domingo, 8 de diciembre de 2013
domingo, 1 de diciembre de 2013
LÓGICA PARLAMENTARIA Y LÓGICA ACADÉMICA.
Voy
a reflexionar acerca de las diferencias que cabe establecer entre una discusión
académica y una discusión parlamentaria.
La
exposición adquiere, por la propia lógica de los hechos, un carácter dicotómico
que solo puede ser entendido si admitimos la vigencia de los llamados por Max
Weber tipos ideales. Es evidente que
en la realidad cotidiana los hechos nunca se presentan con la claridad
característica con que toda explicación debe intentar plasmarlos.
Toda
discusión parlamentaria produce siempre una sensación ambivalente a quienes la
presencian.
El
debate entre personas es algo característico. El mismo puede tener distintas
finalidades: la cooperación para un fin beneficioso para la especie, o para un
grupo de individuos ( una conjura ). No obstante, en la realidad práctica,
donde prima la urgencia, el debate suele estar limitado y lo que se impone es
la sumisión hacia alguien que ejerce el mando.
La
discusión y el debate se suelen dar más en el ámbito de la ciencia y del
conocimiento. Mediante el mismo se abren nuevos caminos y se descubren nuevas
verdades.
La
discusión y el debate también son característicos de toda asamblea política y en especial de las asambleas
legislativas. No obstante, la lógica que preside un debate académico y uno
político difiere en importantes aspectos.
En
una discusión parlamentaria se dirimen intereses. En una discusión académica se
trata de avanzar hacia la verdad.
Lo
propio de la democracia, en contra de lo que se suele suponer, no es ni la
elección ni la votación, es la deliberación.
La
deliberación también es propia de una discusión académica.
Una
votación es siempre una concesión que la racionalidad ha de hacer a la
contingencia de las circunstancias. Una votación cierra una discusión con un
resultado obtenido por la regla de la mayoría. El resultado expresa en cada
momento una correlación de fuerzas. No expresa la verdad ni lo puede hacer.
Una
discusión académica puede llegar a resultados, pero en tal tipo de discusión es
más frecuente el intento de obtener un consenso que el recurso a zanjar la
discusión mediante una votación.
La
elaboración de una ley por el procedimiento de la regla de las mayorías
encierra en sí una fuerza de tipo estadístico. Su legitimidad viene dada por la
corrección formal con que ha sido establecida.
Una
votación es siempre un fracaso de la racionalidad, si bien se trata de un
fracaso necesario y constitutivo. Es imposible un proceso de deliberación
llevado al infinito. La votación es el nudo
gordiano que hace posible y fértil la labor de un parlamento como órgano
legislativo. Un parlamento que debatiera sin límite y nunca zanjara la
discusión mediante votación sería estéril en lo más propio de su labor, pues su
finalidad intrínseca es la elaboración de la ley.
La
discusión académica tiene otras miras. En este ámbito de lo que se trata es de
encontrar, descubrir una nueva verdad, no de fabricar ni crear nada.
La
ley se crea, se produce, se elabora. La verdad se descubre. La discusión en
este ámbito académico no se interrumpe nunca. El diálogo se prolonga a través
de los siglos, en una aproximación asintótica a una verdad siempre supuesta
pero nunca encontrada. La suposición de verdad mueve sin ser conocida, es un
presupuesto de la racionalidad, previo a toda discusión y que se da por
admitido de manera implícita desde el momento en que dos o más personas se
ponen a debatir y discutir sobre cualquier asunto.
La
ley elaborada en un parlamento rige comportamientos de personas e instituciones
y lo hace de acuerdo con ciertos intereses, en el que podríamos llamar contexto de descubrimiento. En el contexto de justificación toda ley gusta
de presentarse como expresión del interés
general. Aquí es donde aparece el aspecto de ficción que toda discusión parlamentaria tiene.
El
aspecto de ficción de la discusión parlamentaria deriva de la dialéctica entre
partido ( interés, parcialidad ) y voluntad general. La discusión se establece
entre partidos que, de suyo, expresan un interés parcial, pero se dramatiza
como discusión entre individuos que tratan de encontrar la verdad a través de
tal discusión. Cuando el resultado, tras votación, se convierte en ley, es
representado como el fruto de una libre discusión en la que la fuerza del mejor
argumento se ha impuesto y ha hecho con ello posible sacar a luz una ley racionalmente
fundamentada.
Se
reproduce en este caso, a un nivel pragmático, la exigencia de universalidad
que de manera clásica exigió Kant de la máxima para que pudiera ser considerada
como ley universal.
La
parcialidad no puede atreverse a presentarse como tal si quiere mostrarse como
ley de cumplimiento obligatorio, pues un interés parcial exigido aparece
marcado de manera demasiado evidente con un carácter de fuerza que le resta
legitimidad como ley. La universalidad es su enmascaramiento, y para que tal
resulte eficaz es necesario que la discusión parlamentaria adopte la forma de
discusión académica. De esta manera, la ley no sólo se considerará como
consecuencia de la imposición de la mayoría sino como corolario necesario de la
discusión entre personas que buscan el bien común. Un bien ostensiblemente
parcial pierde eficacia. Un bien presentado como común se reviste de un halo de
sacralidad que lo dota de mayor virtualidad.
El
carácter de representación del debate parlamentario resulta mucho más claro
conforme la propia práctica parlamentaria va siendo dominada por la
organización partidista. En un parlamento de notables, como el que predominó en
el siglo XIX, la fuerte personalidad de los individuos que participaban en la
discusión dotaba a esta de una verosimilitud que facilitaba la función de
enmascaramiento del debate en orden a ocultar los intereses particulares que se
dirimían.
En
una asamblea de tipo corporativo, como las que se establecieron en Italia,
Portugal y España en el siglo XX, la estructura orgánica de tal representación
muestra de manera clara y sin confusión la concepción no igualitaria de la
sociedad y su carácter jerárquico.
En
un parlamento sometido a la organización de partidos políticos cada vez más
estructurados, el aspecto de representación de una discusión resulta cada vez
más descuidado.
Uno
de los elementos más importantes de los parlamentos modernos es la prohibición
que casi todas las constituciones plasman de que los parlamentarios estén
sometidos a mandato imperativo
alguno. La prohibición del mandato imperativo constituye el elemento formal que
permite mantener la ficción de un parlamento como una agrupación de hombres
libres que mediante la deliberación, y sin ninguna imposición exterior, tratan
de llegar a la mejor solución mediante el uso de los mejores argumentos. La
prohibición del mandato imperativo se mantiene de manera formal, pero de manera
material se ve conculcada con la práctica de la llamada disciplina de voto. El parlamentario, de acuerdo con esta, votará
lo que le ordene su jefe de grupo, por tanto, no se comportará como
personalidad independiente que vota en función de la convicción del mejor
argumento, sino como miembro de partido que obedece unas directrices. El militante sustituye al parlamentario en la práctica cotidiana.
El debate en sí, es una ficción, pues el resultado se puede calcular atendiendo
al número de votos de que cada grupo disponga. El interés del debate es nulo,
pues no se da ninguna interacción comunicativa entre los que participan en el
mismo. El gesto y, cada vez más, los malos modos, se imponen sobre una
argumentación que se torna innecesaria. El ruido quiere mantener una atención
que de forma natural ya no se sostiene. Las decisiones están tomadas en otro
lugar y la cámara se transforma en un simple registro. El órgano de la
soberanía se va convirtiendo en tan decorativo como lo empezaron a ser en su
momento los monarcas constitucionales.
Toda
ficción, en el terreno de la organización política, es un reconocimiento de la
superioridad de aquello que se quiere hacer aparecer como existente y por
tanto, encierra en sí misma un doble carácter:
Ø De engaño, o enmascaramiento.
Ø De ideal que se debe perseguir.
El
primer aspecto es el carácter ideológico (en su sentido de conciencia falsa,
engañosa y no en su sentido propositivo ) que la ficción presenta. Se quiere
intentar que una determinada realidad aparezca dotada de unas características
que no tiene, pero en ese engaño va ya implícito el reconocimiento de la
superioridad que la realidad aparentada tendría, caso de ser existente, sobre
la realidad actual y efectiva.
El
segundo aspecto va unido al primero. Toda plasmación no lograda, como por
ejemplo, un debate de ideas, sigue siendo un ideal que orienta lo que debiera
ser toda discusión.
Bajo
la ficción de una asamblea de hombres libres que, mediante el uso de su razón y
orientados por el bien común tratan de descubrir
cual debiera ser la mejor opción subyace una implícita creencia de que existe
un orden ideal que debe ser plasmado, y antes de ello, encontrado, descubierto
y no inventado.
No
es tan fácil como parece establecer una diferencia radical entre convención y naturaleza tal como parece que los primeros sofistas trataron de
establecer.
Tampoco
parece fácil establecer un corte radical entre las posiciones positivistas y
las de derecho natural. La pretensión de todo derecho positivo es la de
aparecer como algo que se desprende de manera radical de la razón. Admitir la
fuerza de la ley en su simple positividad, libre de cualquier otro valor,
resulta demasiado expuesto para la propia ley, pues en su desnuda parcialidad
resulta demasiado evidente su carácter de hecho, de fuerza, sin que resulte
bastante a superar dicho carácter el incidir en la corrección formal con la que
ha sido establecida.
La
igualdad formal que caracteriza a las modernas sociedades oculta en su seno la
desigualdad material que las constituye. Nuestra forma de argumentar está más
acostumbrada a captar y pensar las representaciones formales que las realidades
materiales y de ahí que resulte fácil el engaño acerca de las instituciones que
reflejan una determinada sociedad.
domingo, 24 de noviembre de 2013
DE GORDOS Y FLACOS.
La
actual dictadura de la salud ha hecho que, sin duda, muchas personas cambien
sus hábitos para bien. Nunca habrá que lamentarse por ello.
Nadie
negará que la persona que ha dejado de fumar o la que ha abandonado sus
costumbres sedentarias y las ha sustituido por un sano ejercicio hayan tomado una decisión correcta y saludable.
Existe
un colectivo, no obstante, que ha tenido que sufrir en sus carnes, abundantes
por demás, los ataques más furibundos y los reproches más despiadados acerca de
su estado: el de los gordos.
Contra
los gordos parece que todo está permitido. Desde la escuela hasta el trabajo,
el gordo ha de soportar con paciente resignación la burla de sus compañeros más
delgados. Tal parece como si su abundante volumen fuera una invitación a lanzar
dardos sobre un blanco en el que es difícil errar.
Cuando
el gordo llega a casa no será raro que, si sintoniza cualquier programa de
radio o televisión, se encuentre con algún especialista en dietética que le
aconseje radicales y traumáticos cambios en su estilo de vida para que mejoren
tanto su salud como su figura (que el especialista en dietética y nutrición
suela ser un tipo que está de buen año es un misterio del que ahora no me voy a
ocupar).
Dentro
de la crueldad que los tipos asténicos y esquizoides muestran a los
pícnicos quizá se encuentre una oculta y
poco evidente verdad: los gordos viven más que los flacos.
Se
me dirá que casi todo el mundo afirma que la obesidad no es buena para la
salud, que comporta importantes riesgos tanto para el corazón como para otro
tipo de enfermedades y que, por tanto, la esperanza de vida de un gordo se
puede ver comprometida.
Las
advertencias anteriormente formuladas, sin ser falsas, sí que son parciales
pues olvidan que en el mundo en que vivimos estamos claramente circunscritos a
una dimensión espacio-temporal. El espacio y el tiempo son dos dimensiones sin
las cuales no podemos entender ni concebir nuestro mundo. Ambas tienen idéntica
jerarquía. Kant las denominó formas a
priori de la sensibilidad. Dar más importancia a una de ellas en detrimento
de la otra constituye un acto de flagrante discriminación.
Si
atendemos a la anterior reflexión se podrá entender la razón de que afirme que
los gordos viven más. Viven más pues con su volumen llenan más espacio y por
tanto llenan de vida un espacio que de lo contrario estaría dominado por la
materia inerte.
Una
persona que viva 90 años vive a lo largo ( dimensión temporal ).
Una
persona rellenita y holgada vive a lo
ancho ( dimensión espacial).
Del
primero quizá podamos decir que tuvo una larga vida pero del segundo podemos
decir con la misma contundencia que tiene una ancha vida, y además, la tiene de
forma actual y plena, pues la posee toda ella en un presente efectivo y
glorioso. El futuro es incierto pero el presente siempre es cierto y
contundente.
Enhorabuena
pues a los gordos. De ahora en adelante podréis mostrar con orgullo vuestra
abundante y generosa carnalidad, felices en vuestra abundancia corporal sin que
os importen las burlas resentidas de gentes que viven menos pues ocupan menos y
que en cuanto a la duración de la vida solo cuentan con la incierta esperanza
del futuro.
sábado, 23 de noviembre de 2013
DE POLÍTICOS Y MEMORIAS.
Proliferan
estos días en las estanterías de novedades de las librerías los libros en los
que políticos que han ocupado importantes puestos en nuestra más reciente
historia cuentan o bien sus recetas para superar la crisis o bien sus memorias.
No
me parece mal que personas que han destacado por su posición en importantes
cargos escriban. Lo que no me parece tan bien es que escriban todos a la vez,
en las mismas fechas y presenten sus libros con el mismo aparato mediático.
La
lista es larga: Aznar, Felipe González, Pedro Solbes, y no hace mucho tiempo
Alfonso Guerra y José Bono.
Hay
no obstante un par de cosas que tengo claras: todos ellos, unos en mayor
medida, otros en menor, han sido partidarios muy sensatos de una política
económica de moderación salarial. Los
que gobernaron en época de bonanza nos decían siempre a los que no tenemos más
renta que nuestro salario que este debía ser moderado pues de lo contrario la
economía podía entrar en un periodo de espiral inflacionista. Los que lo han
hecho en época de crisis nos han dicho que, dada la atonía de la actividad
económica, no era posible ofrecer salarios altos, pues ello restaba
competitividad. Unos y otros, por tanto, han coincidido en algo que, por más
vueltas que le demos, se concreta en que hay que pagar poco a la gente. Unos y
otros han disfrutado de importantes salarios, por más que se han quejado de que
de no ser por su afán de servicio, podrían haber obtenido ingresos muy
superiores en otras actividades. Unos y otros han ocupado y ocupan puestos altamente
remunerados en importantes empresas.
En
resolución: como unos y otros han contribuido a que seamos más pobres y como la
vida, en todo caso, es breve, el tiempo que me quede y el dinero de que
disponga los dedicaré a comprar libros de personas que sepan escribir y desde
luego no voy a destinar un solo céntimo de euro para engordar la renta de
personas que ya tienen su futuro más que resuelto.
jueves, 7 de noviembre de 2013
LA MENTALIDAD ANALÍTICA.
Un
análisis no es una prescripción. Un
análisis es una descripción de los
elementos que componen una realidad compleja y de las relaciones que dichos
elementos guardan entre sí y con la realidad compleja de la que forman parte.
Como
un análisis no es prescriptivo no es posible extraer de él reglas que sirvan
para construir una nueva realidad. La actitud creativa requiere una visión más sintética que analítica.
La
impotencia de toda preceptiva radica
en la esterilidad de pensar que una disección analítica de una realidad puede
entregarnos el secreto de su construcción. Podrá ayudarnos sin duda, pero el
aspecto creativo escapará siempre a un ejercicio de mero análisis.
El
acto de creación requiere una visión intuitiva
y anticipada de una realidad todavía no existente. El acto de traer al ser
dicha realidad es el acto creativo por excelencia, y en él no está presente
todavía el análisis.
El
análisis es fecundo en lo que se refiere a reconocer
los elementos de una determinada realidad pero no es fértil para crear esa
realidad.
La
actitud didáctica suele prestar más atención al momento analítico por cuanto
este es más fácil de ser enseñado. Siempre es menos dificultoso enseñar lo que
es fácil de reconocer. La didáctica, por el contrario, siempre tendrá más
dificultad en orden a transmitir el aspecto creativo. La dificultad está en la
propia naturaleza del hecho. Bien mirado, no es enseñable de una forma directa.
Se podrá estimular el mismo, se podrá favorecer la condición más adecuada para
su surgimiento, pero en sentido estricto no se podrá enseñar nunca.
En
lo que se refiere a la recepción también
la actitud meramente analítica muestra insuficiencias. La capacidad de
recepción está en cierto modo ligada también con una disposición más sintética
que analítica. Apreciamos aquello que anticipadamente ya intuimos. El análisis
es un momento secundario tanto en sentido temporal como en sentido valorativo.
Nadie
aprende a apreciar una realidad compleja por simple análisis. Primero ha de
venir el gozo ante tal realidad y posteriormente el análisis para ahondar en su
conocimiento. Aquí se tropieza con la misma dificultad que en el caso de la
creación: lo que se puede enseñar con más facilidad, el componente analítico,
no es una realidad fundamental sino derivada.
Desde
el punto de vista de la realidad misma, los componentes que resultan de la
división analítica no tienen realidad efectiva sino realidad virtual. El análisis descompone una
realidad en partes pero lo hace de una manera mental, y por ello, esas partes
cobran existencia en tanto que son objeto de nuestra atención.
Tomar
las partes resultantes del análisis como elementos efectivamente existentes y
tratar de buscar en dichos elementos los fundamentos de cualquier ulterior
construcción lleva a un marco de paradoja y absurdo, parecido en el fondo a
aquellas paradojas que nos mostraban los antiguos cuando dividían cualquier
segmento en infinitas partes actual y efectivamente existentes negándose con
ello a poder explicar de manera cabal la realidad del movimiento, que quedaba
relegado a algo engañoso y falto de auténtica verdad. El resultado de una
división no es un átomo de mínima realidad que permita una progresión
auténtica. De divisiones mentales resultan realidades virtuales.
Cierto
es que el creador ha de traer su obra al ser en un tiempo sucesivo y por tanto,
ha de proceder por pasos y ha de ser capaz de ensamblar en una globalidad
partes que en un momento han estado separadas. La idea con la que obra ha de
ser, no obstante, total, aunque sea de manera intuitiva y apenas barruntada. El
éxito vendrá dado por la capacidad de hacer desaparecer las junturas y ello se logrará en la medida
en que se imponga la impresión dominante de la plasmación de la totalidad y no
la sensación del proceso terreno de
ensamblaje de las piezas. Para que ello ocurra se ha de conseguir que el oficio
con el que se ejercita dicho ensamblaje quede oculto de tal manera que
desaparezca el efecto de composición
y en su lugar aparezca el efecto de evocación
de algo que se imponga como necesario en su propia realidad. Es preciso que
la obra aparezca ante el receptor como algo descubierto
más que como algo inventado. La
invención será tanto más feliz cuanto menos muestre su carácter de invención.
El
academicismo es el contradictorio fruto estéril de la enseñanza analítica.
Se transmite lo que se puede transmitir, lo más externo y superficial, la manera pero no se enseña lo que bien
mirado no se puede enseñar, si acaso suscitar y favorecer, es decir, la
creatividad.
Con
todo, no es despreciable la dimensión analítica, en tanto en cuanto no es
despreciable nunca el oficio, el
saber hacer. Con el dominio del oficio se limitan los pasos en falso y los
caminos sin salida, pero el simple oficio, si no va dirigido y gobernado por un
auténtico poder creativo, dará si acaso una obra correcta, pero nunca una gran
obra.
El
oficio sin creatividad da una obra académica, de escuela. La creatividad sin
oficio da una obra insuficiente en lo referente a su coherencia.. El oficio y
la creatividad reunidos dan la gran obra, la obra lograda.
Sin
el oficio del artesano no se puede lograr la obra pero sin olvidar al artesano
que hay detrás no puede aparecer esta con la apariencia de lo necesario. Tras
la obra hay siempre un demiurgo pero esta, la obra, debe aparecer como autosuficiente
y necesaria, al modo de un universo panteísta. El “teísmo” que subyace debe
sucumbir ante el “panteísmo” en su apariencia de necesidad implacable. Sin la
“injusta” derrota del artesano no podrá imponerse la dimensión de necesidad que
tiene la cosa descubierta frente a la dimensión de contingencia de toda cosa
fabricada.
lunes, 28 de octubre de 2013
CONSTITUCIONES E HISTORIA.
Afirmaba el historiador Javier Tusell que toda constitución monárquica era una constitución histórica.
Al plasmar tal matización, Javier Tusell estaba dando validez a una distinción
entre dos tipos posibles de constitución: la que se apoyaba en la historia y la
que se fundaba en valores estrictamente universalistas y racionales.
Si aceptamos la distinción entre dos tipos
de constitución, será menester encontrar el hecho diferencial, la diferencia
específica que permita distinguir a tales tipos de constitución. Será
necesario, por tanto, ver qué hecho es el que marca la diferenciación entre un
tipo de constitución u otro.
Mi forma de ver la distinción sostiene que
no cabe establecer tal distinción como algo basado en un hecho real, sino que
es preciso, para entender tal distinción, recurrir a la teoría de los tipos
ideales.
Para tratar de aclarar en la medida de lo
posible mi posición debemos acercarnos a ver qué entendemos hoy día por
constitución.
En nuestro actual marco normativo, y en
los países próximos a nosotros se entiende actualmente por constitución la ley
suprema, la ley de leyes, la más alta instancia legislativa por encima de la
cual no podemos encontrar una instancia mayor. Este primer enfoque es meramente
negativo y recuerda a una de las formas en que los gramáticos han encerrado su
definición de oración: unidad lingüística dotada de significación y que no
está incluida en una unidad lingüística mayor. Tanto en el ámbito
jurídico y político de lo constitucional como en el ámbito gramatical, la
definición negativa es una de las formas de referirse a la noción de autosuficiencia.
Esta noción de autosuficiencia está ya muy
presente desde los clásicos del pensamiento en general y del pensamiento
político en particular: el nombre de Aristóteles surge fácilmente al abordar
estas cuestiones. Piénsese en su noción negativa de sustancia ( frente al
accidente que sí que puede inherir en una sustancia ) o en su tratamiento de la
ciudad o polis ( caracterizada por ser el extremo de la
autosuficiencia ).
En los modernos ( Bodino ) se añade a este
aspecto negativo en principio una noción fuerte, la de soberanía .Tengamos
en cuenta con todo que la connotación negativa sigue muy presente cuando
utilizamos términos de uso tan frecuente como los de independencia.
En el caso concreto que nos ocupa, que es
el de las constituciones, nos vemos llevados por un proceso de fundamentación
ascendente en cuanto al rango de las normas, proceso que culmina precisamente
en la constitución propiamente dicha. El entramado normativo se nos aparece a
un primer golpe de vista como un sistema trabado, coherente y jerarquizado. En
cuanto nos situamos en el aspecto de jerarquización nos vemos conducidos de una
manera inevitable a la noción de rango,y a su vez, para poder determinar
el rango de las distintas normas y disposiciones debemos recurrir a la noción
de fundamentación. Una determinada norma, disposición, decreto o ley
obtiene su fundamentación de una norma de rango superior. Para detener el
proceso de fundamentación, es decir, para cerrarlo y no entrar por ello en un regreso
infinito,debemos encontrar una buena razón. Es justo aquí donde nos aparece
el sentido habitual de ley suprema, ley de leyes o constitución. La
constitución ha de tener unas muy especiales características que justifiquen
sin fisuras su alto y autosuficiente puesto. Tanto es así, que los juristas y
los historiadores reservan el poder de dar, de establecer una constitución en
el ámbito moderno, a partir de la Revolución francesa al poder
constituyente.
La noción de poder constituyente es
una de las más delicadas que se nos pueden aparecer tanto en el ámbito
histórico como en el político y jurídico. Junto con la noción de poder
constituyente aparece también la relación entre el constituyente y
lo constituido. Tratar de entender dicha relación nos sitúa de pleno en
las aporías a las que se ve llevada toda teoría basada en el pacto social, ya
sea en sus manifestaciones clásicas como las de Hobbes, Locke, Rousseau y en
cierto modo Kant, como en su tratamiento más contemporáneo como en Rawls, Kelsen
en cierta medida y en la problemática universalista de Habermas y Apel.
El hecho de que demos por supuesto que hay
un poder constituyente con capacidad y eficacia para generar una constitución
parece encerrar un planteamiento de fundamentación circular. Para que el poder
constituyente pueda actuar hay que dar por sentada de momento la existencia y
clara delimitación de un territorio sobre el que dicho poder resulte legítimo.
Ese territorio no puede emanar del constituyente sino que se ha de admitir su vigencia
previa. Ahora bien, esa vigencia previa , si no puede ser la emanación de la
constitución, habrá de ser necesariamente consecuencia de la contingencia
histórica. Esta afirmación no plantea serios problemas a nadie que tenga
familiaridad y afición hacia los estudios históricos, pero sí que resulta
problemática para el constitucionalista y para el firme partidario de
fundamentar la constitución y la convivencia política desde un marco
exclusivamente universalista y alejado de cualquier comunitarismo .El
universalista estricto, si quiere ser férreamente coherente con sus premisas,
habrá de abogar por una ciudadanía universal,pero no podrá, sin
contradicción, abogar por la pervivencia del estado-nación y a la vez fundar
tal estado-nación en premisas universalistas. La Revolución francesa fue
revolución, pero también fue francesa.
La anterior consideración va dirigida a
señalar los límites que el constituyente tiene y por lo tanto, apunta a que
ciertos aspectos son constituidos por el constituyente y ciertos otros
son simplemente reconocidos. Con ello retomamos la matización inicial de
Javier Tusell sobre el carácter histórico de toda constitución monárquica. Sin
duda, el historiador Tusell estaba aludiendo a que ninguna constitución
monárquica supera el carácter doctrinario que tuvieron la mayor parte de las
constituciones del s.XIX. De hecho, en las constituciones españolas, como las
de 1837, 1845 y también en la de 1876 se habla de que la potestad de hacer las
leyes reside en las cortes con el rey. Es sabido cómo en este marco cobra
sentido la afirmación de Canovas de que el rey jura la constitución no para ser
rey sino precisamente por serlo, es decir, que su ser rey escapa del poder del
constituyente, su ser rey cobra sentido de la historia, no de la Constitución.
El planteamiento de Tusell parece sugerir que otro tipo de constitución, y en
este sentido sólo puede tratarse de una constitución republicana, escaparía a
ese carácter histórico.
No obstante, una constitución republicana
seguiría teniendo carácter histórico. Lo único en lo que superaría en la
dimensión historicista a la constitución monárquica radicaría en el distinto
tipo de racionalidad en cuanto a la forma de elegir al jefe del estado,en una
racionalidad de carácter legal-racional frente a una manera de elegir basada en
la tradición, pero en todo lo demás no superaría dicho carácter histórico, pues
seguiría siendo heredera de las teorías del pacto social por un lado y por
otro, mientras no se supere el actual marco histórico, dicha constitución
seguiría teniendo a su base un factun histórico por naturaleza cual es
el del reconocimiento de una nación previa que es la que se dota de una
constitución, dado que una constitución no puede crear una nación, sino que
deriva de ella.
Cuando se plantea un conflicto de tipo
secesionista, en el cual un número significativo de habitantes de un
determinado territorio se muestra disconforme con su pertenencia a un estado
mayor y aboga por la independencia de tal territorio, surge de manera
inevitable un conflicto entre la legitimidad del sujeto constituyente actual y
la legitimidad del sujeto que se quiere constituir. Si la salida a tal
conflicto se plantea en términos se referendum para votar entre la
independencia del territorio o el mantenimiento del statu quo,se puede
realizar tal consulta atendiendo a dos criterios:
1- Dando el derecho a participar a todos
los ciudadanos, incluyendo a los de territorios ajenos al deseo de
independencia.
2- Dando el derecho a participar de manera
exclusiva a los ciudadanos de aquel territorio donde se ha planteado la
demanda.
Si se opta por la primera opción, los
ciudadanos del territorio en el que se plantea el conflicto considerarán que se
está dotando del derecho a participar a habitantes ajenos a los que ellos
entienden como pertenecientes a su verdadera nación.
Si se opta por la segunda opción, los
ciudadanos del resto del territorio considerarán que se está anticipando el
resultado de la demanda pues un pueblo al que se le da el derecho de decidir o
no su pertenencia a un estado es ya de hecho independiente como sujeto
político.
En el primer caso, los ciudadanos partidarios de la secesión consideran que se da voto a personas ajenas al sujeto político que ellos quieren constituir.
En el segundo caso, los ciudadanos del sujeto político efectiva y actualmente existente considerarán que se da derecho a un territorio particular a determinar las características del todo actual y efectivamente constituido puesto que una secesión por fuerza crea un estado nuevo pero en el mismo acto altera las características del viejo sin que los ciudadanos de este último puedan pronunciarse como tales.
En situaciones de clara opresión la opción secesionista puede tener a su favor un añadido de legitimidad al poder revestirse la reclamación de un sentido emancipatorio. En situaciones de tipo democrático el problema se torna irresoluble de acuerdo con cualquier criterio de decisión. En la disputa acerca del sujeto político legitimado para decidir aparece una imagen de muñeca rusa por la que hay que optar despreciando en la elección de forma forzosa a cualquiera de las muñecas de mayor o menor tamaño.
En el primer caso, los ciudadanos partidarios de la secesión consideran que se da voto a personas ajenas al sujeto político que ellos quieren constituir.
En el segundo caso, los ciudadanos del sujeto político efectiva y actualmente existente considerarán que se da derecho a un territorio particular a determinar las características del todo actual y efectivamente constituido puesto que una secesión por fuerza crea un estado nuevo pero en el mismo acto altera las características del viejo sin que los ciudadanos de este último puedan pronunciarse como tales.
En situaciones de clara opresión la opción secesionista puede tener a su favor un añadido de legitimidad al poder revestirse la reclamación de un sentido emancipatorio. En situaciones de tipo democrático el problema se torna irresoluble de acuerdo con cualquier criterio de decisión. En la disputa acerca del sujeto político legitimado para decidir aparece una imagen de muñeca rusa por la que hay que optar despreciando en la elección de forma forzosa a cualquiera de las muñecas de mayor o menor tamaño.
Como se puede ver, no es posible escapar
en uno u otro sentido a la circularidad del planteamiento.
La creación o desaparición de estados
hunde sus raíces en la historia y tratar de resolverlo por medios únicamente constitucionales
resulta ineficaz toda vez que el hecho constituyente pretende ser
autosuficiente pero no lo es.
Cuando Kelsen habla de hecho normativo al
referirse a la ley fundamental está apuntando a una consideración bastante
certera.
Son los hechos los
que crean normas en el ámbito de la historia y no al revés. La historia
constituye el marco donde se plasma de una manera más clara la llamada falacia
naturalista.
domingo, 20 de octubre de 2013
LÓGICA DE LA EXCLUSIÓN.
Hace
ya bastantes años, en el tiempo en que yo era estudiante, se podía ver en una
calle del centro de Madrid próxima al rastro una pintada de gran tamaño escrita
en una pared que rezaba: “El hombre que no cree en Dios no es hombre”.
Siempre
me llamó la atención la profunda incoherencia de la frase, pues si admitimos
que el hombre que no cree en Dios no es hombre. ¿cómo puede haber algún hombre
que no crea en Dios, incluido aquel de la pintada al cual se le negaba la
condición humana?
La
pintada no es más que un caso curioso de algo mucho más grave: la irracionalidad
que toda lógica de la exclusión lleva consigo.
Cuando
negamos la condición humana a toda aquella persona que tiene una manera
distinta de ver la realidad a la que nosotros tenemos no sólo estamos atentando
contra el más elemental derecho a la libertad de pensamiento sino que estamos
partiendo de una lógica absurda. Podemos oponernos a los pensamientos de
alguien pero no debemos negar nunca la condición humana de aquel con el que
discrepamos. Si así hacemos, no sólo cerramos el ámbito de la convivencia sino
que ignoramos un hecho tan sencillo como el de que cuando descalificamos y
censuramos a alguien, hasta el punto de
negarle la condición humana, estamos en ese mismo momento reconociendo, aunque
de forma torpe, tal condición.
Está
claro que nadie censuraría a un perro o un gato por sus creencias. También está
claro que nadie censuraría a su vecino por tratar a su perro como a un animal.
El
hombre sí que puede tratar a sus semejantes como a animales, precisamente
porque no lo son. La historia está llena de ejemplos dramáticos de tal
barbarie, y no olvidemos que en el origen de tales desastres siempre se empezó
por negar la condición humana de aquellos que finalmente acabarían sucumbiendo
a la dominación de los fanáticos.
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