miércoles, 25 de mayo de 2016

PROGRAMACIONES ESCOLARES.

Los programas de las asignaturas guardan cierto parecido con las viejas radios de mi niñez y con el velocímetro de mi primer coche, un dos caballos.
Si alguien pudiera cumplir de verdad lo prometido en la programación saldrían los alumnos con una sabiduría ante la que palidecerían los siete sabios de Grecia y todos los sabios que en el mundo han sido.
Las viejas radios permitían que en el dial uno moviera la aguja para sintonizar con ciudades como París, Roma o Berlín, cuando lo cierto era que se pusiera donde se pusiera la aguja sólo se escuchaba la emisora local, a veces con dificultad.
Mi velocímetro indicaba una velocidad máxima de 160 kilómetros por hora, pero apenas ponía mi vehículo a 90 las vibraciones eran tales que daba la sensación de que el coche se iba a descomponer ( cosa, por cierto, que acabó sucediendo el día en que tras tirar del freno de mano me quedé con este en la mano haciendo real en su literalidad su nombre).
Las programaciones están llenas de objetivos ambiciosos, espíritu crítico, capacidad de análisis, conocimiento pormenorizado de los detalles, pero a la hora de la verdad pasa como con la radio o el coche: no oyes nunca la emisora de Roma o Berlín y tampoco pasas nunca de 90.
Bonitas quedan, eso sí, al igual que hacía mucha ilusión ver lo de París o Roma y lo de 160.
A los inspectores también les hace ilusión. Que el coche no corra les da igual pero no se te ocurra decir que el coche no corre porque entonces te martillearán hasta que digas que sí, que corre mucho.
Si alguien se siente satisfecho con que en su velocímetro aparezca la velocidad de 160, tampoco hay que disgustarle. Cada uno es feliz con lo que quiere o puede.


sábado, 14 de mayo de 2016

DISCURSO DE GRADUACIÓN 2016.

Con la de hoy nueve son ya las veces en que he tenido la oportunidad de dirigir a los alumnos de Segundo de Bachillerato el discurso de despedida, en cierto modo la última lección que les voy a impartir.
La primera vez en que tuve oportunidad de dirigir unas palabras a los alumnos de segundo de bachillerato fue en el año 2007 en un acto que tuvo lugar en el patio del instituto en un día en que la lluvia estuvo siempre amenazando con hacerse presente y dar al traste con todos los preparativos de la celebración. Con posterioridad, desde el año 2009 y hasta hoy he tenido el privilegio de poder dedicar a los alumnos unas palabras en este recinto del teatro Joan Manuel Serrat.
Se comprenderá con facilidad que haría falta mucha imaginación, y la mía no es muy caudalosa, para decir algo nuevo e intentar no repetirse.
Con todo, y contando con las limitaciones que acabo de reconocer, tampoco debiera ser un problema para mí dirigir estas palabras pues se supone que aunque el profesor es el mismo no es el mismo el público, pero, no es cierto. Por una lado no faltan casi nunca hermanos mayores que acompañan a algún alumno que hoy se gradúa. Tampoco faltan los que podríamos llamar especialistas en graduaciones, alumnos que debido al cariño que sin duda sienten por nuestro centro, han decidido permanecer en sus aulas más tiempo que el que en un principio estaba previsto. Por último, mis compañeros los profesores que ya en cursos anteriores han asistido a esta ceremonia pueden prever con facilidad el curso de mis palabras.
En definitiva, no tengo escapatoria y necesariamente resultaré repetitivo.
Tampoco hay que preocuparse en exceso por ello, pues al fin y al cabo, y puesto que de una última lección se trata, qué mejor que mostrarme como he sido siempre, repetitivo y machacón con mis indicaciones y consejos.
Si bien asistimos a una ceremonia que se repite cada año, cierto es también que cada promoción tiene un estilo, una personalidad distinta. En lo que a vosotros se refiere, creo no equivocarme y no disentir de mis compañeros si afirmo que habéis constituido un grupo de personas con las que ha resultado grato trabajar. Habéis destacado algunos de vosotros en asignaturas de muy distinto carácter, desde las matemáticas a la Educación Física. Hemos tenido la satisfacción de ver cómo un alumno nuestro ha sido premiado a nivel nacional en una prueba en la que había que acreditar extremada competencia. También hemos tenido alumno que ha sido calificado con diez en todas las materias. Sé que muchos de vosotros habéis colaborado con generosidad en actividades solidarias.
 Cada uno de vosotros tiene su forma especial de ser, de estudiar, de trabajar. Habéis mostrado el suficiente saber hacer como para utilizar vuestras capacidades sin mostrar por ello suficiencia y desprecio hacia el profesor, por más que soy consciente de que alumnos que hoy me están escuchando tienen sin duda más altas capacidades de las que yo tuve como estudiante, pese a que  siempre fuera considerado como un buen estudiante por mis profesores.
Dicho de una manera más franca o coloquial: aquí hay alumnos con mucha más inteligencia que la mía ( punto este último que no ofrece mucha dificultad) que sin embargo han intentado ser receptivos a lo que yo les pudiera transmitir.
Habéis sido humildes en el buen sentido de la palabra. Hay una humildad negativa, resentida, la humildad de quien no tiene más remedio que ser humilde. Es esa la humildad a la que se refería un filósofo alemán gruñón y malhumorado cuando sostenía que hay personas que son humildes porque no pueden ser otra cosa. En vuestro caso no ha sido así: habéis estado dispuestos a seguir al profesor sabedores de que con independencia de las capacidades que cada uno de vosotros tiene, el profesor tiene algo que aportaros por cuanto ha sabido las cosas antes que vosotros, ha nacido antes, ha tenido alguna experiencia que quizá no sea desdeñable.
A la mayor parte de vosotros os conocí en segundo de la ESO.
A lo largo de estos años os he podido seguir debido a que casi siempre he tenido que impartir alguna materia aparte de la específica de filosofía: ciudadanía, ética.
Cuando os conocí erais bastante niños. Ahora sois personas muy jóvenes, pero desde luego ya no sois niños. Ni siquiera adolescentes, por más que nuestra sociedad parece empeñada en prolongar la adolescencia casi hasta la edad de jubilación, que vistas las perspectivas de retraso de la misma, pueden hacer de la adolescencia algo perenne.
Ha habido alumnos más interesados por los estudios que otros, como es lógico. Los ha habido más tranquilos y más inquietos. No ha faltado algún que otro alumno con tendencia al agobio, alguno al que si le preguntabas por algún examen que hubiera realizado, te respondía siempre que lo había hecho muy mal, que se le había olvidado poner esto y aquello y yo, siempre que lo escuchaba lamentarse de tal manera pensaba: sacará un  nueve o un diez, y así era.
He visto cómo las nuevas tecnologías, que ya no son tan nuevas, se han incorporado con naturalidad a vuestra forma de hacer. El teléfono móvil se ha convertido en compañero imprescindible, casi en parte de vuestro cuerpo, para desesperación y enojo nuestro. Lo virtual es casi más real que lo tangible. Con todo, este año he observado con curiosidad y no poca admiración cómo alguno de vosotros ha iniciado un regreso de lo virtual hacia lo real. Antes era fácil advertir cuándo un alumno estaba haciendo uso de su teléfono móvil. Este año he asistido a la insistente dedicación que alguno de mis alumnos ha tenido con un cubo que constantemente estaba componiendo, descomponiendo y volviendo a componer, en una especie de suplicio de Sísifo voluntario. Si tal empeño proporciona placer, no seré yo quien lo critique.
He tenido a mi cargo personas calladas y personas habladoras, alguna que no callaba nunca y que nunca reconocía que hablaba. No faltaba quien dijera: ¡siempre me llamas la atención a mí! Yo en estos casos no dudaba y respondía: ¡te tengo manía!
Este año hasta recibí un regalo, un clavel, por parte de un alumno, gesto que yo agradezco tanto por lo que tiene de generoso hacia mí como por ser el único regalo que he recibido en casi treinta años de labor.
¿ Qué os hemos enseñado? Siempre está presente la pregunta por la utilidad de los estudios. Probablemente en cualquier materia el profesor se ha visto requerido por vosotros a responder acerca de la utilidad de sus enseñanzas. En el caso de mi especialidad, filosofía, la pregunta aparece desde el primer día con una importante diferencia: el resto de días me acompaña, siempre tengo que responder a cuestiones del tipo de :"para qué sirve esto, lo otro, lo de más allá". Intento siempre responder de la mejor manera aunque confieso que en ocasiones me llego a enfadar y respondo cosas del estilo de : "sirve para aprobar ".
La enseñanza trata de transmitir conocimientos y habilidades. A mí me gustaría que los alumnos alcanzaran el grado de madurez que lleva a transitar de la pregunta acerca de para qué sirve algo a la pregunta acerca de qué es ese algo que tratamos de enseñar.
El nivel de la enseñanza media resulta por fuerza esquemático. Siempre hay algo de simplificación en los planteamientos que realizamos para mostrar algo nuevo, simplificación no debida a falta de profundidad o rigor por parte del profesor sino a la necesidad de proporcionar un primer acercamiento a los distintos conocimientos. Yo he insistido mucho en que debéis tratar de superar lo que os decimos, que los esquemas que utilizamos son eso, esquemas, como escaleras que deberíamos abandonar una vez que hemos accedido al nivel superior.
A veces tengo la sensación de que muchos estudian más que cosas páginas, lo cual hace del estudio algo poco grato.
Cuando cada uno de nosotros explica algo, ya sea de física, matemáticas, historia, filosofía o cualquier materia, se apoya en un material específico, pero lo ideal debería ser apuntar con la mente a la cosa que mienta el material, trascender el instrumento y elevarse hacia las cosas
Napoleón, Kant, la termodinámica, son cosas en las que hay que pensar, no son la página 87 o la 41.
Si limitamos el estudio a la memorización de la página estamos de hecho copiando, en este caso algo grabado en nuestra mente que desaparecerá rápidamente de nuestro acerbo en cuanto no nos sea requerido tal conocimiento. Ciertamente es más loable esta forma de copiar, por cuanto tras ella hay un indudable esfuerzo, que la copia ilícita de una nota escrita, tras la cual lo único que hay es engaño, pero ninguna de las dos maneras son un buen camino para hacer nuestros los conocimientos.
Sin duda en estos años ha habido más de un aspecto del Centro que no os ha resultado grato. Ello es inevitable. En un centro conviven muchas personas y es difícil que todo el mundo esté de acuerdo con todas las normas. Yo tampoco lo estoy pero esa circunstancia también se dará en vuestro futuro laboral, probablemente con mayor crudeza. Convivir es exigir pero también es transigir y adaptarse dado que no existe el centro ideal.
También ha habido momentos difíciles, de tensión, de enfado, muchas veces de malentendidos. Ello también es propio de una comunidad viva.
Algunas veces podemos haber sido nosotros, los profesores, los que hemos estado desacertados, en otras ocasiones podéis haber sido vosotros los que no habéis acertado en vuestro modo de conduciros.
Yo creo que, con todo, estos años pasarán a formar parte de vuestros mejores recuerdos.
A partir de hoy iniciáis un nuevo camino. En principio debiera ser un camino más llevadero por cuanto se supone que vais a realizar estudios más acordes con vuestros intereses. Con todo, a partir de ahora también va a ser mayor la presión que vais a sentir para no desaprovechar vuestros estudios. Ya no es la misma la edad y tampoco la despreocupación de la que a veces más de uno se ha dejado llevar. Estudiar es una oportunidad pero también una exigencia. Los años pasan y el tiempo no aprovechado se venga en forma de reproche o remordimiento cuando alguien no está poniendo el empeño necesario para salir adelante.
El paso del colegio al instituto supuso una mayor libertad, que puede que a más de uno le costara asimilar, pues la libertad nos da una mayor dignidad pero también una mayor responsabilidad.
Esa libertad se va a ver incrementada a partir de ahora. Estáis acostumbrados a una disciplina escolar, en la que existe un control de faltas, un tutor, unos padres que se hacen presentes más de una vez para interesarse por vuestros progresos. A partir de ahora vais a ser vosotros los que vais a cincelar vuestra trayectoria. Vais a tener que dar el paso desde una disciplina escolar a una disciplina académica.
Vais a tener que ser autónomos, situación ésta mucho más digna pero también mucho menos confortable.
La mayoría de vosotros o bien sois mayores de edad o bien estáis próximos a serlo. La mayoría de edad permite obtener el carnet de conducir, votar pero sobre todo, la auténtica mayoría de edad, como dijo otro filósofo alemán, consiste en la capacidad de usar de nuestra razón por nosotros mismos, de atreverse a pensar y atreverse a saber, sin buscar fórmulas o recetas que sustituyan al auténtico ejercicio de nuestra razón.
Esa es la mayoría de edad digna de tenerse en cuenta y hacia la cual os hemos intentado dirigir durante estos años.
Antes me pregunté: ¿qué es lo que os hemos enseñado? Justo es preguntarse también: ¿qué nos habéis enseñado vosotros a nosotros?
La respuesta es difícil por cuanto  yo no soy quien para responder por mis compañeros. También es difícil porque ya no se pregunta por algo concreto, por una materia, un conocimiento, una habilidad. Lo que sí puedo decir es que el trabajo de profesor no se parece a ningún otro. Nosotros nos mantenemos siempre en contacto con personas pertenecientes a un grupo de edad con el que la mayor parte de gentes pierde el contacto una vez abandonada la primera juventud. El padre, la madre, siempre guardan la misma distancia de edad respecto de sus hijos,  se van haciendo mayores y sus hijos también.
Nosotros nos hacemos mayores pero nuestros alumnos tienen siempre la misma edad. Vamos año a año perdiendo nuestras energías, quién sabe si también la ilusión, pero nuestros alumnos ahí están, siempre jóvenes y con sus energías intactas. Vosotros sois un espejo que no cambia, que nos devuelve cuando nos miramos en él al joven que un día fuimos. No nos engañamos, sabemos que ese joven ya no está en nosotros pero también sabemos lo que de ilusión y fuerza puede haber en ese joven y ese conocimiento nos mantiene vivos, nos presta a través de ese espejo imaginario y por tanto doblemente virtual la energía y la fortaleza necesarias para tratar de no defraudar en exceso la ilusión de ese joven.
Su imagen nos desconcierta, nos increpa acusándonos por nuestro escepticismo fruto de muchas batallas perdidas y de muchas ilusiones abandonadas pero esa imagen también nos exige que no abandonemos, que no nos dejemos llevar de la desesperanza. No es poca la enseñanza que de vosotros podemos recibir.
Vuestros recuerdos más vivos, fuera ya del estricto marco de vuestros estudios, coinciden con unos años de crisis muy aguda, de la que no podíais ser conscientes del todo en sus inicios puesto que la misma coincidió con vuestra infancia. De lo que sí sois conscientes es de sus consecuencias: un mundo mucho más hostil en el que os vais a tener que abrir paso. Los derechos que tenemos, los que conservamos, no se adquirieron por graciosa concesión de nadie, se adquirieron luchando. Luchando se mantendrán y sin lucha se perderán y vosotros sois los que vais a tener que luchar pues nadie lo va a hacer por vosotros.
Como es habitual en los últimos años, en este se conmemoran aniversarios y centenarios.
Se celebra el aniversario del más ilustre escritor en lengua inglesa, también el del más ilustre escritor en lengua española. De estas celebraciones puede que tengáis noticia y que os hayan hablado de las mismas.
También en este año, 2016, se cumplen ochenta del inicio de nuestra Guerra Civil. Si se me permite una nota personal, he de decir que en el transcurso de aquel desdichado conflicto fue movilizado para ir a la guerra mi padre, entonces de edad de 17 años, la misma que alguno de vosotros tiene hoy.
Hace cuarenta años, en 1976 era yo alumno del Instituto de San Isidro. Eran los tiempos en que se iniciaba en España la transición. Esos tiempos los tengo en mente como algo lejano pero a su vez perfectamente recordado. Entonces a mí me parecía que los hechos de la guerra civil eran algo remoto en el tiempo. Ahora, que poseo una visión real y no estudiada de lo que son cuarenta años, me doy cuenta de que para la gente que entonces tenía mi edad el recuerdo de la guerra era algo muy real, como muy real es para mí acordarme de los personajes que en aquella transición destacaron.
Los jóvenes de entonces queríamos el cambio inmediato, radical, sin matices. Nuestros mayores, que sabían muy bien de lo que estaban hablando, aconsejaban por el contrario prudencia, querían avanzar pero a su vez tenían un miedo que nosotros no podíamos compartir porque no se comparten experiencias que no se han vivido.
Ahora vivimos también momentos de incertidumbre. Yo estoy en la misma situación ahora que aquellas personas mayores de entonces a las que no acababa de comprender del todo. Vosotros puede que a su vez tengáis unos deseos de cambio profundo en las cosas. Bueno sería que fuéramos capaces de armonizar la experiencia con el impulso para avanzar sin arriesgar los acuerdos mínimos de convivencia sin los que la paz no es posible.
Por fortuna parece muy improbable que se pudiera dar hoy día entre nosotros algo parecido a la vergüenza de la guerra civil. Es necesario para poder vivir pasar la página pero también es necesario que la página que pasemos la hayamos leído bien y la tengamos bien estudiada.
La guerra de las armas fue terrible pero debemos aprender de ella a desterrar la guerra de las palabras, a no confundir la discrepancia con la enemistad, a admitir al diferente no como una molestia o como una nota exótica sino como alguien que tiene su propia experiencia de la que podemos aprender. Debemos saber valorar lo que tenemos, trabajar para superarlo y no despreciarlo. Hoy los chavales de 17 años están en los pupitres y no en las trincheras.
Deberíamos superar la tolerancia e ir francamente hacia el respeto, pues se tolera lo que no hay más remedio que soportar pero se respeta a las personas, que son nuestros semejantes.
A partir de hoy nuestros caminos se separan, queramos o no. Es frecuente que los alumnos prometan alguna visita al centro, pero inevitablemente estas visitas se irán espaciando hasta desaparecer. Vivir también es despedirse.
Los intereses de estudio o laborales os absorberán y poco a poco la que ha sido vuestra segunda casa durante seis años irá quedando arrinconada y a nosotros, que tal vez vierais en algún momento como pesadillas que no desaparecían nunca de vuestras visiones, nos iréis olvidando también, urgidos por vuestras preocupaciones más inmediatas.
Cuando pasen los mismos años que los que me separan a mí de mis años de estudiante de instituto, si en algún momento giráis la vista atrás, cuando ya alguno de nosotros, los más veteranos, no estemos para poder saberlo, espero que consideréis  que algo de bueno os llevasteis a vuestro equipaje y que, con el paso del tiempo, el recuerdo que os quede sea el de unos años gratos y ojalá que no perdidos.
Creo que puedo hablar en nombre de mis compañeros si digo que cada uno de nosotros ha intentado ejercer su trabajo de la mejor manera y con la mayor honestidad y en nombre exclusivamente mío digo que si no lo he hecho mejor es simplemente porque no he sabido.
¡Larga vida a la promoción 2010-2016!



martes, 3 de mayo de 2016

ESFUERZO Y RECOMPENSA.

Hace ya bastantes años que desde la altura del poder político se nos bombardea con el mensaje de la "cultura del esfuerzo", esa coletilla que en su simplicidad resume una idea aún más simple, la de la meritocracia.
Sin duda algo de razón tendrán pues algún esfuerzo hay que hacer para llegar a altas posiciones sin que se pueda apreciar cuál es el mérito que está detrás de tanto encumbramiento.
He tenido que soportar en mi trabajo a señores que nos daban lecciones acerca de cómo dar las clases cuando apenas sabían hablar, pues la jerga que empleaban no era correcta ni en castellano ni en ninguna lengua, ya fuera ésta viva, muerta o putrefacta.
Supongo que llegaron a sus altos puestos con esfuerzo, si por tal se entiende el ser servil constantemente con el que manda.
También se esfuerzan en no abandonar su situación por nada del mundo, no sea que tengan que aplicar lo que predican y sufran en carne propia la inanidad de sus consejos, casi órdenes.
En España la inutilidad se premia.
Los que están en el Estado Mayor nada quieren ya saber de las trincheras, cosa comprensible. Lo que sería de agradecer es que disfrutaran de su confort sin dar la lata a los que aún siguen al pie del cañón.
No hay nada como ascender a un inútil. Será siempre alguien obediente y agradecido.
Nunca te van a resolver nada.
Si no hay nada que resolver, ya se encargarán de inventarse algún problema que sirva para legitimar su inútil trabajo.
¿ Inútil? Quizá no. Son utilísimos para destrozar las cosas.
No confundamos inutilidad con perversión.




viernes, 29 de abril de 2016

PANAMÁ.

Ejercicio curioso sin duda el de leer el diario El País o escuchar la cadena Ser.
Cierto que Panamá es un territorio pequeño y estrecho, pero con todo es un pedazo de tierra entre dos subcontinentes. Es un istmo.
Estos medios han conseguido que Panamá desaparezca, no exista, como si el canal se hubiera tragado la tierra.

De haber sabido en su tiempo quienes construyeron el canal que se podía hacer desaparecer un pedazo de tierra con solo no citarlo jamás se habrían ahorrado mucho trabajo y muchas vidas perdidas en su construcción y a su vez Colombia tendría algunos kilómetros cuadrados más de territorio que perdió al surgir junto con el canal la nueva república.

lunes, 25 de abril de 2016

LA "MILI" TREINTA AÑOS DESPUÉS.

Se cumplen hoy treinta años desde que me licencié del Servicio Militar en la Academia de Artillería de Fuencarral.
La "mili", como popularmente era denominado el Servicio Militar, supuso en mi caso un tiempo de 13 meses repartidos entre el campamento de instrucción de Colmenar Viejo, donde estuve cuarenta días, y el destino definitivo en la citada academia.
Recuerdo como si fuera hoy el recibimiento que tuvimos los reclutas recién incorporados cuando nos bajamos del tren en la estación de Colmenar. Los soldados de la Vigilancia Militar, encargados de encuadrarnos, nos proferían todo tipo de gritos e insultos. " ¡Maricones, hijos de puta, os vais a enterar!."
El camión encargado de recogernos en la estación no apareció nunca. Menester fue iniciar a pie, con nuestros petates a cuestas, la pesada ascensión que desde la estación nos dirigía hacia



el centro de instrucción. A mitad de camino apareció, por fin, un camión que probablemente había servido en la guerra de Corea.
Al llegar al CIR ( Centro de Instrucción de Reclutas) ya estaba cerrado el servicio de cocina y se nos repartió a cada uno de los reclutas una salchicha por todo alimento.
Pesadas colas hubo que guardar durante toda la tarde para cumplimentar la información necesaria para proceder a nuestro encuadramiento.
Los cuarenta días de campamento lo fueron de tedio, tristeza y embrutecimiento. Tareas absurdas, prisas para no ir a ninguna parte, gestos ridículos que había que realizar de manera mecánica.



Un instructor catalán llamado Jordi, firmemente partidario de la independencia pero fiel obediente al ejército en el que estaba encuadrado, me dio en una ocasión una patada en los riñones para corregir mi errónea postura a la hora de realizar el tiro con el CETME, fusil de asalto que pesaba de manera considerable.
Mandos estúpidos, y entre los más, los oficiales universitarios, nos daban órdenes con jactancia y desprecio.
El capitán de nuestra compañía era de una especie ya desaparecida de nuestro ejército: un hombre de campo que se había reenganchado y que tras nuestra jura fue ascendido a comandante. Un "chusquero", como se decía antes. No era un hombre de gran preparación pero a su vez, tenía la dignidad de no ocultar lo humilde de sus orígenes, lo que lo hacía más respetable que alguno de sus subordinados, como su alférez, un biólogo que había llegado a ese grado como culminación de las Milicias Universitarias, de una jactancia y estupidez que raramente se mostraban en los mandos auténticamente profesionales.



Un recuerdo que guardo del periodo de instrucción en Colmenar fue cuando, encargado de llevar la sopa a un recluta enfermo, como quiera que se me derramara algo del contenido de recipiente, se me dijo que como se me volviera a derramar, lo recogería con la lengua.
No había piedad para el torpe. Todos éramos llamados por nuestro número. Yo era el 79. Desde un principio hubo un recluta, el 221, que destacó por su torpeza. Fue sometido a todo tipo de vejaciones. Aún lo recuerdo dando vueltas hasta la extenuación alrededor del campo de instrucción, al trote y con el fusil en alto, como castigo por alguna de sus infinitas equivocaciones a la hora de realizar la instrucción.
Frío, sed y cansancio. Las horas de sueño nunca se aprovechaban hasta el final. El nerviosismo provocaba que siempre despertáramos antes de que se encendieran las luces y hubiera que vestirse a la carrera para formar al toque de diana.
Los cuarenta días culminaron con el acto de Jura de bandera y el posterior permiso de ocho días, motivo de gran alegría para todos nosotros.



Cuando, tras el permiso de jura, me incorporé a mi nuevo destino en la Academia de Artillería de Fuencarral, me pareció que me encontraba en un lugar menos desagradable que el centro de instrucción de Colmenar. Con todo, hubo que pasar quince días en una unidad de instrucción, periodo que culminó con una marcha de varios kilómetros y una noche de lluvia en una tienda de campaña, todo ello denominado con la ridícula expresión de "operación de endurecimiento del personal". Pasado este periodo, cada uno de los artilleros fuimos destinados a una batería.
Las novatadas formaban parte del mecanismo de sometimiento de la voluntad a la arbitrariedad de quienes las fomentaban. No tengo hoy dudas de que las vejaciones a las que eran sometidos los nuevos artilleros por parte de los más veteranos eran de sobra conocidas por los mandos más inmediatos, que dejaban hacer pues los más veteranos, bajo la excusa de la broma, fomentaban el espíritu de obediencia a cualquier cosa que se nos ordenara, por ridícula y absurda que fuera. Fui objeto de bromas, si bien he de decir que en mi caso nunca excedieron de lo admisible, si es que puede entenderse por tal tener que hacer las gracias que a la fuerza se nos imponían. Aparte de desfilar con una escoba y tener que contar algún chiste ( habilidad con la que los dioses no me han obsequiado ) no tuve que realizar más excentricidades. Pagué, al igual que mis compañeros de reemplazo, mil pesetas a los más veteranos.
Dentro de lo que cabe tuve suerte pues, sin contactos con el mundo militar y sin "enchufe", no tuve un mal destino.
Me encargué de la transmisión por radio y, como otros compañeros con título ( me había incorporado tras finalizar los estudios)me encomendaron las clases para aquellos compañeros que no tenían el graduado escolar. Fueron mis primeras clases y en ellas me ocupaba un poco de historia, lengua y lo que en general era conocido como "sociales". El puesto de profesor otorgaba algunos privilegios, y el más provechoso de ellos era que hacíamos muchas menos guardias que nuestros compañeros. La atención de mis alumnos de entonces era más intensa que la de algunos de los que tengo hoy día.
El tiro de fusil y el propio de las piezas de artillería me desagradaban en extremo. El fusil lo disparábamos en el monte del Palancar. Mi única preocupación era contar los disparos y estar seguro de haber vaciado el cargador. Las maniobras con las piezas eran pesadas para mis compañeros puesto que yo me limitaba a transmitir por radio lo que me ordenaban.



En una ocasión nos trasladamos a Segovia con las piezas para un ejercicio. Al disparar las mismas prendimos fuego a unas boñigas de vaca, material altamente combustible. Para sofocar lo que amenazaba con convertirse en el incendio forestal con origen más ridículo fue necesario pisotear durante un buen rato las boñigas, de manera parecida a como se pisoteaba la uva.
Aunque Franco llevaba por entonces una década bajo la lápida del Valle de los Caídos, una extraña ficción jurídica hacía que aquel figurara encabezando los escalafones de los tres ejércitos.
La mentalidad de los mandos era franquista en su mayoría, aunque pocas veces se nos hacían recomendaciones de tipo político. La más explícita ocurrió cuando se realizó el referéndum  sobre la permanencia de España en la OTAN. Esa convocatoria nos vino muy bien pues se nos permitió ir a casa a votar. Los consejos para que votáramos "sí" fueron más que explícitos. Con todo, nosotros votamos lo que nos dio la gana, que dado el cariño que sentíamos hacia lo militar, se puede deducir con facilidad qué fue.
Maltrato de palabra lo pude ver en muchas ocasiones. Maltrato de obra sólo en una, cuando un subteniente de cocina propinó un bofetón a un artillero, nadie sabe por qué.
Para los que tienen la manía de dividir la vida en experiencias, el servicio militar sin duda lo era. Para quienes, como yo, no dividen la vida en experiencias sino en aconteceres, el servicio militar fue algo por lo que tuve que pasar y nada más. Sin duda viví momentos intensos, duros pero también gratos. Intenté no amargarme sino tratar de pasar de la mejor manera aquella situación.
El mundo militar supone un marco cerrado en el que se dan de manera pura, sin restricciones, los mecanismos de mando y obediencia.
La relación con los compañeros es también distinta a la de cualquier otra situación, pues quien más, quien menos, se encuentra en un terreno en el que lo que predomina es el desamparo y la indefensión. Ello hace que se dé lo mejor y lo peor de cada uno.
Los jóvenes de hoy no pasan ya por la experiencia militar. Los universitarios están acostumbrados a viajar y estudiar en el extranjero. Los no universitarios también están acostumbrados a ir al extranjero a buscar trabajo.
El Ejército de hoy es muy distinto al de entonces. La sociedad lo es sin duda.
En aquellos años existía políticamente el problema militar. Hoy hay otros problemas, pero el Ejército se ha convertido en lo que siempre debió ser, el gran mudo.
Los asuntos políticos conciernen a la sociedad y, salvo algún nostálgico, nadie piensa en el Ejército como solución a los problemas políticos.
Algo hemos avanzado.


sábado, 16 de abril de 2016

POLÍGLOTAS.

Hablar varios idiomas es una importante herramienta para trabajar en cualquier campo así como para gozar de los bienes culturales en su idioma original sin necesidad de depender de traducciones.
Las nuevas generaciones han tenido la oportunidad de adquirir un segundo idioma con una facilidad de la que anteriores generaciones no dispusieron ( lo cual no empece para que suspendan sistemáticamente inglés así como matemáticas y lengua, curiosamente las asignaturas que más veces aparecen desde la infancia hasta la primera juventud).
Lo que nunca hará un idioma es aumentar la inteligencia del que lo habla. Si quien lo hace es persona inteligente, el idioma será una palanca para que esa inteligencia se encauce con mayor fertilidad. Si quien lo hace es tonto de capirote, cosa más extendida de lo que parece, el idioma añadirá a su natural tontuna una pátina de pedantería y presunción para que su estupidez se muestre no sólo en su lengua materna sino en todas las que posea o crea poseer.
Parece que Ortega, cuando le comentaron que Madariaga hablaba en varias lenguas dijo que éste era tonto en varios idiomas ( a veces Ortega daba en el clavo).
La lengua, por importante que sea, no es más que un instrumento. Siempre será mejor disponer de varios instrumentos que de uno solo pero no estaría de más saber tocar con ellos alguna pieza que mereciera la pena.



sábado, 9 de abril de 2016

PRESIDENTES DE GOBIERNO QUE SALEN.

Una característica de la política española se puede observar en la manera que tienen los distintos presidentes de gobierno de abandonar el poder.
Cada uno de ellos lo ha hecho de distinta forma pero casi todos  con dosis más o menos intensas de traumatismo.
El primer ejemplo del que tengo constancia, por haberlo vivido y recordarlo perfectamente, es el del almirante Carrero Blanco. En su caso, la carga explosiva que ETA dispuso bajo la calzada de la madrileña calle de Claudio Coello provocó que su coche fuera lanzado a una altura de seis pisos para terminar alojado en un patio interior de la iglesia de los jesuitas de la calle Serrano. Aquella lluviosa mañana de diciembre de 1973 no sólo acabó su vida el almirante Carrero sino que la bomba fue no sólo explosiva sino informativa y política. Era todo un mundo inmóvil y pétreo el que desaparecía con la muerte de aquel hombre de aspecto gris, sobrio y austero en lo personal, pero perteneciente a un mundo de ideas cada vez más alejado de la evolución de la sociedad española.

El almirante Luis Carrero Blanco saluda al jefe del Estado, Francisco Franco.


Su sucesor en la presidencia del gobierno, Carlos Arias Navarro, fue el último presidente de Franco y el primero de Juan Carlos. Hombre de lealtad personal al primero y más bien institucional al segundo, nunca se sintió a gusto en su cargo. Considerado demasiado "aperturista" por los más apasionados partidarios de Franco, apareció por el contrario como excesivamente timorato en el momento en que, bajo el rey Juan Carlos, se abrió un proceso de reformas. Cuando quería ofrecer una imagen de energía más bien se mostraba enfadado y nervioso. No transmitía autoridad sino inseguridad pues su forma de hablar en tales ocasiones se plasmaba en alzamiento de voz, señal siempre de falta de dominio de la situación.

Arias Navarro con Juan Carlos.


Su abandono del poder, formalmente una dimisión, fue en realidad un cese por parte del rey Juan Carlos. El escenario elegido por este último, un despacho que utilizaba su abuelo Alfonso XIII en el Palacio de Oriente, no dejaba de evocar una situación histórica parecida, puesto que en 1909, tras la crisis provocada por los acontecimientos de la Semana Trágica de Barcelona y el fusilamiento de Francisco Ferrer Guardia, cuando la impopularidad del jefe de gobierno de la época Antonio Maura, amenazaba con salpicar la del propio Alfonso XIII, este último provocó una situación hasta entonces nunca dada: aceptó una dimisión que Maura nunca había presentado. Al entrar el político mallorquín en el despacho regio para tratar asuntos rutinarios el rey Alfonso le dio un fuerte abrazo y le dijo: muchas gracias, Antonio, por tu gesto patriótico. ¿ Qué te parece Moret como sucesor?. Parece que a Don Antonio no le agradó en exceso el movimiento del monarca.

Alfonso XIII despacha con Antonio Maura.


Arias, buen conocedor de esta historia, la evocó con sus amigos más íntimos la misma tarde de su cese. El presidente les dijo a sus amigos: el rey me ha "borboneado".
El sucesor de Arias, Adolfo Suárez, fue recibido por gran parte de la opinión como una incógnita. Suárez era un hombre joven que procedía del Movimiento. Sin una gran formación pero con una indudable intuición, supo captar bien el camino por el que debían hacerse reformas si se quería que la Monarquía tuviera un asidero firme. Bajo su primer gobierno se aprobó la ley para la Reforma política y se legalizaron todos los partidos políticos, incluido el Partido Comunista. Los partidos republicanos todavía no fueron legalizados pero sí pudieron presentarse bajo otras siglas en las primeras elecciones democráticas, el 15 de junio de 1977.

Adolfo Suárez.


A partir de aquella fecha Suárez siguió en la presidencia pero ya no por designación personal del rey sino como ganador de las elecciones. Fue en este segundo periodo cuando se acordaron los pactos de la Moncloa y se aprobó la Constitución de 1978.
Tras ganar las elecciones de marzo de 1979 Suárez se convirtió en el primer presidente constitucional. A partir de aquel momento su estrella comenzó a declinar. El hombre que se había manejado con habilidad en el momento del cambio de régimen nunca se adaptó a los modos y maneras del sistema constitucional que tanto había contribuido a crear. Se mostraba incómodo en las comparecencias ante el Parlamento.
Suárez sufrió una doble oposición: la del partido socialista, muy contundente pero en cierto modo natural, y la de los suyos, que fue la más dañina. Suárez encabezaba un conglomerado, la UCD, cuyos votos procedían básicamente del electorado de centro-derecha, pero ciertas decisiones le acercaban a posiciones de centro-izquierda que a su vez ya estaban formalmente cubiertas por los socialistas.
La pérdida de confianza de los suyos y, probablemente, del propio rey, provocaron su dimisión en enero de 1981. El inmediato intento de golpe de estado del 23 de febrero le sorprendió en el Parlamento como presidente en funciones, comportándose con una gallardía y valentía que nadie pudo poner nunca en duda al no arrojarse al suelo durante el tiroteo que se produjo en el hemiciclo, al igual que hizo su vicepresidente, general Gutiérrez Mellado.

Leopoldo Calvo-Sotelo.


El siguiente presidente, Leopoldo Calvo Sotelo, fue quien tuvo una salida menos traumática del cargo. Estuvo poco tiempo en el mismo y cubrió una etapa de transición hasta la llegada al poder de los socialistas con Felipe González al frente en 1982.
González, que estuvo en el poder 14 años, de 1982 a 1996, tampoco tuvo una salida tranquila. Los escándalos de corrupción que estallaron durante los últimos años de su mandato unidos a episodios oscuros como la denominada "guerra sucia" contra el terrorismo hicieron de sus tres últimos años un auténtico calvario.

Felipe González promete su cargo ante el rey Juan Carlos.


José María Aznar, que permaneció ocho años en el poder, de 1996 a 2004, también salió de manera traumática del cargo. En el caso de Aznar ocurrió un hecho nunca visto y difícilmente repetible: perdió unas elecciones a las que nunca se había presentado.

Aznar.


Aznar sostuvo siempre que su intención era la de permanecer sólo durante dos mandatos en el poder. Fiel a su promesa, no se presentó a las elecciones de 2004, designando en su lugar a Mariano Rajoy. Los atentados del 11 de marzo de 2004 y la pésima gestión de la información acerca de los mismos provocó un vuelco en el electorado que dio la victoria al socialista Zapatero. Aznar vivió la derrota de Rajoy como una derrota personal.

Zapatero.


El socialista Zapatero estuvo al frente del gobierno de 2004 a 2011. Durante su segundo mandato comenzó la crisis global que acabó afectando a España de una manera fortísima, con una caída brutal del empleo y un descontento generalizado. Zapatero vivió sus últimos años en la Moncloa como un náufrago que aplicaba políticas en las que no creía para paliar una crisis que se negó mucho tiempo a reconocer, llamándola "desaceleración", como si el cambio en las palabras pudiera suponer un alivio en la realidad. No dejaba de ser una actitud infantil rayana en el pensamiento mágico.
El actual presidente, Rajoy, ganó sus primeras elecciones, tras dos derrotas previas, por mayoría absoluta. Tras agotar la legislatura y celebradas las elecciones en diciembre de 2015, estuvo al frente de la candidatura más votada, pero sin apoyos suficientes para gobernar.
De Rajoy no se puede decir que haya abandonado el poder de manera traumática porque todavía sigue, en funciones, al frente del gobierno.

Rajoy practicando la lectura.


Ha estado durante cuatro años dirigiendo el gobierno como si no estuviera. Ha evitado comparecer ante la prensa en la medida de lo posible y cuando lo ha hecho no ha respondido con claridad a las preguntas.
El estilo de Rajoy no se parece al de ninguno de sus predecesores. Recuerda al de esos equipos de fútbol que esperan atrás con paciencia hasta que el adversario comete un error, momento en el que lanzan un contraataque y a veces hasta ganan el partido.
Gallego de Pontevedra, no es que cumpla aquel dicho de que si encuentras a un gallego por una escalera no sabes si sube o si baja. En su caso hay algo más: no sabes si entra o sale. Cuando acababa de entrar, parecía, por su displicencia, que estaba a punto de salir. Ahora, cuando se piensa que está a punto de salir, quizá esté a punto de entrar para largo tiempo.
Rajoy ha hecho de la inactividad un arte. Tiene sus seguidores, que alaban su "manejo de los tiempos". Difícilmente tendrá admiradores, pues su forma de conducirse no los necesita y hasta podrían serle perjudiciales.
La admiración y el entusiasmo no se dan sin intensidad y el secreto de Rajoy es el de apoyarse en la falta de la misma, en la falta de entusiasmo. No necesita que nadie le quiera. Sólo precisa que nadie le moleste.
Rajoy es el presidente de una sociedad desmovilizada y con atonía.
En el fondo, si pudiera, Rajoy es de esas personas que ante una pregunta sobre política dirían sin ningún problema: yo de política no entiendo.
Quizá sea el que más sepa. O no.