilusiones, los disgustos.

También nosotros, los profesores, os hemos podido observar y tratar. Con algunos habremos acertado, con otros no habremos podido concitar su interés, es algo inevitable cuando se trabaja con grupos humanos tan amplios.

 Vuestros padres también habrán vivido de forma intensa estos años asistiendo a esa vuestra transformación, viendo en algunos casos cómo poco a poco el niño que creían poseer se iba convirtiendo en un ser a veces ensimismado, a veces esquivo, puede que difícil de trato en ocasiones, en un proceso inevitable pero que, como todo cambio, estaba lleno de dificultades de no fácil solución.

Quizá debido a la edad casi bíblica a la que me voy acercando también pienso en los que tenéis aún la suerte de disfrutar de vuestros abuelos. Estos, los viejos, bien mirado son los más jóvenes pues en años más jóvenes y tempranos que los nuestros nacieron. Nos pueden enseñar más cosas de las que suponemos, no ciertamente en innovaciones tecnológicas pero sí en experiencia y sabiduría. Una sociedad que no respeta a sus mayores es una sociedad que se priva voluntariamente de aprender de quienes antes que nosotros abrieron camino.

Estos años han sido también muy importantes en un aspecto que, aunque relacionado con vuestros estudios, tiene que ver sobre todo con vuestro desarrollo personal. Los años del instituto deben ser, y así espero que haya sido, los años del aprendizaje de la libertad personal. En la escuela erais niños y como a niños se os trataba. En vuestros futuros estudios o en la vida laboral seréis adultos. En el tiempo que habéis compartido en el instituto habéis transitado de la niñez a la edad adulta. Habéis pasado de una etapa en que la mayor parte de vuestros pasos era guiada por una autoridad externa a una de mayor autonomía, de mayor libertad. La libertad, cuando se habla de ella sin superficialidad, no es fácil, a veces nos asusta y nos resulta incómoda. Es cómodo ser menor de edad, como ya nos enseñó el viejo Kant, pero el precio de esa comodidad es el de una eterna inmadurez. La libertad nos permite hacer uso de nuestra razón. Nadie, salvo quien tenga alma de esclavo, puede desear ser un eterno menor de edad y estoy convencido que vosotros tampoco.

Muchos sois ya mayores de edad y los que todavía no lo sois estáis ya próximos a serlo. Es de desear que esa mayoría de edad legal se ajuste a una madurez real ejercida tanto en el estudio como en la vida laboral. También como ciudadanos alcanzáis la plenitud de derechos que se ha de concretar en vuestra actitud como tales. Hay mucho ruido en la sociedad actual. Hemos dado por normal el insulto como forma de participar en el debate que afecta a nuestro modo de vivir. No, el insulto es siempre un fracaso de la razón. El grito es un abuso por el que se pretende sustituir el mejor argumento, asunto este de la razón, con la mayor potencia física con la que el grito se profiere. Dentro de esa madurez de la que he hablado, sería mi deseo que en adelante seáis ciudadanos capaces de argumentar con respeto y no seres gritones y enfadados.

Si el insulto es un fracaso de la razón, la guerra es la máxima expresión del insulto. Ahora tenemos la guerra aquí en Europa. No todos tienen la misma responsabilidad ante una catástrofe así, de eso no hay duda. Con todo, si ya es sabido que una guerra civil se suele calificar de guerra entre hermanos, deberíamos pensar que, siendo uno el género humano, toda guerra es en el fondo una guerra civil, la de la humanidad consigo misma, y como dijo una importante figura durante nuestra última guerra civil, no debemos olvidar que al fin y al cabo "todos somos hijos del mismo sol y tributarios del mismo arroyo", Ojalá vosotros seáis capaces de alumbrar un mundo sin guerras.

Siempre ha habido guerra, es cierto. También lo es que nunca debió haberla. Siempre ha habido injusticias, quizá siempre las habrá, pero nunca las debería haber. No es lícito el paso de lo que es a lo que debe ser. Hay personas que ante cualquier injusticia dicen "es lo que hay". Por fortuna también ha habido personas que ante esto no se resignaron. Aquella mujer que en los años cincuenta en EEUU se negó a ceder su asiento a un hombre blanco se negó a su vez a ceder a lo que había y con su valiente gesto dio un paso importantísimo para elevar la dignidad de todos. No deis por bueno eso de "es lo que hay". Cuando penséis que lo que hay no es satisfactorio nunca dejéis de luchar para cambiarlo.

Espero que en esta nueva madurez no os abandone nunca el deseo de seguir aprendiendo. Nunca se deja de aprender si uno está abierto a lo que el mundo ofrece. Si os vale de algo mi experiencia, puedo decir que a pesar de haber finalizado mi etapa como profesor me he ido con la sensación de que hasta el último día debía seguir aprendiendo y que había aspectos de mi trabajo que no había logrado realizar bien. No me refiero a los hechos evidentes, como que nunca aprendí a escribir bien en la pizarra, sino a la sensación de que en el fondo hubo muchas facetas que podría haber realizado de otra manera y que no conseguí lograrlo. Quizá lo que más insatisfacción me causó es el no haber conseguido dar siempre el paso de lograr que el alumno pasara de saberse algo a saberlo, es decir, de ser capaz de reproducir para un examen unos conocimientos a asimilarlos de una forma menos mecánica y más creativa. Estuve muchos años dando vueltas a este problema y me marché con la sensación de no haber sabido solventarlo. Es esa insatisfacción por lo no logrado la que os debe guiar en vuestro camino siempre. Como pensemos que algo ya lo sabemos de forma suficiente habremos perdido mucho de nosotros mismos.

Hoy es día de despedida, alegre sin duda pero siempre con la sombra de tristeza que toda despedida conlleva. Es en cierto modo la despedida de una primera juventud lindante con la adolescencia, difícil pero llena de ilusión y el paso a una juventud ya más marcada por las inquietudes de eso que llamamos el "ganarse la vida". Muchos seguiréis estudiando pero ya con la vista centrada en la profesión a la que vayáis a dedicar vuestras vidas. No han sido fáciles estos años de estudio en el instituto pero a partir de ahora a la dificultad se añadirá quizá una mayor frialdad, un mayor cálculo y la urgencia por abrirse paso a la vida laboral en un mundo poco acogedor.

A partir de hoy vuestros caminos se separan. Muchas de las amistades hechas puede que perseveren. En otros casos la distancia y las distintas ocupaciones harán que  vayáis perdiendo el contacto. Iréis viendo que la vida es un continuo despedirse. También el centro, con sus experiencias y recuerdos, irá poco a poco difuminándose. De vez en cuando vuestros recuerdos os harán volver a él pero la urgencia de los quehaceres de la vida irá dejando estos años en el ámbito de un recuerdo que espero que sea grato. También nosotros, los que fuimos vuestros profesores, iremos desvaneciéndonos poco a poco en vuestros recuerdos.  Con todo, cuando  pasen los años y volváis alguna vez vuestra mirada a estos años de instituto, desearía que esa no fuera una mirada de nostalgia pues el pasado no vuelve nunca y recordar algo con agrado no debe confundirse con el deseo de que algo permanezca. Es el carácter único y fugaz de cada instante lo que le da a su vez su trascendencia del mismo modo que la vida en su finitud la adquiere con el valor de algo único.  Tengo la esperanza de que en ese recuerdo sobrevuele un pensamiento simple pero certero: aquellos años no estuvieron mal, merecieron la pena.

Yo también tuve que dar paso en su día a mi despedida como profesor y pude vivir ese carácter por un lado satisfactorio de pensar que realicé mi labor si no de manera perfecta espero que sí de manera digna pero comprendiendo que era necesario que otros hombres, otras mujeres, con más juventud y energía, con nuevos métodos, prosiguieran con las tareas de un trabajo no siempre bien apreciado pero necesario.

En lo que a mí concierne, sé que más de una vez mis decisiones fueron equivocadas pero siempre las tomé convencido de que eran las mejores para mis alumnos. El error, la equivocación, forman parte de la humana condición y en este sentido yo he sido plenamente humano, como estoy seguro que también lo fueron los que durante años fueron mis compañeros. Hablo por mí y creo que también por mis antiguos compañeros si afirmo que hemos intentado en nuestras clases dar lo mejor de nosotros mismos y, hablando ahora  por mí, si no lo hice mejor es porque no supe más.

Os deseo a todos éxito en vuestros distintos caminos y que seáis dignos de alcanzar la felicidad en la medida en que ello sea posible en esta vida.

¡ Larga vida a la promoción 2016-2022!

Hasta siempre.

 

 

 

miércoles, 20 de abril de 2022

UN PRÓLOGO DE MUÑOZ MOLINA.

 


"Sabemos el final de esta historia y estamos familiarizados con cada uno de sus episodios y de sus personajes, pero una y otra vez sentimos la necesidad urgente de que nos la cuenten de nuevo, y según nos adentramos en ella casi se nos olvida que sucedió hace mucho tiempo, y deseamos angustiosamente que los hechos no tomen el mismo curso inevitable, y se apodera de nosotros la mezcla de incertidumbre y esperanza con que solemos volvernos hacia un futuro sombrío que sin embargo no está prescrito. El lector de un libro de historia es una Casandra clarividente y abatida que profetiza el devenir del pasado, y sin embargo las lecciones que obtiene de él difícilmente le empujan al fatalismo: la historia nos cuenta o intenta contarnos lo que sucedió, pero también nos advierte, por la minuciosidad con que revela los encadenamientos de los hechos, que lo sucedido no era inevitable, y que la variación de cualquier circunstancia podría haber provocado una cadena de acontecimientos por completo distinta. Detrás de la firmeza indudable de lo que ha sido se insinúa la fragilidad y la indeterminación de lo que pudo no ser, de lo que estuvo a punto, en el filo mismo de haber sido de otro modo. En este sentido creo que debe entenderse la paradoja enunciada por Borges de que el pasado es tan conjetural como el futuro: sabemos que el 30 de enero de 1933 Adolf Hitler fue nombrado canciller de Alemania, pero según vamos aprendiendo más pormenores de la historia, de manera instintiva esa forma verbal en pasado se convierte en conjetura improbable, pierde la macabra legitimidad que otorgamos siempre a lo que ha sucedido. Tendemos a pensar que las cosas, porque sucedieron, no tenían más remedio que suceder. Y sin embargo, la averiguación atenta de los pormenores de la historia nos lleva siempre a la conclusión contraria, a una rebeldía en apariencia inútil, pero yo creo que en el fondo saludable, contra la fatalidad de lo real."

Hasta aquí las sobrias y certeras palabras con las que Antonio Muñoz Molina prologó la edición española de A treinta días del poder, la obra con la que Henry Ashby Turner describiera los avatares, maniobras y cálculos con los que los políticos de la Alemania de la terminal República de Weimar trataron de solventar la situación política que condujo a que el 30 de enero de 1933 el anciano presidente Hindenburg entregara el cargo de canciller a Adolf Hitler, hasta entonces despreciado por el viejo mariscal de campo como "ese cabo bohemio".

Llama la atención de Muñoz Molina el hecho de que podamos seguir leyendo con atención y emoción unos hechos de los cuales quien más, quien menos, conoce su desenlace.

La sorpresa de Muñoz Molina no deja de ser la del novelista asombrado ante el hecho de que podamos leer como intriga inquietante algo que, por ser conocido el final, no nos debería atrapar con la misma intensidad con que lo hacen los argumentos complicados de los que desconocemos su final.

Siendo como es su sorpresa la del novelista, plantea su reacción admirada una muy inteligente visión de lo que es la contingencia y la necesidad.

Ante el futuro reina siempre la incertidumbre. Sabemos que las cosas podrán ocurrir de una forma o de otra, prevemos qué posibilidades encierran más oportunidad de cumplirse pero sabemos que la mayor posibilidad no es certeza y que la menor no es imposibilidad. El futuro en este sentido lo vemos como un ámbito de libertad en cuanto es algo no determinado y no entregado por ello al fatalismo.

Caso distinto nos plantean los hechos de un pasado ya cumplido. Lo ya efectuado se nos presenta como fijo, cerrado en sí mismo, acabado y por ello determinado. Al leer acontecimientos del pasado ellos no pueden discurrir en la narración con la libertad del novelista en la ficción sino con la fidelidad del historiador honesto que trata de reflejar de la forma más fiel posible lo ya acaecido.

Lo que sorprende a Muñoz Molina es lo paradójico del hecho de que una narración fiel y pormenorizada de unos hechos ya sabidos en su resolución nos pueda atrapar con la misma fuerza que lo pudiera hacer la narración de unos hechos inventados por la ficción y en gran medida imprevisibles.

Lo que con su gesto de sorpresa acierta a captar Muñoz Molina es el acierto de Turner al saber trasladar en su narración un hecho que no todos los historiadores aciertan a plasmar: el pasado fue en un momento concreto algo presente y por tanto algo preñado de posibilidades que podrían haberse realizado. El determinismo de lo ya sucedido es algo incuestionable pero deja abierta una importante cuestión: el presente en el que sucedieron los hechos no estaba determinado, los actores que participaron en este drama son responsables y cabían otras posibles soluciones al problema al que se tuvieron que enfrentar.

Aquellos políticos pensaron que al asociar al poder al "cabo bohemio" estaban en cierto modo domesticando a la bestia. A los pocos meses la bestia mandó al ostracismo a alguno de ellos y a más de uno a la muerte.

El final podría haber sido otro y al leer sobre este periodo no podemos evitar el hecho de desear otro final y con ello intuimos que el fatalismo de lo acaecido no debe imponerse al imperativo de lo que debe hacerse para que hechos de esta gravedad no vuelvan a suceder.

 

martes, 10 de agosto de 2021

DAYRON.

 

La primera vez que hablé con Dayron, lo recuerdo perfectamente, fue para echarle una bronca. Se iniciaba el curso y en mi presentación ante un grupo de Segundo de la ESO acababa yo de señalar las líneas generales del comportamiento y de las normas que me interesaba que se siguieran. Una de las cosas que dije fue que a la hora de pasar lista los alumnos se limitaran a decir "Sí" si se encontraban presentes y que no me dieran explicaciones de aquellos que no estuvieran. Tras esto empecé a pasar lista. El primero que figuraba era Dayron Álvarez. En vez de responder "sí" me soltó la siguiente retahíla: "aquí estoy, preparado para aprender". Lo llamé a parte para recordarle, por si no había quedado claro, cuál era la forma correcta de responder.

A lo largo de los años, en distintos cursos, puede que le tuviera que llamar alguna vez la atención, nunca por motivos graves, pues su comportamiento no era malo y si de vez en cuando no observaba una conducta adecuada, se debía más a su inquietud que a un deliberado empeño en molestar.

El rostro, moreno, y los ojos, expresivos, le daban un aire risueño y jovial, propicio a una risa que traducía más gana de vivir que deseo de burla. Era difícil no querer a Dayron.

Poco a poco su figura se fue identificando con la del patín con el que tantas acrobacias era capaz de desplegar, de tal modo que parecía como si cuerpo y patín formaran una sola unidad.

Corta ha sido la vida de Dayron. Cuando lo conocí era todavía un niño. Se va siendo un joven todavía lleno de energía. Lo recordaremos siempre así, sin envejecer, sin perder las ilusiones, extraño privilegio este, el de permanecer siempre jóvenes, que tienen quienes nos dejaron antes de tiempo.

Nuestro amigo se ha anticipado a llegar al lugar del insondable misterio a que todos estamos destinados. Seguro que en esas desconocidas sendas estará ya explorando nuevas y audaces acrobacias.

En lo poco que un profesor puede conocer a sus alumnos tengo la impresión de que la felicidad que irradiaba del rostro de Dayron, la agilidad de su cuerpo, la habilidad para desafiar esa gravedad que nos ata al suelo no hacían más que expresar la vida en toda su alegría, esa alegría que transmiten quienes en el fondo han vivido como han querido, que es lo mejor que se puede decir de alguien.

¡Hasta siempre, mi joven amigo!.

 

sábado, 3 de julio de 2021

LAS TEORÍAS DE LA CONSPIRACIÓN.

 

Siempre será más divertido suponer que tras el asesinato de kennedy había toda una conspiración que  conformarse con la hipótesis de un asesino solitario, lo cual desde luego no elimina la posibilidad de que tal conspiración existiera.

Las teorías de la conspiración tienen a su favor un dato cierto de carácter antropológico: el misterio es siempre atractivo.

Se ha llegado a decir que Hitler no murió en el búnker de la cancillería sino que consiguió escapar a la Argentina. Nada nuevo bajo el sol: en la Edad Media se creyó que el emperador Federico I Barbarroja no estaba muerto sino que estaba dormido. En Portugal existió la mentalidad "sebastianista" que suponía que este joven y atolondrado rey Sebastiao no había perecido en la batalla de Alcazarquivir sino que seguía vivo y algún día volvería para regir de nuevo los destinos de Portugal y administrar justicia.

Las teorías de la conspiración comparten el mismo marco mental que algunos argumentos tradicionales de la teología racional para tratar de demostrar la existencia de Dios: la obsesiva negación de la casualidad en favor de la causalidad. Un argumento tradicional denominado por Kant argumento físico teológico, afirma la existencia de Dios a partir del orden observado en el mundo. Kant rechazaba tanto este argumento como todos los demás que por vía teórica pretendieran afirmar la existencia de Dios. Dado que es improbable que el orden surja del azar se infiere de ahí la existencia de una suprema inteligencia creadora de tal orden. Se da un salto de lo improbable a lo imposible y de paso se infiere la imposibilidad del azar.

El azar existe, la casualidad también. El caos nos inquieta y las teorías de la conspiración nos dan tranquilidad

Otro asidero de los defensores de las teorías de la conspiración se basa en el hecho indudable de que nunca sabremos toda la verdad. Sus defensores parten de este hecho obvio para deducir que puesto que no sabemos toda la verdad es falso todo lo que sabemos y por tanto hay que dar por verdaderas las conclusiones que su ideación paranoide nos quieren imponer.

¿ Se puede discutir con los amantes de las teorías de la conspiración? Es imposible puesto que su mente funciona de forma inversa a lo correcto. No llegan a la convicción tras la evidencia sino  que llegan a su "evidencia" tras una convicción previa. Sus convicciones crea evidencias. No hay nada que hacer y menos en facebook.

 

viernes, 21 de mayo de 2021

DISCURSO DE GRADUACIÓN 2021.

 

En primer lugar quiero agradecer la oportunidad de poder dirigirme una vez más a los alumnos que al concluir el segundo curso de Bachillerato culminan un ciclo de la enseñanza tan importante y que tantos recuerdos deja siempre en quienes lo hemos vivido. Tampoco quiero en esta ocasión olvidarme de los alumnos que el año pasado culminaron su estancia con nosotros y que tan triste despedida tuvieron cuando algo infinitamente pequeño causó un daño infinitamente grande y frustró planes, ilusiones y, por desgracia, truncó vidas. Siempre me acompañará la pena de no haber podido despedir a aquella promoción como se debía y ellos merecían.

En esta ocasión el agradecimiento tiene para mí un carácter especial dado que, como es sabido, desde enero ya no pertenezco al Cuerpo de Profesores en el que durante más de 32 años he intentado prestar un servicio a la sociedad y a las distintas promociones de alumnos que a mi cargo han estado.

Hoy hablo desde mi nueva condición como jubilado, y me ilusiona que pueda tener esta inesperada oportunidad que me rescata por un momento de mis pasivos quehaceres.

Hoy despedimos en teoría al Bachillerato, es decir, a los cursos de 2019 a 2021, y sé que más de un alumno no cursó la ESO con nosotros. Con todo, me resultaría un tanto artificial limitarme a estos dos años, pues a muchos de vosotros os conocí desde niños, allá por septiembre de 2015, a unos por tener con vosotros clase directa, a otros por las guardias. Muchos recuerdos me vienen a la memoria de aquellos años. Todavía recuerdo a alguno de vosotros admirado ante un alumno repetidor llamado como yo, Gabriel, grande de cuerpo y ante el que escuchabais sus historias, en cuanto sonaba el timbre y concluía la clase, como si de un viejo lobo de mar se tratara. Recuerdo vuestra actitud participativa pero atropellada a la hora de intervenir, y ¿cómo no?, vuestra habilidad para conseguir desviarme de la lección que pretendía desarrollar y al final lograr que termináramos hablando de todo. También recuerdo cómo más de un alumno tuvo oportunidad de lucir sus artísticas cualidades, caso por ejemplo del que yo llamaba "niño cantor".

Pasaron los años, fuisteis madurando, o por lo menos eso quiero creer. Terminada la etapa de la ESO os encontré a la mayoría en primero de Bachillerato. Eran cursos numerosos pero el ambiente era grato hasta que llegó el fatídico día 10 de marzo de 2020 y cuando pensábamos que en quince días nos volveríamos a ver, todo se fue al traste. Todos tuvimos que improvisar una nueva manera de trabajar. Llegó un confinamiento que ni en nuestras peores pesadillas podríamos haber imaginado. Algunos lo sobrellevaron mejor, otros peor, para mí fue desolador.

Todos hicimos un esfuerzo grande para poder llevar el curso a buen puerto aunque fuera en esas penosas condiciones.

De repente nos vimos invadidos por un alud de correos con trabajos que prescribíamos  para poder mantener, en la medida de lo posible, el pulso del curso. A esto hay que añadir informes de todo tipo que debíamos enviar a la inspección educativa. Yo procuraba dar un margen amplio de tiempo para la entrega de los trabajos con el fin de que no se me acumulara en un solo día la labor de corrección pero siempre recibía la mayor parte de los trabajos el último día fijado. En un primer momento ello me producía enfado pero también comprendía que es una ley casi universal en el estudiante la de postergar para la última hora la realización de tareas y que todas las generaciones de estudiantes han solido hacer lo mismo. Por último me daba cuenta de que en realidad no tenía derecho a enfadarme porque yo también actuaba así en mi época de estudiante.

En aquellos tristes días tampoco dejaron de producirse situaciones cómicas y divertidas: en una ocasión, cuando me disponía a revisar un trabajo de una alumna sobre mi materia, filosofía, empecé a ver que en tal trabajo se me hablaba de la reproducción de las plantas, tema apasionante donde los haya. Sin duda la alumna había equivocado al profesor destinatario del trabajo. Recuerdo que le respondí que si bien yo había aprendido bastante acerca de la reproducción de las plantas, con todo me daba la sensación de que había enviado erróneamente el trabajo.

En otra ocasión recibí un correo de la profesora Carmen de matemáticas en la que me refería que aunque yo iba bien en matemáticas, con todo debía esforzarme más. Le respondí que estaba dispuesto a mejorar en matemáticas todo lo necesario pero que tenía la impresión de que me había confundido con otro Gabriel, como efectivamente así fue. Por no faltar a este cúmulo de confusiones yo también aporté mi contribución, pues quise explorar por mi cuenta cómo se creaba una sala telemática y, efectivamente, la creé, pero de forma inopinada me vi de repente en la pantalla de mi ordenador ante una señora que no había visto en mi vida y que me preguntaba que quién era yo. Salí como pude de una sala que pensaba que había creado pero al parecer no fue así sino que supongo que lo que ocurrió es que me sumé a alguna reunión ya existente.

Cuando a finales de junio vine para firmar las actas de fin de curso, estábamos nada más que los profesores y el personal de secretaría. Recuerdo que una vez cumplido el trámite legal subí al aula donde había dado mi última clase el día 10 de marzo y estuve allí un par de minutos solo, tenía necesidad de volver a un lugar del que fui arrancado de manera abrupta.

 

En septiembre nos pudimos reencontrar, eso sí, con las nuevas medidas y esas incómodas mascarillas que dificultan la expresión, si bien hay que reconocer que, al ocultarnos el rostro, a algunos como a mí nos favorecen en extremo.

Hay que admitir que habéis tenido muy mala suerte. Vuestros años de Bachillerato han estado marcados por unos largos meses de ausencia y luego por un sistema semipresencial alternativo que ha hecho muy difícil la labor tanto de alumnos como de profesores.

Tanto vosotros como vuestros profesores os habéis tenido que adaptar a un sistema que tiene su lugar como herramienta auxiliar pero que nunca puede sustituir a una clase presencial. No se puede transmitir una clase pues una clase no es una conferencia, tampoco ciertamente un discurso. En una clase hay momentos de atención, de distensión, de broma, de tensión a veces. Esa dinámica vista a través de una pantalla puede dar una impresión engañosa.

La enseñanza necesita el contacto humano. Las situaciones de emergencia han de ser tratadas con medidas de emergencia pero es de desear que más pronto que tarde se pueda recuperar la normalidad.

Los seres humanos no estamos preparados para valorar la normalidad, las cosas que damos por supuesto. Nos quejamos a veces por motivos insignificantes y sólo cuando ocurre algo excepcional, como desde hace año y medio nos ha acontecido a todos, nos damos cuenta de lo importante que es lo cotidiano, lo que nos parece habitual. La rutina tiene poco prestigio pero cuando se pierde nos damos cuenta de su importancia.

A lo largo de estos años habéis tenido que cursar muchas materias. Como no puede ser de otro modo, algunas os han resultado más interesantes que otras pero todas son importantes. Es cierto que muchas de las cosas aprendidas se olvidan pero nuestra mente pese a ello se enriquece. No es lo mismo olvidar que no haber sabido nunca algo. Lo importante es estar siempre abierto a aprender nuevas cosas, mantener la curiosidad y el asombro, que es la base del conocimiento.

No pensemos nunca que lo sabemos todo. Yo sigo considerándome un estudiante, no un maestro. Hablando con Pablo este año le comenté que me gustaría, ya liberado de mis obligaciones laborales, poder asistir a esas imaginativas excursiones a Madrid cuando las circunstancias lo permitan y se puedan reanudar las actividades extraescolares, para de ese modo poder aprender lo mucho que de un hombre sabio como Pablo se puede aprender. El día que pensemos que nada tenemos ya que aprender habrá muerto en nuestro espíritu algo muy importante.

El paso de la escuela al instituto supuso un cambio. El paso del instituto a otro tipo de estudios también supondrá un cambio y como tal puede que os resulte difícil. En la escuela el maestro estaba muy pendiente. En el instituto el profesor también lo está, pero de otro modo. En los estudios superiores vais a gozar de más libertad pero la libertad es un aprendizaje difícil. A más de uno le cuesta trabajar con libertad pues la libertad va unida a la autonomía y la autonomía exige madurez. Es de desear que estéis al nivel de esa madurez que implica pasar del nivel simplemente escolar al nivel ya académico. Si ello es así, nuestra labor como profesores habrá tenido un fruto positivo.

 

También vais a ser mayores de edad si es que no lo sois ya. Vais a ser ciudadanos que no debéis desentenderos de los asuntos públicos que a todos nos afectan. Todas las sociedades están en proceso de cambio y siempre los cambios, en costumbres, modo de organización política, social, producen inquietud. Jamás hemos tenido más oportunidades para estar informados pero es cierto que a veces no sabemos distinguir lo importante de lo llamativo. Hay mucho ruido en nuestro tiempo, demasiado grito y poca argumentación. Estamos en un régimen de opinión pública y es bueno opinar, pero las opiniones hay que trabajarlas con el estudio y la formación. Se suele decir que tenemos derecho a opinar de todo y no es así. Para opinar hay que saber y hay que formarse.

Ahora iniciáis un nuevo camino. Los cambios de etapa siempre son difíciles y más en vosotros que en algunos casos puede que hayáis convivido con vuestros compañeros muchos años, algunos desde la primera infancia. Ahora vuestras trayectorias os irán distanciando y aunque puede que mantengáis las amistades aquí hechas, la exigencia de vuestros estudios hará que sea más difícil mantener el contacto.

Es difícil marcharse de los sitios. Cuando estamos en ellos muchas veces el hartazgo normal que todo quehacer puede generar hace que sintamos deseos de marcharnos pero cuando por fin lo hacemos nos damos cuenta de lo mucho bueno que también dejamos atrás. Al principio puede que alguno de vosotros realice visitas al centro, al igual que yo lo hago a veces. Poco a poco vuestras visitas se irán espaciando y un día dejaréis de venir, como también lo haré yo sin duda. El edificio permanecerá pero las caras cada vez serán más desconocidas hasta que llegue el momento en que tanto vosotros como yo no tengamos ya a quién visitar o saludar. Sin embargo ello no querrá decir que el instituto haya desaparecido definitivamente de nuestras vidas, pues el instituto no es simplemente el edificio, son también las experiencias y vivencias en él acaecidas y ellas es de esperar que sí permanezcan en nuestros corazones como algo grato.

Las despedidas tienen esa mezcla de alegría y tristeza difícil de describir pero son necesarias.

Hoy muchos de vosotros termináis vuestra estancia en el centro. Yo también la terminé en diciembre después de más de quince años.

A lo largo de este período habrá muchos aspectos del centro que no os hayan gustado o no os hayan resultado satisfactorios. También habrá más de una crítica que podéis formular a nuestras actuaciones. Cometemos errores, como humanos que somos. Todos tenemos defectos. Los míos os habrán resultado evidentes: un temperamento excesivo en ocasiones., pero si hablo por mí, por lo menos me habréis de reconocer que en mí los enfados eran intensos pero nunca duraderos.

Ahora yo ya he dejado mi labor. Es necesario que otros hombres, otras mujeres, con nuevos métodos, nuevas energías, tomen el relevo y aporten nueva fuerza para un trabajo que la necesita y mucha.

¿Es preciso? sí, preciso es.

Tampoco me quiero olvidar en un día como hoy de aquellos alumnos que, por diversos motivos, no han logrado superar el curso. Es natural que un tal hecho cause desánimo pero desde aquí animo a que se sobrepongan a esta situación para que puedan lograr en otro momento lo que todavía no han conseguido.

Me gustaría que se pueda decir de vosotros que sois en el buen sentido de la palabra buenos. Aprovechando las palabras que nuestro compañero Pedro nos dirigió a Alfredo y a mí el día de nuestra despedida, el pasado 22 de diciembre, me gustaría incidir en el hecho de que la bondad y la inteligencia van unidas. Jamás un verso como este famoso alejandrino de Machado " soy en el buen sentido de la palabra bueno" ha sido peor interpretado, quizá confundiendo su intención con la bonhomía del autor. Machado, buen conocedor de la filosofía de Kant, quería hacer hincapié no en una idea de la bondad como falta de agudeza, sino justamente en lo contrario. La bondad sólo la puede tener quien a su vez podría tener la capacidad de no ser bueno. La inteligencia es la que nos permite comprensión. A veces confundimos inteligencia con astucia, que sí se puede dar en la maldad.

Estos seis años no se parecen a ningunos otros de la vida. Todas las etapas de la vida son difíciles pero en pocas los cambios son tan trascendentales. La lucha por la conquista de la identidad cada uno la lleva de distinta manera. En algunos casos puede que vuestros padres hayan podido sentir cómo iba desapareciendo el niño que creían conocer para en su lugar toparse con una persona que en ocasiones se les tornaba extraña. Ahora dais otro paso, el de la adolescencia a la primera juventud, también con sus problemas de inquietud acerca del futuro, del difícil horizonte laboral.

Ya para terminar, quiero desearos lo mismo que a todas las promociones que os han precedido: éxito en vuestra vida de estudio y laboral y felicidad, en la medida en que la felicidad es posible en esta vida. Muchas veces no se consigue la felicidad porque también existe la suerte y la fortuna, que no siempre están en nuestras manos y, por tanto, si alguien no fuera feliz, que nadie pueda al menos decir que esa felicidad no la mereció aunque no la consiguiera.

Os mando a todos un abrazo.

¡Larga vida a la promoción 2015- 2021!

¡Hasta siempre!.

 

 

domingo, 9 de mayo de 2021

EL HOMBRE, LA OBRA, LA IMAGEN.

 


"Así pues, me senté junto al enfermo y melancólico sufridor. Su cabello, casi totalmente gris, le sobresalía tupido y despeinado de la cabeza; ni liso, ni rizado, ni tieso, sino una mezcla de los tres. Sus rasgos, a primera vista, parecían intrascendentes: su rostro era mucho más pequeño de cómo lo había imaginado por el retrato que le ha atado a una imagen de salvajismo poderoso y genial. No había nada que expresara esa brusquedad, esa naturaleza borrascosa y desatada que se ha atribuido a su fisonomía para hacerla parecerse a sus obras. Pero ¿por qué habrían de parecerse los rasgos de Beethoven a sus partituras? Tenía la tez morena, aunque no del moreno sano e intenso del cazador. sino más bien de un enfermizo tono amarillento. Tenía la nariz estrecha y afilada, una boca generosa, unos ojos de color gris claro pequeños, pero elocuentes. Podía ver tristeza, sufrimiento y bondad en su rostro. Y, sin embargo, repito, no podía apreciarse, siquiera fugazmente, ni pizca de la hosquedad, ni un atisbo de la tremenda audacia que caracterizan el ímpetu de su genio".

Así describe Ludwig Rellstab la impresión que le causó Beethoven cuando fue a visitarlo en 1825, apenas dos años antes del fallecimiento del compositor. Llama la atención en esta descripción del encuentro cómo por dos veces el visitante resalta la diferencia entre la imagen que muestran los retratos y la impresión real que le causa el aspecto de Beethoven. Hay una pregunta bastante pertinente, "¿ por qué habrían de parecerse los rasgos de Beethoven a sus partituras?".

El conocimiento que de la obra de Beethoven pudiera tener Rellstab sería con bastante probabilidad limitado en una época en la que , a falta de los medios de reproducción que la tecnología nos ofrece desde hace bastantes años, la única posibilidad de conocer una obra la brindaba la suerte de poder estar en el lugar y momento adecuado cuando se efectuaba su ejecución o bien poseer la destreza técnica adecuada para leer correctamente una partitura, en el caso de que hubiera sido impresa.

Por tanto, de las observaciones de Rellstab se puede concluir con bastantes probabilidades de acierto que la imagen que tenía de la obra de Beethoven respondía más bien a una parte de la misma, la que se suele asociar con el estilo "heroico". Cuando Rellstab nos habla del parecido o no de Beethoven con sus partituras, podemos fácilmente imaginar que está pensando en obras como la Sinfonía heroica o en impresiones sonoras como las del arranque de la Quinta sinfonía y su asociación con la llamada del destino.

Cierto es que la imagen que de Beethoven se formó el romanticismo fue esta, la de un Prometeo en lucha con los dioses y por más que esta imagen pueda ser incompleta resulta incontrovertible que fue una imagen vigente y potente.

Partiendo de este hecho, la pregunta que formula Rellstab no deja de plantear una cuestión de interés: el parecido entre el hombre y su obra a través de dos lenguajes artísticos diferentes, el musical y el visual.

La mayor parte de retratos que de Beethoven nos han llegado nos muestran un rostro enérgico, resolutivo, con rasgos de dureza. Esa misma impresión es la que se desprende de las obras pertenecientes al llamado periodo heroico. No obstante, la impresión que a Rellstab le causa el encuentro directo con Beethoven es totalmente distinta, de ahí su pregunta que más que interrogante es sorpresa.

En una época anterior a la fotografía quizá nos podemos plantear si los retratistas se dejaron llevar más por la impresión que las creaciones de Beethoven causaban que por sus rasgos reales. Lo que viene a sugerir esta observación nos lleva a un punto interesante: ¿ los retratistas al tratar de trazar los rasgos de Beethoven no pudieron verse más bien arrastrados a pintar su música tal como era en aquel momento percibida por el público? Si a esto añadimos los rasgos del temperamento de Beethoven que algunas anécdotas nos muestran, también pudiera ser que en los retratos, a parte de su música, se quisiera reflejar un carácter.

Beethoven pertenece al clasicismo vienés, al igual que Mozart y Haydn, pero el culto a Beethoven es hijo del romanticismo y su idea del genio creador, con notas casi de divinidad. Se diría que la obra ha de parecerse al creador al igual que el mundo fue hecho a imagen y semejanza de Dios. La propia denominación de creador convierte al artista en un ser divino y no en un artesano, como durante mucho tiempo fue concebido el oficio de compositor.

Esa necesidad de tratar de ver una semejanza entre el hombre y su obra es también un rasgo que el romanticismo proyectó de manera retrospectiva sobre las creaciones del pasado. De ahí surgen, por ejemplo, las especulaciones sobre el presentimiento que Mozart tenía de su muerte cuando se hallaba inmerso en la composición de su Requiem. Que obras como La flauta mágica fueran de la misma época no suponía un inconveniente a la hora de refutar una imagen que, aunque falsa, tenía indudable fuerza dramática.

En paralelo con este parecido buscado entre la obra y los rasgos físicos del compositor se podría mencionar también la obsesión por encontrar un parecido o semejanza entre la grandeza de la obra y la grandeza personal de su creador. Si el primer paralelismo no deja de tener una relación con la estética, este segundo la tiene con la ética. Se suponía que la grandeza artística de la obra debía estar en correspondencia con la grandeza ética de su creador. Las mismas virtudes excelsas que en la obra de arte lograda se podían advertir debían estar en correspondencia con similares virtudes por parte del compositor y del artista en general. Las mezquindades que todo ser humano tiene quedaban ignoradas, relegadas, ante la necesidad de concebir al artista como un ser excepcional. Una idea de causalidad vigente en la filosofía moderna sostenía que tenía que haber tanta realidad o más en la causa que en el efecto. De acuerdo con esta venerable tradición acerca de la manera de entender la causalidad se hacía imposible admitir que una gran obra no fuera el fruto de un ser excepcional, si no sobrenatural.

En la medida en que sea posible conocer a un hombre que ya no es de nuestra época, por lo que podemos saber, Beethoven no fue en lo personal un ser privado de defectos, desde la soberbia hasta cierta mezquindad en lo que a asuntos económicos se refiere. Con todo, no parece un mal hombre, más bien, y en relación con su comportamiento con su sobrino Carlos, nos da la impresión de ser una persona bienintencionada pero torpe en su trato. Estos claroscuros, como los de cualquier vida, nos lo muestran como un hombre real pero no como un dios, como quizá el siglo XIX lo quiso ver.

Pese a la imagen romántica con su indudable atractivo, me parece mucho más interesante ver una gran obra como fruto de un ser humano en lucha con sus debilidades y su esencial fragilidad que como efecto de una omnipotencia casi divina pero que priva a la obra de lo más interesante, el esfuerzo y lucha por conseguir traer al ser algo meritorio por parte de un hombre real.

Los hombres se han admirado durante siglos ante un mundo fruto de la omnipotencia cuando lo admirable es lo que algunos pocos han conseguido crear desde la fragilidad de su humana condición.

 

 

lunes, 8 de marzo de 2021

CONSEJOS Y ÓRDENES.

 

El hecho me llamó la atención el otro día, mientras paseaba por el parque. Un niño de unos cuatro años prefería caminar por un sendero inclinado y peligroso antes que por el más fácil y plano de la amplia acera. Su padre, sin duda preocupado ante la eventualidad de un percance, en vez de conminarle a que no diera sus inseguros pasos por un más que inseguro camino no hacía más que decir "yo no lo haría".

Me resultó curioso el tiempo verbal utilizado por el padre para dirigirse  a su hijo. En vez del imperativo "no lo hagas" empleaba el potencial "yo no lo haría". (No sé si se siguen denominando así los verbos, en todo caso así me los enseñó mi maestro Don Ricardo).

Sin duda mis progenitores en una circunstancia parecida me habrían dicho "no vayas por ahí" o algo similar.

El padre del niño no quería dar una orden sino que con el empleo del potencial se situaba en un terreno hipotético, algo así como si tratara de hacerle ver al niño que lo que intentaba hacer no resultaba una buena opción.

Como quiera que el niño no tuviera aún plena conciencia de los alcances del método hipotético-deductivo siguió a lo suyo, como todos los niños, prefiriendo lo aventurado del inclinado camino a lo seguro de la amplia acera.

Me imagino que el padre, con su mejor intención, intentaba que el niño caminara por la acera no por obediencia o temor, sino por razonamiento. El padre preferiría que el niño atendiera a su hipotético consejo (yo no lo haría) antes que a su categórica orden (no lo hagas).

Lo malo de todo esto es que si bien el consejo fue hipotético, la hostia que se pegó el niño fue categórica.