lunes, 19 de enero de 2015

ERROR Y BELLEZA.


Escuchando recientemente una entrevista realizada al gran director de orquesta venezolano Gustavo Dudamel, al ser preguntado este po
r las imperfecciones que muchas veces se producen al interpretar una obra en público, deslizó como respuesta a tal interrogante una afirmación a la que apenas dio importancia pero que encierra una gran verdad: el error también forma parte de la belleza.

Gustavo Dudamel.


Gustavo Dudamel constataba un hecho que se puede producir en la ejecución de toda música en vivo: el fallo, la no adecuación de lo ejecutado a lo que en el ensayo se había planificado de manera concienzuda, y ese imprevisto, en principio no deseable, fue subsumido por él en la categoría de lo bello. Dudamel, al incluir el error en lo bello rompía con casi todas las ideas dominantes sobre lo que debe ser la belleza, pero se mostraba con ello en sintonía con el modo verdadero de hacer música.


Furtwaengler


La grabación en estudio soslaya cualquier imperfección, a diferencia de las grabaciones de una obra en vivo. Existe una grabación de la novena sinfonía de Beethoven correspondiente al año 1951 con ocasión de la reinauguración del teatro wagneriano de Bayreuth, a cargo del mítico director de orquesta Furtwaengler. Dicha grabación ha sido considerada como una de las mejores interpretaciones de las que consta registro de una obra ya recogida con generosidad en disco. Uno de los movimientos en los que el director estuvo en estado de gracia fue el tercero, adagio molto e cantabile. En el transcurso de la escucha de ese movimiento hay un momento en el que se aprecia con nitidez un fallo estrepitoso del trompa, que al hacer un salto de sexta ascendente da la última nota con una vacilación característica de un instrumento predispuesto al fallo como es la trompa. Nos podemos hacer idea de la zozobra que el instrumentista debió de experimentar en el momento concreto de la ejecución pero al cabo de los años tal fallo se ha convertido en legendario y no nos impide apreciar la belleza tanto de la música en sí como de su ejecución. El error del instrumentista, un hecho no deseable, imprevisto, es decir, un accidente, tanto en sentido musical como filosófico, pues emite un sonido vacilante no incluido en la partitura, se convierte por parte de los oyentes de esa versión en algo que, lejos de ser accidental, ha adquirido casi la categoría de algo estructural dentro del contexto de esa interpretación de 1951. La sublime interpretación lo es más por ser humana y el error nos muestra no solo una belleza olímpica sino una lucha por arrancar de la materialidad física del sonido algo que trasciende a su mero existir físico.


Rubinstein.



Pronto van a cumplirse cuarenta años desde que tuviera la ocasión de escuchar en el Teatro Real de Madrid al gran pianista polaco Rubinstein. A pesar de ser ya un hombre octogenario se presentó con un programa exigente: segundo concierto para piano y orquesta de Chopin y quinto concierto para piano y orquesta, emperador, de Beethoven. El ya anciano pianista tocó sin aspavientos innecesarios pero sus dedos ya fatigados por la edad no iban tan rápido como sí que seguía yendo su cabeza. Cometió errores, tocó notas falsas, pero resultó un concierto maravilloso, pues si bien el mecanismo del pianista estaba ya gastado, su musicalidad permanecía indemne. Fue un concierto lleno de errores y de belleza.


El banquete de Platón, por Parraga.

El Banquete de Platón nos habla de la belleza en sí, de algo que no es más o menos bello, sino de la belleza, es decir, de una idea. Lo curioso es que, a pesar de la intención personal de Platón, lo más “bello” del diálogo no es la manera en que el filósofo habla de la belleza sino la forma en que habla del amor. En el discurso que Platón pone en boca de Sócrates lo que más destaca es la forma en que el amor es desterrado del ámbito de lo divino: el amor no puede ser un dios porque es imperfecto, porque el amor es amor a algo que se desea,  el deseo muestra anhelo, por tanto carencia. Un ser perfecto no tendría carencias. Platón nos habla del amor a la belleza pero nos cautiva más el proceso ascensional del amor que la belleza en sí.
Quizá, todas estas disquisiciones no sean más que una equivocación con los términos que empleamos, pues si la música solo existe como proceso, está más próxima al anhelo que a la consumación y por tanto, más cerca del amor que de la belleza. La música solo existe mientras se hace, a diferencia de lo perfecto, que es algo que no se hace sino que es.

viernes, 2 de enero de 2015

VERDADES COMO PUÑOS.

Cuando alguien se jacta de decir “verdades como puños”, poniéndose a sí mismo como ejemplo de sinceridad y honestidad, está confundiendo dos ámbitos: el del conocimiento y el del boxeo, y está erigiendo a este último en árbitro supremo de decisión acerca de la verdad.
Quien afirma decir “verdades como puños” lo que en realidad defiende es el puñetazo como supremo argumento, algo que depende más de la fuerza  que de la neurona.
Con el puño se podrá vencer pero no convencer.
Algo de esta idea pugilística acerca de la verdad ha quedado plasmado en nuestra manera de enfocar un debate, pues siempre preguntamos al finalizar el mismo por quién ha ganado y quién ha perdido.
Si aceptamos que las verdades deben ser como puños estamos aceptando que la violencia es el único criterio de verdad. El resultado de tal planteamiento no puede ser otro que el de un torneo de gritos. Se intentará que el grito de uno se imponga al grito del otro, algo que más tiene que ver con la lucha animal por dominar el territorio que con el empeño racional en que nuestros argumentos se impongan por su mayor evidencia.
Algunos no son capaces de separar el pensamiento del músculo.
Las emisoras de radio y televisión cuentan en algún caso con especialistas en formar opinión a partir de su convicción de decir “verdades como puños”. La proliferación de contertulios que tratan de decir su verdad como puño da como resultado una cacofonía de la cual no resulta más que la confusión y el aturdimiento.
La evidencia no necesita de puños. Se impone con necesidad. Se muestra.
La satisfacción que algunos sienten al decir “verdades como puños” es una de la muchas maneras que ha adoptado la idea de que la propia convicción es suficiente criterio para sostener una opinión y que basta la sinceridad con que una opinión sea expuesta para garantizar la razón de la misma.
Muchos olvidan que la convicción y la sinceridad pueden en más de un caso ir unidas al disparate más grosero.
Convicción y sinceridad son condiciones necesarias para sostener una opinión, pero no son condiciones suficientes. Ambas han de rendirse ante el tribunal del la crítica, tribunal que no admite más fuerza que la del superior argumento.
Cuando alguien nos da un puñetazo y nos hace caer lo único que queda claro es la superioridad física de quien nos ha tumbado con su fuerza.
Cuando alguien nos muestra con argumentos que estábamos en un error, no nos vence, pues nunca se puede considerar derrotado a quien se ha dado cuenta de que hasta ahora estaba equivocado.





lunes, 15 de diciembre de 2014

VELOCIDAD AL VOLANTE.

Las autoridades de tráfico nos anuncian que, con motivo de la proximidad de las fiestas navideñas, van a organizar un dispositivo especial de vigilancia para evitar que se cometan excesos al volante.
Si los excesos se deben al abuso de bebidas alcohólicas está bien pensada y dispuesta la medida pero si de lo que se trata es de evitar el exceso de velocidad, no me parece que estén tan bien pensadas las medidas de disuasión.
Existe una general y, a mi modo de ver, injustificada animadversión hacia quienes se conducen con excesiva velocidad al volante. Tales personas han de sufrir acusaciones de imprudencia totalmente injustificadas desde cualquier punto de vista racional, porque, ¿ qué es ser imprudente?
Nadie que esté adornado de la virtud de la sensatez negará que llamamos imprudente a aquella persona que permanece más tiempo del estrictamente necesario expuesta a situaciones de peligro.
¿Son las carreteras peligrosas? Sí, ciertamente. Concedido este último punto, ¿ qué será más sensato, permanecer mucho tiempo en la carretera o estar en la misma el tiempo mínimo imprescindible? Cualquier persona con sentido común se decantará por esta última respuesta.
Pues bien, dado que todos concluimos que las carreteras son peligrosas y que, por ende, lo mejor es permanecer el mínimo tiempo en ellas, la forma de poder cumplir con esta última necesidad de una forma más racional y sensata será atravesar las mismas de la manera más rápida posible, esto es, a la mayor velocidad que nuestro vehículo permita.
El conductor que va a velocidad extremadamente rápida no hace más que rendir un homenaje a la virtud de la prudencia que merece el respeto que la carretera, dado su peligro, impone.
Lejos de perseguir a  tal conductor, habría que proponerlo como modelo de virtuoso al volante y no ensalzar, como hacemos habitualmente, al conductor que con su forma de manejar parsimoniosa se empecina en permanecer en un medio hostil y lleno de peligros.

viernes, 12 de diciembre de 2014

LA VOCACIÓN DE FRANCISCO DE BORJA.

Cuenta el padre Dionisio Vázquez, y siguiéndole a él la mayoría de biógrafos, en su Historia de la vida del padre Francisco de Borja  ( 1510-1572 ) cómo éste, siendo aún relevante miembro de la corte del emperador Carlos V, cumplió con el doloroso encargo que este último le encomendara de acompañar los restos mortales de la fallecida emperatriz Isabel desde Toledo hasta su entierro en la catedral de Granada y cómo Francisco de Borja, para cumplimentar  el trámite legal de certificar que el cuerpo que se entregaba era efectivamente el de la difunta emperatriz, se vio precisado a  abrir el féretro. Cuando Francisco de Borja constató el grado de descomposición que mostraba un rostro del que todo el mundo había admirado su belleza tomó la resuelta decisión de nunca más servir a señores que se le pudieran morir. La amarga reflexión que el entonces Marqués de Llombay formulara ante el triste espectáculo de la corrupción de la carne se fue transformando por efecto de la transmisión oral hasta alcanzar expresiones más patéticas, siendo la fórmula más consagrada aquella de nunca más servir a señores que en gusanos se convierten.

Emperatriz Isabel de Portugal, por Tiziano.



Fuera cual fuese la expresión que el marqués empleara en aquel momento, el hecho cierto es que se trata de un ejemplo clásico de reflexión acerca de la fugacidad de los bienes terrenales vertido claramente en un lenguaje señorial, propio de quien pertenecía a un importante linaje aristocrático, el de los Borja, el mismo que en Italia fue conocido como el de los Borgia.
Francisco de Borja, Marqués de Llombay, Duque de Gandía, virrey de Cataluña, había estado desde su mocedad al servicio del emperador y más en concreto al servicio de la emperatriz Isabel. Participó en todas las misiones que le encomendó el césar, tanto en la Corte como en la milicia. En brazos de Francisco de Borja  muere el poeta y caballero Garcilaso de la Vega de resultas de una herida sufrida en Francia, en las inacabables guerras entre Carlos V y Francisco I.


Garcilaso de la Vega.



El cambio de vida al que se vio abocado Francisco  de Borja estaba decidido, aunque su puesta en práctica tuviera que demorarse durante un tiempo. No era libre de alterar su situación personal y dedicarse al servicio de la Iglesia dada su condición de casado con una dama portuguesa, Leonor de Castro, con la que había tenido ocho hijos. A partir de cierto momento ambos cónyuges llegaron al acuerdo de no hacer vida marital y guardar la más estricta castidad. Sólo la muerte de su mujer le permitió llevar hasta el último extremo su compromiso de dedicar a Dios el resto de los días que le quedaran de vida.



Francisco de Borja cedió sus estados patrimoniales de Gandía a su hijo primogénito Carlos y se consagró a la Iglesia, ingresando en la Compañía de Jesús, recientemente fundada por otro hombre de armas, Ignacio de Loyola.
La decisión tomada por quien acabaría siendo Prepósito General de la Compañía de Jesús, y que en el siglo XVII subiría a los altares como San Francisco de Borja se inscribe en una tradición que, si no seguida de manera habitual. tampoco era rara en los ambientes cortesanos de la época. El propio señor temporal  a quien sirvió, el emperador Carlos V, cedió sus estados patrimoniales así como la corona del Sacro Imperio en los años finales de su vida y departió en su retiro de Yuste con Francisco de Borja cuando ya este era un miembro destacado de la Compañía de Jesús y el viejo emperador se había reducido a su condición de particular,  si bien conservando su enorme influencia.
La contraposición entre la fugacidad de los bienes materiales y lo imperecedero de los espirituales se inscribe en una larga tradición cristiana sostenida en su trabazón teórica por la tradición filosófica del platonismo.
También constituye un lugar clásico el hecho de la conversión personal o la decisión de imprimir un giro radical a la propia vida. Las personalidades que se comportan de tal manera tienen en Saulo y su conversión en un nuevo hombre, Pablo, un caso paradigmático.
Agustín de Hipona, en sus Confesiones describe de manera muy personal y rozando los límites del lenguaje la zozobra interior previa a la conversión definitiva. También San Agustín se afanó en la distinción entre dos ciudades.
Lo más significativo en la decisión de Francisco de Borja de cambiar de señor al que servir es lo que denota como síntoma más que lo que explícitamente contiene de compromiso. Toda la meditación interior está comprimida en una fórmula que se inscribe de lleno en el ámbito de la mentalidad aristocrática de quien así se pronuncia, mentalidad que, nunca cuestionada, acompañó a Francisco de Borja en su segunda navegación como hombre de iglesia.

Cardenal Mendoza.


La unión en un mismo hombre de las cualidades de la milicia y el servicio a la Iglesia en sus más altas jerarquías es un hecho frecuente en los siglos XV y XVI. En España tenemos un caso paradigmático en la figura del arzobispo de Toledo Carrillo, muy presente en las disputas dinásticas que surgieron en torno a la sucesión en el trono de Castilla de Enrique IV. También el cardenal Mendoza está adscrito al mismo linaje de prelados aristocráticos.
Un hombre nuevo, el cardenal Ximénez de Cisneros, no desdeñó las empresas bélicas, partiendo en su caso de un rigorismo no proveniente de la mentalidad militar y aristocrática sino de una estricta observancia de la religiosidad franciscana.

Cardenal Cisneros.


En el marco europeo es digna de ser reseñada la personalidad del papa Julio II, de la familia Della Rovere, en primer plano tanto en el altar, en el mecenazgo de las artes así como al frente de las tropas. Los papas León X y Clemente VII, ambos de la familia Medici aunaron su misión pontificia con sus particulares intereses, bastante profanos, por otra parte.
El caso de Francisco de Borja se asemeja en algunos aspectos pero difiere de manera notable en otros respecto de estos ejemplos.
Tiene hijos, como el cardenal Mendoza, pero nunca se ufanaría, como este último, de presentarlos en sociedad como pecados de juventud. Los hijos son consecuencia natural de su anterior compromiso.
En Francisco de Borja se da la vocación militar y la religiosa, pero ambas separadas por un acto consciente de renuncia a su anterior estatus. Cuando decide entrar en el sacerdocio, lo hace en la nueva orden de la Compañía de Jesús, renunciando a otras con más tradición, como los franciscanos.
En Francisco de Borja se dan dos estilos de vida, pero separados, nunca coincidentes. En su caso no hay lugar para el escándalo de la incoherencia, paradigmático de muchos prelados del Renacimiento. El asombro viene dado por la renuncia a los llamados bienes temporales de un hombre de su posición. En Francisco de Borja no hay hipocresía o cinismo, más bien asistimos a un itinerario personal, conscientemente asumido. Carrillo o Mendoza, con su contraste entre su ministerio y su modo de vida nos resultan atractivos como paradigmas de una época. Su atracción es la de quienes nos muestran una forma de actuación escandalosa pero usual. Francisco de Borja no se nos muestra con la luminosidad de un paradigma sino con la severidad de un ejemplo. En su manera de vivir hay más coherencia pero  tal coherencia se impone más con la fuerza de lo admirable que con el destello de lo escandaloso.

Ignacio de Loyola.



Lo destacable del itinerario de Francisco de Borja reside en que tanto en su primera vida como hombre de corte como en su segunda como destacado miembro de la Compañía de Jesús mantiene un mismo tipo de mentalidad, la del vasallo que sirve a su señor, en un caso con sus armas y en otro con sus oraciones; en un caso como soldado del emperador y en otro como soldado de Cristo; en un caso como servicio a lo terrenal, en otro como servicio a lo divino.
En Francisco de Borja se da un giro vital pero en lo más hondo de su ser no se da un cambio de mentalidad. Su actitud fue siempre la de alguien que creía firmemente en los ideales cortesanos, si bien estos ideales fueron servidos desde dos órdenes distintos. Borja transitó del mundo de los que luchan hacia el mundo de los que rezan, pero nunca discutió el marco social dentro del cual transcurrió su trayectoria. Describió con su vida un itinerario personal con una cesura de trascendencia entre un modo de vida y otro, pero no removió con su actitud ninguno de los cimientos de una sociedad cuyas estructuras nunca discutió.
El plástico lenguaje con el que se expresa la diferencia entre señores que se mueren y Señor que nunca muere y la coherente decisión de servir a este último dota a su determinación de un carácter de cálculo, que no por estar vertido hacia lo divino pierde su carácter de tal. Borja sirve a un señor que no muere y que, por otra parte, tiene una capacidad de recompensar inconmensurable con la de cualquier señor temporal. El servicio a ese nuevo señor puede ser recompensado con bienes eternos. El deservicio, que es como se denominaba en la época al hecho de no haber servido bien o haber incurrido en desgracia ante el señor, puede ser a su vez castigado de una manera que el más potente de los reyes terrenales no tendría nunca a su alcance.

Franciso de Borja.



La diferencia entre el vasallo y el señor es la diferencia entre la criatura y el creador, una diferencia infinita y una incapacidad constitutiva de merecer los bienes que del nuevo señor se obtengan de no mediar la gracia. Penitencia y oración son los solos medios que quedan al alcance del vasallo para tratar de obtener el premio de la salvación. El ejercicio y la acción no garantizan nada ante la omnipotencia divina. Calvino no está tan lejos como parece. Pelagio y Agustín apelan al mérito y a la gracia. Los protestantes se inspiran más en Agustín. Los católicos oficialmente también, pues Agustín es uno de sus padres y Pelagio es un heterodoxo, pero, religión romana al fin, no deja de estar presente un fondo de cálculo y mérito que si no puede forzar a Dios en su decisión, nos puede consolar al hacernos creer que seriamos dignos de merecer su gracia.
Francisco de Borja fue el soldado de un nuevo ejército, el de la Compañía de Jesús, puntal de una nueva batalla librada esta vez no entre reyes o nobles en pos de ventajas terrenales sino contra otro ejército, el del protestantismo. El nuevo objetivo será el de la conquista de las mentes y el nuevo campo de batalla será el de la educación. La virtud moral por excelencia será la de la prudencia, pero en un sentido moderno, el del cálculo, la cautela y la astucia.
En Francisco de Borja, como en Ignacio de Loyola, está todavía grabado el sello del Renacimiento con la indudable fuerza de su grandeza. En sus sucesores ese cálculo, cautela y astucia se acabaron imponiendo hasta llegar a las adaptaciones interesadas de la casuística, en un laberinto de casos, excepciones, distinciones y particularidades tan barrocas como la nueva era que se estaba alumbrando.


El impacto visual que supuso para Francisco de Borja la contemplación del desfigurado rostro de la emperatriz es el prolegómeno de la imaginería de la estatuaria religiosa del siglo XVII. En su mente lo eterno no trascendió nunca los límites de una materialidad imperecedera.

martes, 2 de diciembre de 2014

SABÉRSELO.

Cuando examinamos, muchas veces nos preocupamos más por averiguar si el alumno "se lo sabe" que por comprobar si sabe.
Parece que es lo mismo pero hay una diferencia, parecida a la que se da entre el propio cuerpo y un vestido.
El que sabe algo "se lo sabe" pero no todos los que "se lo saben" saben.
Muchos han llegado a jueces, abogados del Estado y fiscales por su capacidad de "saberse" los temas, pero no por su sabiduría. De entre ellos ha salido más de un ministro.
El verdadero saber viene cuando la acción positiva del olvido transforma la lección bien aprendida en conocimiento genuino, nunca tan preciso como el tema aprendido pero siempre más auténtico por más vital.
Saberse los temas puede que no esté mal, pero sólo es un primer peldaño.
Lecciones, temas y epígrafes son simples escaleras para subir a un piso.
Quien sólo "se sabe" los temas es como quien conoce muy bien la etiqueta de muchos vinos pero es incapaz de saborearlos.
Quien sabe puede rendir un buen examen, pero puede que alguien haga buenos exámenes y no sepa, aunque, ¿ quién sabe?.
No sé.


jueves, 27 de noviembre de 2014

EL FUTURO DEL PEQUEÑO NICOLÁS.

Un joven de 20 años con cara de pánfilo ha conseguido crear desconcierto y nerviosismo en instituciones importantes del Estado.
Ha logrado, con sus dotes de persuasión estafar a algún empresario, se ha hecho con el teléfono del rey Juan Carlos y ha pretendido hacer creer que su concurso era necesario para resolver “lo de Cataluña”.



El joven tiene cara de pánfilo pero ha sido necesario el concurso de muchos pánfilos no tan jóvenes para que haya cosechado tal cantidad de hazañas.
A más de uno la vergüenza que sin duda debe de sentir le hará guardar silencio y como consecuencia, se alimentará la especulación y se agigantará la figura de quien no es más que un globo inconsistente.
Ya que ha dimitido la ministra de sanidad, no sería mala idea encomendarle a nuestro joven estratega el cargo vacante para, de ese modo, garantizar el nivel de eficacia con que dicho cargo ha sido desempeñado hasta ahora. La calidad de la gestión sería similar pero a su vez la capacidad oratoria y comunicativa mejoraría de manera palpable.
Continuidad en la gestión, mejora en la comunicación y relevo generacional, tres objetivos importantes que con un tal nombramiento se obtendrían.
A la ya conocida sagacidad del Presidente no le podrá pasar desapercibida esta oportunidad que se le presenta de otorgar un nombramiento a la altura del nivel en el que estamos. Si a ello añadimos su conocido gusto por afrontar las dificultades y tomar decisiones, se puede dar ya por hecho el paso.
¡Ánimo, Presidente!


martes, 18 de noviembre de 2014

USTED.

Ha desaparecido en España el trato de “usted”. Difícil es encontrarse con alguien que lo emplee. He visto más de una vez cómo personas más jóvenes, como puedan ser dependientes de una tienda, se dirigen a personas que ya tienen nietos o biznietos ( también es correcto “bisnieto”) con un contundente y expeditivo: “¿qué más quieres?”.
¿Me molesta? De acuerdo con los tiempos tendría que decir que no, pero mentiría. Siempre me ha molestado que en ciertos ámbitos no se respete la distinción entre el “tú” y el “usted”.
Se suele dar como argumento que el tuteo resulta más “familiar” pero tal forma de razonar da por supuesto que una persona desea ser tratada como si fuera parte de la familia de quien así habla, cosa que parece estar lejos de la realidad en un gran número de casos.
Cuando en la oficina bancaria le hablan a uno de “tú”, pretendiendo expresar confianza, a mí más bien me transmite recelo e incluso temor. Si el banco se presenta como parte de mi familia, yo veo más bien en el mismo a otro tipo de familia, más próxima a la “familia” napolitana o siciliana.
El uso indiscriminado del “tuteo” expresa la dificultad que en España tenemos a la hora de distinguir entre el ámbito más personal y familiar y el ámbito social.
Se suele decir que “usted” indica distancia, pero, ¿ qué de malo tiene la distancia?
Antiguamente cuando alguien se permitía apear el “usted” a una persona de él no conocida, esta última solía decir: “Oiga, ¿cuándo he comido yo con usted?” Hoy tal respuesta apenas sería entendida.
Con todo, lo más lamentable de perder un uso es que se pierde un matiz, siendo el resultado una mayor pobreza. Si el castellano nos brinda la posibilidad de matizar el grado de confianza de una relación, no hay motivo para que tal matiz se anule con nuestra manera de usar el lenguaje.
Si con todos tenemos confianza es tanto como no tenerla con nadie.
Los borbones españoles siempre tuvieron la costumbre de tutear a todo el mundo, pero no son un buen ejemplo. Parece que en Inglaterra es normativo el llamado “inglés de la reina”. Aquí, con Juan Carlos, el español del rey no llevaría a nadie a conseguir el Nobel. Felipe VI parece que no tutea tanto a todo el mundo. No está mal.
El uso generalizado del “tuteo” no deja de ser un caso particular de algo más grave: la generalización del registro coloquial.
No se habla igual en la barra del bar que si uno tiene a su cargo dar una conferencia. Si cuando vas a tomar un café tu compañero te da una conferencia, lo acabarás viendo como un pedante ( he conocido a alguno ). Si el que da la conferencia lo hace como si estuviera hablando en la barra de un bar, nos parecerá que no mantiene su parlamento al adecuado nivel.
Eso sería no saber cuándo hay que emplear el registro coloquial y cuándo el registro más formal. Si toda habla es coloquial, el resultado es la falta de distinción y, en última instancia la confusión.
Por mucho que le hables al profesor de “tú” te va a suspender si lo considera adecuado. Por mucho que le hables de “tú” al agente de la autoridad, te va a poner la multa, si llega el caso. Si te van a suspender o multar, por lo menos que no piensen que los quieres.