domingo, 1 de diciembre de 2013

LÓGICA PARLAMENTARIA Y LÓGICA ACADÉMICA.

Voy a reflexionar acerca de las diferencias que cabe establecer entre una discusión académica y una discusión parlamentaria.
La exposición adquiere, por la propia lógica de los hechos, un carácter dicotómico que solo puede ser entendido si admitimos la vigencia de los llamados por Max Weber tipos ideales. Es evidente que en la realidad cotidiana los hechos nunca se presentan con la claridad característica con que toda explicación debe intentar plasmarlos.
Toda discusión parlamentaria produce siempre una sensación ambivalente a quienes la presencian.
El debate entre personas es algo característico. El mismo puede tener distintas finalidades: la cooperación para un fin beneficioso para la especie, o para un grupo de individuos ( una conjura ). No obstante, en la realidad práctica, donde prima la urgencia, el debate suele estar limitado y lo que se impone es la sumisión hacia alguien que ejerce el mando.
La discusión y el debate se suelen dar más en el ámbito de la ciencia y del conocimiento. Mediante el mismo se abren nuevos caminos y se descubren nuevas verdades.
La discusión y el debate también son característicos de toda asamblea  política y en especial de las asambleas legislativas. No obstante, la lógica que preside un debate académico y uno político difiere en importantes aspectos.
En una discusión parlamentaria se dirimen intereses. En una discusión académica se trata de avanzar hacia la verdad.
Lo propio de la democracia, en contra de lo que se suele suponer, no es ni la elección ni la votación, es la deliberación.
La deliberación también es propia de una discusión académica.
Una votación es siempre una concesión que la racionalidad ha de hacer a la contingencia de las circunstancias. Una votación cierra una discusión con un resultado obtenido por la regla de la mayoría. El resultado expresa en cada momento una correlación de fuerzas. No expresa la verdad ni lo puede hacer.
Una discusión académica puede llegar a resultados, pero en tal tipo de discusión es más frecuente el intento de obtener un consenso que el recurso a zanjar la discusión mediante una votación.
La elaboración de una ley por el procedimiento de la regla de las mayorías encierra en sí una fuerza de tipo estadístico. Su legitimidad viene dada por la corrección formal con que ha sido establecida.
Una votación es siempre un fracaso de la racionalidad, si bien se trata de un fracaso necesario y constitutivo. Es imposible un proceso de deliberación llevado al infinito. La votación es el nudo gordiano que hace posible y fértil la labor de un parlamento como órgano legislativo. Un parlamento que debatiera sin límite y nunca zanjara la discusión mediante votación sería estéril en lo más propio de su labor, pues su finalidad intrínseca es la elaboración de la ley.
La discusión académica tiene otras miras. En este ámbito de lo que se trata es de encontrar, descubrir una nueva verdad, no de fabricar ni crear nada.
La ley se crea, se produce, se elabora. La verdad se descubre. La discusión en este ámbito académico no se interrumpe nunca. El diálogo se prolonga a través de los siglos, en una aproximación asintótica a una verdad siempre supuesta pero nunca encontrada. La suposición de verdad mueve sin ser conocida, es un presupuesto de la racionalidad, previo a toda discusión y que se da por admitido de manera implícita desde el momento en que dos o más personas se ponen a debatir y discutir sobre cualquier asunto.
La ley elaborada en un parlamento rige comportamientos de personas e instituciones y lo hace de acuerdo con ciertos intereses, en el que podríamos llamar contexto de descubrimiento. En el contexto de justificación toda ley gusta de presentarse como expresión del interés general. Aquí es donde aparece el aspecto de ficción que toda discusión parlamentaria tiene.
El aspecto de ficción de la discusión parlamentaria deriva de la dialéctica entre partido ( interés, parcialidad ) y voluntad general. La discusión se establece entre partidos que, de suyo, expresan un interés parcial, pero se dramatiza como discusión entre individuos que tratan de encontrar la verdad a través de tal discusión. Cuando el resultado, tras votación, se convierte en ley, es representado como el fruto de una libre discusión en la que la fuerza del mejor argumento se ha impuesto y ha hecho con ello posible sacar a luz una ley racionalmente fundamentada.
Se reproduce en este caso, a un nivel pragmático, la exigencia de universalidad que de manera clásica exigió Kant de la máxima para que pudiera ser considerada como ley universal.
La parcialidad no puede atreverse a presentarse como tal si quiere mostrarse como ley de cumplimiento obligatorio, pues un interés parcial exigido aparece marcado de manera demasiado evidente con un carácter de fuerza que le resta legitimidad como ley. La universalidad es su enmascaramiento, y para que tal resulte eficaz es necesario que la discusión parlamentaria adopte la forma de discusión académica. De esta manera, la ley no sólo se considerará como consecuencia de la imposición de la mayoría sino como corolario necesario de la discusión entre personas que buscan el bien común. Un bien ostensiblemente parcial pierde eficacia. Un bien presentado como común se reviste de un halo de sacralidad que lo dota de mayor virtualidad.
El carácter de representación del debate parlamentario resulta mucho más claro conforme la propia práctica parlamentaria va siendo dominada por la organización partidista. En un parlamento de notables, como el que predominó en el siglo XIX, la fuerte personalidad de los individuos que participaban en la discusión dotaba a esta de una verosimilitud que facilitaba la función de enmascaramiento del debate en orden a ocultar los intereses particulares que se dirimían.
En una asamblea de tipo corporativo, como las que se establecieron en Italia, Portugal y España en el siglo XX, la estructura orgánica de tal representación muestra de manera clara y sin confusión la concepción no igualitaria de la sociedad y su carácter jerárquico.
En un parlamento sometido a la organización de partidos políticos cada vez más estructurados, el aspecto de representación de una discusión resulta cada vez más descuidado.
Uno de los elementos más importantes de los parlamentos modernos es la prohibición que casi todas las constituciones plasman de que los parlamentarios estén sometidos a mandato imperativo alguno. La prohibición del mandato imperativo constituye el elemento formal que permite mantener la ficción de un parlamento como una agrupación de hombres libres que mediante la deliberación, y sin ninguna imposición exterior, tratan de llegar a la mejor solución mediante el uso de los mejores argumentos. La prohibición del mandato imperativo se mantiene de manera formal, pero de manera material se ve conculcada con la práctica de la llamada disciplina de voto. El parlamentario, de acuerdo con esta, votará lo que le ordene su jefe de grupo, por tanto, no se comportará como personalidad independiente que vota en función de la convicción del mejor argumento, sino como miembro de partido que obedece unas directrices. El militante sustituye al parlamentario en la práctica cotidiana. El debate en sí, es una ficción, pues el resultado se puede calcular atendiendo al número de votos de que cada grupo disponga. El interés del debate es nulo, pues no se da ninguna interacción comunicativa entre los que participan en el mismo. El gesto y, cada vez más, los malos modos, se imponen sobre una argumentación que se torna innecesaria. El ruido quiere mantener una atención que de forma natural ya no se sostiene. Las decisiones están tomadas en otro lugar y la cámara se transforma en un simple registro. El órgano de la soberanía se va convirtiendo en tan decorativo como lo empezaron a ser en su momento los monarcas constitucionales.
Toda ficción, en el terreno de la organización política, es un reconocimiento de la superioridad de aquello que se quiere hacer aparecer como existente y por tanto, encierra en sí misma un doble carácter:
Ø     De engaño, o enmascaramiento.
Ø     De ideal que se debe perseguir.
El primer aspecto es el carácter ideológico (en su sentido de conciencia falsa, engañosa y no en su sentido propositivo ) que la ficción presenta. Se quiere intentar que una determinada realidad aparezca dotada de unas características que no tiene, pero en ese engaño va ya implícito el reconocimiento de la superioridad que la realidad aparentada tendría, caso de ser existente, sobre la realidad actual y efectiva.
El segundo aspecto va unido al primero. Toda plasmación no lograda, como por ejemplo, un debate de ideas, sigue siendo un ideal que orienta lo que debiera ser toda discusión.
Bajo la ficción de una asamblea de hombres libres que, mediante el uso de su razón y orientados por el bien común tratan de descubrir cual debiera ser la mejor opción subyace una implícita creencia de que existe un orden ideal que debe ser plasmado, y antes de ello, encontrado, descubierto y no inventado.
No es tan fácil como parece establecer una diferencia radical entre convención y naturaleza tal como parece que los primeros sofistas trataron de establecer.
Tampoco parece fácil establecer un corte radical entre las posiciones positivistas y las de derecho natural. La pretensión de todo derecho positivo es la de aparecer como algo que se desprende de manera radical de la razón. Admitir la fuerza de la ley en su simple positividad, libre de cualquier otro valor, resulta demasiado expuesto para la propia ley, pues en su desnuda parcialidad resulta demasiado evidente su carácter de hecho, de fuerza, sin que resulte bastante a superar dicho carácter el incidir en la corrección formal con la que ha sido establecida.
La igualdad formal que caracteriza a las modernas sociedades oculta en su seno la desigualdad material que las constituye. Nuestra forma de argumentar está más acostumbrada a captar y pensar las representaciones formales que las realidades materiales y de ahí que resulte fácil el engaño acerca de las instituciones que reflejan una determinada sociedad.






domingo, 24 de noviembre de 2013

DE GORDOS Y FLACOS.



La actual dictadura de la salud ha hecho que, sin duda, muchas personas cambien sus hábitos para bien. Nunca habrá que lamentarse por ello.
Nadie negará que la persona que ha dejado de fumar o la que ha abandonado sus costumbres sedentarias y las ha sustituido por un sano ejercicio hayan  tomado una decisión correcta y saludable.
Existe un colectivo, no obstante, que ha tenido que sufrir en sus carnes, abundantes por demás, los ataques más furibundos y los reproches más despiadados acerca de su estado: el de los gordos.
Contra los gordos parece que todo está permitido. Desde la escuela hasta el trabajo, el gordo ha de soportar con paciente resignación la burla de sus compañeros más delgados. Tal parece como si su abundante volumen fuera una invitación a lanzar dardos sobre un blanco en el que es difícil errar.
Cuando el gordo llega a casa no será raro que, si sintoniza cualquier programa de radio o televisión, se encuentre con algún especialista en dietética que le aconseje radicales y traumáticos cambios en su estilo de vida para que mejoren tanto su salud como su figura (que el especialista en dietética y nutrición suela ser un tipo que está de buen año es un misterio del que ahora no me voy a ocupar).
Dentro de la crueldad que los tipos asténicos y esquizoides muestran a los pícnicos  quizá se encuentre una oculta y poco evidente verdad: los gordos viven más que los flacos.
Se me dirá que casi todo el mundo afirma que la obesidad no es buena para la salud, que comporta importantes riesgos tanto para el corazón como para otro tipo de enfermedades y que, por tanto, la esperanza de vida de un gordo se puede ver comprometida.
Las advertencias anteriormente formuladas, sin ser falsas, sí que son parciales pues olvidan que en el mundo en que vivimos estamos claramente circunscritos a una dimensión espacio-temporal. El espacio y el tiempo son dos dimensiones sin las cuales no podemos entender ni concebir nuestro mundo. Ambas tienen idéntica jerarquía. Kant las denominó formas a priori de la sensibilidad. Dar más importancia a una de ellas en detrimento de la otra constituye un acto de flagrante discriminación.
Si atendemos a la anterior reflexión se podrá entender la razón de que afirme que los gordos viven más. Viven más pues con su volumen llenan más espacio y por tanto llenan de vida un espacio que de lo contrario estaría dominado por la materia inerte.
Una persona que viva 90 años vive  a lo largo ( dimensión temporal ).
Una persona rellenita y holgada vive a lo ancho ( dimensión espacial).
Del primero quizá podamos decir que tuvo una larga vida pero del segundo podemos decir con la misma contundencia que tiene una ancha vida, y además, la tiene de forma actual y plena, pues la posee toda ella en un presente efectivo y glorioso. El futuro es incierto pero el presente siempre es cierto y contundente.
Enhorabuena pues a los gordos. De ahora en adelante podréis mostrar con orgullo vuestra abundante y generosa carnalidad, felices en vuestra abundancia corporal sin que os importen las burlas resentidas de gentes que viven menos pues ocupan menos y que en cuanto a la duración de la vida solo cuentan con la incierta esperanza del futuro.


sábado, 23 de noviembre de 2013

DE POLÍTICOS Y MEMORIAS.

Proliferan estos días en las estanterías de novedades de las librerías los libros en los que políticos que han ocupado importantes puestos en nuestra más reciente historia cuentan o bien sus recetas para superar la crisis o bien sus memorias.
No me parece mal que personas que han destacado por su posición en importantes cargos escriban. Lo que no me parece tan bien es que escriban todos a la vez, en las mismas fechas y presenten sus libros con el mismo aparato mediático.
La lista es larga: Aznar, Felipe González, Pedro Solbes, y no hace mucho tiempo Alfonso Guerra y José Bono.
Hay no obstante un par de cosas que tengo claras: todos ellos, unos en mayor medida, otros en menor, han sido partidarios muy sensatos de una política económica de moderación salarial. Los que gobernaron en época de bonanza nos decían siempre a los que no tenemos más renta que nuestro salario que este debía ser moderado pues de lo contrario la economía podía entrar en un periodo de espiral inflacionista. Los que lo han hecho en época de crisis nos han dicho que, dada la atonía de la actividad económica, no era posible ofrecer salarios altos, pues ello restaba competitividad. Unos y otros, por tanto, han coincidido en algo que, por más vueltas que le demos, se concreta en que hay que pagar poco a la gente. Unos y otros han disfrutado de importantes salarios, por más que se han quejado de que de no ser por su afán de servicio, podrían haber obtenido ingresos muy superiores en otras actividades. Unos y otros han ocupado y ocupan puestos altamente remunerados en importantes empresas.

En resolución: como unos y otros han contribuido a que seamos más pobres y como la vida, en todo caso, es breve, el tiempo que me quede y el dinero de que disponga los dedicaré a comprar libros de personas que sepan escribir y desde luego no voy a destinar un solo céntimo de euro para engordar la renta de personas que ya tienen su futuro más que resuelto.

jueves, 7 de noviembre de 2013

LA MENTALIDAD ANALÍTICA.

Un análisis no es una prescripción. Un análisis es una descripción de los elementos que componen una realidad compleja y de las relaciones que dichos elementos guardan entre sí y con la realidad compleja de la que forman parte.
Como un análisis no es prescriptivo no es posible extraer de él reglas que sirvan para construir una nueva realidad. La actitud creativa requiere una visión más sintética que analítica.
La impotencia de toda preceptiva radica en la esterilidad de pensar que una disección analítica de una realidad puede entregarnos el secreto de su construcción. Podrá ayudarnos sin duda, pero el aspecto creativo escapará siempre a un ejercicio de mero análisis.
El acto de creación requiere una visión intuitiva y anticipada de una realidad todavía no existente. El acto de traer al ser dicha realidad es el acto creativo por excelencia, y en él no está presente todavía el análisis.
El análisis es fecundo en lo que se refiere a reconocer los elementos de una determinada realidad pero no es fértil para crear esa realidad.
La actitud didáctica suele prestar más atención al momento analítico por cuanto este es más fácil de ser enseñado. Siempre es menos dificultoso enseñar lo que es fácil de reconocer. La didáctica, por el contrario, siempre tendrá más dificultad en orden a transmitir el aspecto creativo. La dificultad está en la propia naturaleza del hecho. Bien mirado, no es enseñable de una forma directa. Se podrá estimular el mismo, se podrá favorecer la condición más adecuada para su surgimiento, pero en sentido estricto no se podrá enseñar nunca.
En lo que se refiere a la recepción también la actitud meramente analítica muestra insuficiencias. La capacidad de recepción está en cierto modo ligada también con una disposición más sintética que analítica. Apreciamos aquello que anticipadamente ya intuimos. El análisis es un momento secundario tanto en sentido temporal como en sentido valorativo.
Nadie aprende a apreciar una realidad compleja por simple análisis. Primero ha de venir el gozo ante tal realidad y posteriormente el análisis para ahondar en su conocimiento. Aquí se tropieza con la misma dificultad que en el caso de la creación: lo que se puede enseñar con más facilidad, el componente analítico, no es una realidad fundamental sino derivada.
Desde el punto de vista de la realidad misma, los componentes que resultan de la división analítica no tienen realidad efectiva sino realidad virtual. El análisis descompone una realidad en partes pero lo hace de una manera mental, y por ello, esas partes cobran existencia en tanto que son objeto de nuestra atención.
Tomar las partes resultantes del análisis como elementos efectivamente existentes y tratar de buscar en dichos elementos los fundamentos de cualquier ulterior construcción lleva a un marco de paradoja y absurdo, parecido en el fondo a aquellas paradojas que nos mostraban los antiguos cuando dividían cualquier segmento en infinitas partes actual y efectivamente existentes negándose con ello a poder explicar de manera cabal la realidad del movimiento, que quedaba relegado a algo engañoso y falto de auténtica verdad. El resultado de una división no es un átomo de mínima realidad que permita una progresión auténtica. De divisiones mentales resultan realidades virtuales.
Cierto es que el creador ha de traer su obra al ser en un tiempo sucesivo y por tanto, ha de proceder por pasos y ha de ser capaz de ensamblar en una globalidad partes que en un momento han estado separadas. La idea con la que obra ha de ser, no obstante, total, aunque sea de manera intuitiva y apenas barruntada. El éxito vendrá dado por la capacidad de hacer desaparecer las junturas y ello se logrará en la medida en que se imponga la impresión dominante de la plasmación de la totalidad y no la sensación del proceso terreno de ensamblaje de las piezas. Para que ello ocurra se ha de conseguir que el oficio con el que se ejercita dicho ensamblaje quede oculto de tal manera que desaparezca el efecto de composición y en su lugar aparezca el efecto de evocación de algo que se imponga como necesario en su propia realidad. Es preciso que la obra aparezca ante el receptor como algo descubierto más que como algo inventado. La invención será tanto más feliz cuanto menos muestre su carácter de invención.
El academicismo es el contradictorio fruto estéril de la enseñanza analítica. Se transmite lo que se puede transmitir, lo más externo y superficial, la manera pero no se enseña lo que bien mirado no se puede enseñar, si acaso suscitar y favorecer, es decir, la creatividad.
Con todo, no es despreciable la dimensión analítica, en tanto en cuanto no es despreciable nunca el oficio, el saber hacer. Con el dominio del oficio se limitan los pasos en falso y los caminos sin salida, pero el simple oficio, si no va dirigido y gobernado por un auténtico poder creativo, dará si acaso una obra correcta, pero nunca una gran obra.
El oficio sin creatividad da una obra académica, de escuela. La creatividad sin oficio da una obra insuficiente en lo referente a su coherencia.. El oficio y la creatividad reunidos dan la gran obra, la obra lograda.
Sin el oficio del artesano no se puede lograr la obra pero sin olvidar al artesano que hay detrás no puede aparecer esta con la apariencia de lo necesario. Tras la obra hay siempre un demiurgo pero esta, la obra, debe aparecer como autosuficiente y necesaria, al modo de un universo panteísta. El “teísmo” que subyace debe sucumbir ante el “panteísmo” en su apariencia de necesidad implacable. Sin la “injusta” derrota del artesano no podrá imponerse la dimensión de necesidad que tiene la cosa descubierta frente a la dimensión de contingencia de toda cosa fabricada.


lunes, 28 de octubre de 2013

CONSTITUCIONES E HISTORIA.


Afirmaba el historiador Javier Tusell que toda constitución monárquica era una constitución histórica. Al plasmar tal matización, Javier Tusell estaba dando validez a una distinción entre dos tipos posibles de constitución: la que se apoyaba en la historia y la que se fundaba en valores estrictamente universalistas y racionales.
Si aceptamos la distinción entre dos tipos de constitución, será menester encontrar el hecho diferencial, la diferencia específica que permita distinguir a tales tipos de constitución. Será necesario, por tanto, ver qué hecho es el que marca la diferenciación entre un tipo de constitución u otro.
Mi forma de ver la distinción sostiene que no cabe establecer tal distinción como algo basado en un hecho real, sino que es preciso, para entender tal distinción, recurrir a la teoría de los tipos ideales.
Para tratar de aclarar en la medida de lo posible mi posición debemos acercarnos a ver qué entendemos hoy día por constitución. 
En nuestro actual marco normativo, y en los países próximos a nosotros se entiende actualmente por constitución la ley suprema, la ley de leyes, la más alta instancia legislativa por encima de la cual no podemos encontrar una instancia mayor. Este primer enfoque es meramente negativo y recuerda a una de las formas en que los gramáticos han encerrado su definición de oración: unidad lingüística dotada de significación y que no está incluida en una unidad lingüística mayor. Tanto en el ámbito jurídico y político de lo constitucional como en el ámbito gramatical, la definición negativa es una de las formas de referirse a la noción de autosuficiencia.
Esta noción de autosuficiencia está ya muy presente desde los clásicos del pensamiento en general y del pensamiento político en particular: el nombre de Aristóteles surge fácilmente al abordar estas cuestiones. Piénsese en su noción negativa de sustancia ( frente al accidente que sí que puede inherir en una sustancia ) o en su tratamiento de la ciudad o polis ( caracterizada por ser el extremo de la autosuficiencia ).
En los modernos ( Bodino ) se añade a este aspecto negativo en principio una noción fuerte, la de soberanía .Tengamos en cuenta con todo que la connotación negativa sigue muy presente cuando utilizamos términos de uso tan frecuente como los de independencia.
En el caso concreto que nos ocupa, que es el de las constituciones, nos vemos llevados por un proceso de fundamentación ascendente en cuanto al rango de las normas, proceso que culmina precisamente en la constitución propiamente dicha. El entramado normativo se nos aparece a un primer golpe de vista como un sistema trabado, coherente y jerarquizado. En cuanto nos situamos en el aspecto de jerarquización nos vemos conducidos de una manera inevitable a la noción de rango,y a su vez, para poder determinar el rango de las distintas normas y disposiciones debemos recurrir a la noción de fundamentación. Una determinada norma, disposición, decreto o ley obtiene su fundamentación de una norma de rango superior. Para detener el proceso de fundamentación, es decir, para cerrarlo y no entrar por ello en un regreso infinito,debemos encontrar una buena razón. Es justo aquí donde nos aparece el sentido habitual de ley suprema, ley de leyes o constitución. La constitución ha de tener unas muy especiales características que justifiquen sin fisuras su alto y autosuficiente puesto. Tanto es así, que los juristas y los historiadores reservan el poder de dar, de establecer una constitución en el ámbito moderno, a partir de la Revolución francesa al poder constituyente.
La noción de poder constituyente es una de las más delicadas que se nos pueden aparecer tanto en el ámbito histórico como en el político y jurídico. Junto con la noción de poder constituyente aparece también la relación entre el constituyente y lo constituido. Tratar de entender dicha relación nos sitúa de pleno en las aporías a las que se ve llevada toda teoría basada en el pacto social, ya sea en sus manifestaciones clásicas como las de Hobbes, Locke, Rousseau y en cierto modo Kant, como en su tratamiento más contemporáneo como en Rawls, Kelsen en cierta medida y en la problemática universalista de Habermas y Apel.
El hecho de que demos por supuesto que hay un poder constituyente con capacidad y eficacia para generar una constitución parece encerrar un planteamiento de fundamentación circular. Para que el poder constituyente pueda actuar hay que dar por sentada de momento la existencia y clara delimitación de un territorio sobre el que dicho poder resulte legítimo. Ese territorio no puede emanar del constituyente sino que se ha de admitir su vigencia previa. Ahora bien, esa vigencia previa , si no puede ser la emanación de la constitución, habrá de ser necesariamente consecuencia de la contingencia histórica. Esta afirmación no plantea serios problemas a nadie que tenga familiaridad y afición hacia los estudios históricos, pero sí que resulta problemática para el constitucionalista y para el firme partidario de fundamentar la constitución y la convivencia política desde un marco exclusivamente universalista y alejado de cualquier comunitarismo .El universalista estricto, si quiere ser férreamente coherente con sus premisas, habrá de abogar por una ciudadanía universal,pero no podrá, sin contradicción, abogar por la pervivencia del estado-nación y a la vez fundar tal estado-nación en premisas universalistas. La Revolución francesa fue revolución, pero también fue francesa.
La anterior consideración va dirigida a señalar los límites que el constituyente tiene y por lo tanto, apunta a que ciertos aspectos son constituidos por el constituyente y ciertos otros son simplemente reconocidos. Con ello retomamos la matización inicial de Javier Tusell sobre el carácter histórico de toda constitución monárquica. Sin duda, el historiador Tusell estaba aludiendo a que ninguna constitución monárquica supera el carácter doctrinario que tuvieron la mayor parte de las constituciones del s.XIX. De hecho, en las constituciones españolas, como las de 1837, 1845 y también en la de 1876 se habla de que la potestad de hacer las leyes reside en las cortes con el rey. Es sabido cómo en este marco cobra sentido la afirmación de Canovas de que el rey jura la constitución no para ser rey sino precisamente por serlo, es decir, que su ser rey escapa del poder del constituyente, su ser rey cobra sentido de la historia, no de la Constitución. El planteamiento de Tusell parece sugerir que otro tipo de constitución, y en este sentido sólo puede tratarse de una constitución republicana, escaparía a ese carácter histórico.
No obstante, una constitución republicana seguiría teniendo carácter histórico. Lo único en lo que superaría en la dimensión historicista a la constitución monárquica radicaría en el distinto tipo de racionalidad en cuanto a la forma de elegir al jefe del estado,en una racionalidad de carácter legal-racional frente a una manera de elegir basada en la tradición, pero en todo lo demás no superaría dicho carácter histórico, pues seguiría siendo heredera de las teorías del pacto social por un lado y por otro, mientras no se supere el actual marco histórico, dicha constitución seguiría teniendo a su base un factun histórico por naturaleza cual es el del reconocimiento de una nación previa que es la que se dota de una constitución, dado que una constitución no puede crear una nación, sino que deriva de ella.
Cuando se plantea un conflicto de tipo secesionista, en el cual un número significativo de habitantes de un determinado territorio se muestra disconforme con su pertenencia a un estado mayor y aboga por la independencia de tal territorio, surge de manera inevitable un conflicto entre la legitimidad del sujeto constituyente actual y la legitimidad del sujeto que se quiere constituir. Si la salida a tal conflicto se plantea en términos se referendum para votar entre la independencia del territorio o el mantenimiento del statu quo,se puede realizar tal consulta atendiendo a dos criterios:
1- Dando el derecho a participar a todos los ciudadanos, incluyendo a los de territorios ajenos al deseo de independencia.
2- Dando el derecho a participar de manera exclusiva a los ciudadanos de aquel territorio donde se ha planteado la demanda.
Si se opta por la primera opción, los ciudadanos del territorio en el que se plantea el conflicto considerarán que se está dotando del derecho a participar a habitantes ajenos a los que ellos entienden como pertenecientes a su verdadera nación.
Si se opta por la segunda opción, los ciudadanos del resto del territorio considerarán que se está anticipando el resultado de la demanda pues un pueblo al que se le da el derecho de decidir o no su pertenencia a un estado es ya de hecho independiente como sujeto político.
En el primer caso, los ciudadanos partidarios de la secesión consideran que se da voto a personas ajenas al sujeto político que ellos quieren constituir.
En el segundo caso, los ciudadanos del sujeto político efectiva y actualmente existente considerarán que se da derecho a un territorio particular a determinar las características del todo actual y efectivamente constituido puesto que una secesión por fuerza crea un estado nuevo pero en el mismo acto altera las características del viejo sin que los ciudadanos de este último puedan pronunciarse como tales.
En situaciones de clara opresión la opción secesionista puede tener a su favor un añadido de legitimidad al poder revestirse la reclamación de un sentido emancipatorio. En situaciones de tipo democrático el problema se torna irresoluble de acuerdo con cualquier criterio de decisión. En la disputa acerca del sujeto político legitimado para decidir aparece una imagen de muñeca rusa por la que hay que optar despreciando en la elección de forma forzosa a cualquiera de las muñecas de mayor o menor tamaño.
Como se puede ver, no es posible escapar en uno u otro sentido a la circularidad del planteamiento.
La creación o desaparición de estados hunde sus raíces en la historia y tratar de resolverlo por medios únicamente constitucionales resulta ineficaz toda vez que el hecho constituyente pretende ser autosuficiente pero no lo es.
Cuando Kelsen habla de hecho normativo al referirse a la ley fundamental está apuntando a una consideración bastante certera.

Son los hechos los que crean normas en el ámbito de la historia y no al revés. La historia constituye el marco donde se plasma de una manera más clara la llamada falacia naturalista.

domingo, 20 de octubre de 2013

LÓGICA DE LA EXCLUSIÓN.

Hace ya bastantes años, en el tiempo en que yo era estudiante, se podía ver en una calle del centro de Madrid próxima al rastro una pintada de gran tamaño escrita en una pared que rezaba: “El hombre que no cree en Dios no es hombre”.
Siempre me llamó la atención la profunda incoherencia de la frase, pues si admitimos que el hombre que no cree en Dios no es hombre. ¿cómo puede haber algún hombre que no crea en Dios, incluido aquel de la pintada al cual se le negaba la condición humana?
La pintada no es más que un caso curioso de algo mucho más grave: la irracionalidad que toda lógica de la exclusión lleva consigo.
Cuando negamos la condición humana a toda aquella persona que tiene una manera distinta de ver la realidad a la que nosotros tenemos no sólo estamos atentando contra el más elemental derecho a la libertad de pensamiento sino que estamos partiendo de una lógica absurda. Podemos oponernos a los pensamientos de alguien pero no debemos negar nunca la condición humana de aquel con el que discrepamos. Si así hacemos, no sólo cerramos el ámbito de la convivencia sino que ignoramos un hecho tan sencillo como el de que cuando descalificamos y censuramos  a alguien, hasta el punto de negarle la condición humana, estamos en ese mismo momento reconociendo, aunque de forma torpe, tal condición.
Está claro que nadie censuraría a un perro o un gato por sus creencias. También está claro que nadie censuraría a su vecino por tratar a su perro como a un animal.
El hombre sí que puede tratar a sus semejantes como a animales, precisamente porque no lo son. La historia está llena de ejemplos dramáticos de tal barbarie, y no olvidemos que en el origen de tales desastres siempre se empezó por negar la condición humana de aquellos que finalmente acabarían sucumbiendo a la dominación de los fanáticos.